El año pasado Noruega produjo 1,1 millón de toneladas de salmón, la mayor cantidad del mundo. Hermano bueno del petróleo en la construcción del milagro nacional, su consumo es masivo. Con las salmoneras, que cambiaron el paisaje social y formatean la vida política, crecen los debates ambientales por su impacto.

Noruega, el gran sueño de los argentinos (Parte 3) Salmón
(Parte 1 — Haga patria, importe un noruego)
(Parte 2 — Petróleo, fuente de los milagros y orgullo nacional)

Martes 10 de agosto de 2021 (Ernesto Semán para El Diario Ar). El miércoles 28 de julio, la primera ministra de Noruega Erna Solberg avivó el tramo final de la campaña para las elecciones de septiembre con una visita a la salmonera SalMar en compañía de su dueño, Gustav Witzøe. Solberg dijo que había llegado hasta ahí para demostrar que iniciativas como este complejo en Frøya -centro del imperio Witzøe- ejemplifican el modelo productivo del gobierno de su coalición de derecha que está en el poder desde hace ocho años: trabajos de calidad para las comunidades locales, riqueza para los dueños, exportaciones para el país.
Ese día, Witzøe ofreció un reportaje en el que advirtió que un aumento en el impuesto a la riqueza para los multibillonarios, como el que propone la coalición opositora rojo-verde, era injusto porque favorecía al capital extranjero y podría forzar a su familia a mudarse al exterior. Es una amenaza con reverberaciones en John Fredriksen, el billonario con propiedades en las industrias petroleras y salmoneras que en el 2006 se nacionalizó chipriota y se radicó en Londres por las mismas razones. La propuesta de la coalición opositora tiene base en un hecho incontrovertible: estudios como el de Rolf Aaberge demuestran que, contra lo que dice la leyenda, el 1% más rico de Noruega es el que paga menos impuestos de todo el país, entre un 10 y un 20% de sus ingresos. Solberg apoyó públicamente la preocupación de su amigo.
Gustav Witzøe no es el hombre más rico de Noruega. Es el sexto. El primero es Gustav Magnar Witzøe, su hijo, uno de los tres jóvenes que tiene el país en la lista de los 10 billonarios menores de 30 en el mundo. ¿Por qué tanto joven billonario? Entre otras cosas, porque desde el 2014, durante el segundo año del gobierno de Solberg, Noruega abolió el impuesto a la herencia, uno de los instrumentos diseñados no sólo para recaudar sino para corregir las distorsiones distributivas más pronunciadas. Solberg afirma, no sin razón, que la abolición del impuesto a la herencia es clave de la performance económica de la última década. Los Witzøe apoyan. No por nada Solberg dijo que las salmoneras son “el símbolo nacional de Noruega, como Ikea para Suecia.”

Oro rosado para todos y todas
Es fácil verlas saliendo no más de 10 minutos desde la mayoría de las ciudades de la costa oeste. Esos círculos perfectos de más de cien metros de diámetros dibujados en el mar, uno al lado del otro. Unos 200.000 salmones nadan en círculo adentro de cada una de ellas durante toda su vida, generando dinero a cada vuelta. El salmón de criadero es la tercera exportación del país, superada sólo por el petróleo crudo y el gas, pero por arriba incluso del petróleo refinado. Unos 7.000 millones de dólares. En 2020, produjo 1,1 millón de toneladas de salmón, la mayor cantidad del mundo.
A lo largo de los 30.000 kilómetros de su intrincada costa oeste se despliega el complejo de salmoneras, empresas de desarrollo tecnológico, plantas procesadoras, centrales de control, distribuidores y exportadores y proveedoras de alimento para salmones producido en el exterior que le dan vitalidad a la vida económica noruega.
Noruega empezó la producción de petróleo y de salmón casi al mismo tiempo, hacia finales de los ’60. Hasta hace poco, el salmón fue algo así como el hermano bueno del petróleo en la construcción del milagro nacional: de perfil más bajo, menos cuestionado, asociado a la preservación de la naturaleza más que a su destrucción, a una dieta saludable y al mundo de la pesca y los peces que está presente en la vida de la región noruega desde hace miles de años.
En Noruega, el día comienza para todos con dos cucharadas de aceite de hígado de bacalao. Chicos y grandes. Witzøes y anónimos. El tran, presente en todos los supermercados, tiene un gusto horrible tanto en su versión natural como en la saborizada, pero provee cantidades suficientes de vitamina D como para compensar la falta de luz durante los meses que llevan la letra “r” (todos menos el periodo de sol que va de mayo a agosto). Durante el siglo XX, no era infrecuente que el aceite de hígado de bacalao fuera usado por las madres argentinas para fortalecer el sistema inmune. En Inglaterra su uso era recomendación oficial hasta los ’70. Algunos estudios revelan hoy que la vitamina D puede haber contribuido al bajo impacto del COVID en Noruega.
La presencia de la pesca en la vida diaria es ancestral: las casas de madera coloreadas que distinguen a Bryggen, una de las postales del país, eran los saladeros de pescado desde donde la Liga Hanseática comerciaba para el resto de Europa desde el siglo XIV.
Los salmones son la otra parte de esa riquísima cultura ictícola. La zona de fiordos que conectan el agua dulce con el mar y la temperatura ayudaron a que Noruega fuera una de las zonas con la mayor cantidad de salmones en el mundo. Los salmones nacen en los ríos, y después de un tiempo variable de acuerdo a la especie, se lanzan al mar, donde vivirán unos años para volver al mismísimo lugar de nacimiento, muchas veces tras miles de kilómetros, muchas veces contra corrientes, para procrear y morir.
O al menos así fue durante centenares de miles de años. Además de ser la base de la dieta de miles de comunidades, incluyendo los indígenas Sami, desde el siglo XIX Noruega era también el destino favorito de los ricos británicos que llegaban a pescar. Salmones hermosos, gigantes, carísimos. Las licencias de pesca para abastecerlos costaban millones, pero generaban mucho más. Hacia 1850, los pescadores experimentaban con criaderos de huevos, que luego depositaban en el agua para que los ríos siguieran repletos.
La salmonicultura moderna tal cual la conocemos arrancó a fines de los ’60. En este nuevo intento, el salmón cumple todo su ciclo de vida en cautiverio y bajo condiciones controladas en piletones primero y en redes permanentes instaladas en el mar, desde donde son extraídos para su procesamiento. La pesca tal como se conocía había llegado a su fin. Esta idea tomó forma definitiva en 1968, cuando un fabricante de mermeladas de Laksevåg, un barrio de Bergen cuyo nombre significa Bahía del Salmón y donde es imposible encontrar uno por fuera del supermercado, se asoció con un financista para solucionar varios problemas apremiantes a la vez: atenuar la demanda de salmón salvaje y otros peces diezmados por su sobre explotación, encontrar una fuente de proteínas de pescado adicional a la pesca industrial para un planeta en el que la humanidad no paraba de crecer y la presión sobre los recursos naturales parecía insostenible.
Quién pudiera predecir las consecuencias de sus acciones con tanta ambición. Quién tuviera la omnipotencia de imaginar que, una vez liberado, el genio de la producción de masas volvería a la botella a la voz de su amo.
Los primeros criaderos aparecieron poco después en la isla de Hitra, Sotra y otras zonas costeras. Desde entonces, los efectos de la salmonicultura no fueron siempre los esperados. Empezando con los salmones, que son y no. Los peces son modificados genéticamente de modo de que pierden su capacidad reproductiva, no recorren ninguna distancia ni río ni mar, y se alimentan de unos pellets elaborardos por Cargil, a base de soja, una producción que presiona aún más para la expansión sobre el Amazonas y que llegó después de que el alimento a base de pescado dejara casi en extinción a media docena de especies en el Mar del Norte. Hacinados en las redes, los salmones son presa fácil de los piojos de mar. En la naturaleza, un par de piojos solían vivir arriba del salmón por años, para morir una vez que éste reingresara al río (no resisten el agua dulce). En las redes en las que conviven unos 200.000 salmones adultos es una orgía y más de cincuenta piojos se pueden aferrar a un pez. El cuerpo muerto del salmón suele aparecer al fondo de las redes con la cabeza pelada por los piojos.
Las salmoneras emparchan: antibióticos para los piojos, colorantes y saborizantes para que el plato de salmón tenga alguna resonancia de naturaleza y salubridad y los comensales recuperen en cada bocado la imagen de un pez nadando alegremente y extraído del río para proveer alimento a su pescador.
“Es salmón”, me dice Lars Kvamme, autor de Laks. en biografi, un recorrido por la historia extensa del salmón. “Tiene los mismos genes. Pero también no es salmón, en el sentido de que no tiene río, ni tiene migración”. Kvamme, que rescata varios aspectos de la salmonicultura, toma la historia verdaderamente larga del salmón: ochenta millones de años. Así que es el indicado para preguntarle si las salmoneras son el mayor punto de inflexión de ese largo recorrido. “Desde una perspectiva evolutiva, por ejemplo, el momento en el que se convirtieron en anádromos (que viven en mar y río) ha sido un punto de inflexión más significativo. Pero hay una diferencia importante: las salmoneras no fueron el desarrollo evolutivo de la ‘sobrevivencia de los más aptos’, sino basado en lo que los humanos necesitaban del pez».
No es un detalle menor. La industria que se imaginó como una forma de aliviar la presión sobre la naturaleza “hoy es la mayor amenaza al salmón salvaje en Noruega (y muchos otros lugares)”. La contaminación con antibióticos y deshechos, los efectos de los escapes de salmones genéticamente modificados, la polución de las redes diseñadas para que no se escapen, el aumento de la temperatura de las aguas: en una sola de las decenas de miles de redes que puntean el paisaje costero hay más salmones que toda la población de salmones salvajes de Noruega hoy.
Muchos observan los efectos sobre el medio ambiente como un mal necesario. En Bergen, el Storeblå es el nueva ala anexa al Museo de Pesca dedicada a la salmonicultura, un pabellón de última generación de uno de los museos más lindos de Noruega. El Storeblå cuenta la historia del sector e incluye una visita guiada a una salmonera a 20 minutos de navegación, sobre las puertas del Mar del Norte, y un centro de enseñanza en el que los estudiantes hacen disección de salmones y estudian cada una de sus partes. En uno de sus murales interactivos, uno elige cómo alimentar al mundo (carne pescado pollo), cómo producir (granjas salvajes o en tierra), cómo transportar (tierra aire agua), cómo alimentar a los salmones (soja peces). Cada opción tiene su consecuencia, y el camino trazado llega siempre a la misma conclusión: los efectos devastadores sobre el medio ambiente son el mal menor respecto de cualquier otra opción. Las salmoneras recorren unos pasos más atrás el camino abierto por las petroleras: jamás negar las consecuencias desastrosas de la industria, sino presentarlas como un mal necesario de una ambición mayor por el progreso humano.
Las salmoneras cambiaron el paisaje social con no menos énfasis que el ambiental. En la sede central del museo de pesca -un bellísimo edificio del siglo XVIII-, los pescadores relatan en tres pantallas superpuestas las penurias de un tiempo sepultado por las salmoneras, la caída de la pesca artesanal, los precios de las licencias para pesca que sólo las multinacionales pueden afrontar, la desaparición de un mundo. ¿No hay una tensión entre estas historias y la conclusión que ofrece el Storeblå a sólo doscientos metros? “La narrativa pesimista de esa proyección contrasta con la del resto de la exhibición”, reconoce Gunnar Ellingsen, director del museo. “Las tres personas expresan críticas al sistema de cuotas que regula la pesca noruega y a las desigualdades del sistema. Hay una crítica a la industria pesquera moderna, definitivamente. Pero veo a la salmonicultura como ‘blanco’.”
Quizás el cambio más grande se nota hacia arriba en la vida social de una sociedad que se autopercibe como austera y relativamente igualitaria. La aparición de decenas de Witzøes va en sentido contrario. La otra cosa que las salmoneras aprendieron de su hermano petrolero es que, bien tratado, el Estado puede no ser el enemigo. Que la industria haya florecido mientras el Estado abolía el impuesto a la herencia y se tornaba impotente para aplicar un impuesto a las ganancias aunque sea igual al del resto de la población es más que una coincidencia. Hasta hace pocos años, los ingresos de cualquier noruego eran de acceso público, anónimo y gratuito. Pero como la riqueza florece en la opacidad, en el 2014 (el mismo año en el que desaparecía el gravamen a la herencia), el gobierno también impuso ciertos límites y obligó a registrarse para acceder a buena parte de la información. Mientras el imaginario nacional sigue asociado a figuras como Petter Anker Stordalen (un magnate hotelero de bajo perfil, vocación ambientalista y apariencia austera), la noruega que irrumpe es la de Gustav Magnar Witzøe, cuya última adquisición de un Aston Martin DB6 estuvo en la tapa de los diarios, reflejo de un estilo transparentemente exhibicionista que décadas atrás hubiera resultado impensable.
El Estado amigo es un Estado salmonero, al menos desde que el último primer ministro laborista Jens Stoltenberg hiciera un hábito de posarse en cuanta salmonera tuviera cerca o lejos, y de que los empresarios salmoneros reafirmaran sus afinidades políticas con su sucesora. Algo de eso hunde raíces en una Noruega profunda y en transformación. No se trata de una “industria de derecha”, dice Sindre Bangstad, investigador del Centro de Estudios de la Iglesia KIFO en Oslo y uno de los expertos más agudos en la ultraderecha vernácula, pero sí es cierto que “la derecha populista del Partido del Progreso tiene un contacto cercano con los lobistas de la salmonicultura en Noruega, y es el partido preparado para abandonar cualquier regulación de esta industria ambientalmente ruinosa.” La ultraderecha alineada en el Partido del Progreso -en el que comenzó su actividad política Anders Breivik, el autor de los atentados del 2011 contra la sede del gobierno y una colonia de vacaciones del partido laborista en los que murieron 77 personas, la mayoría niños y adolescentes- integró la coalición de Solberg hasta hace un año y proveyó dos ministros de pesca.
Ese tipo de ensimismamiento de los ricos con el Estado es relativamente nuevo en Noruega, y confluye en una genuina necesidad nacional: preservar la imagen y buena fortuna de las salmoneras alimenta una marca nacional asociada al cuidado de la naturaleza de un modo casi paranoico, perseguida siempre de atrás por el pecado original de que la riqueza nacional es el producto de una de las industrias más devastadoras del planeta.

Como el agua mineral
A fines del siglo XX, una empresa norteamericana detectó que sus potenciales consumidores de agua mineral asociaban al pueblo de Voss -a una hora de Bergen y popular entre los esquiadores- con la naturaleza más prístina. Así surgió el agua mineral Voss. Sólo que el agua jamás pasa por Voss, sino que es producida y envasada en Iveland, a unos 400 kilómetros de ahí. Y que una investigación reveló hace unos años que el agua envasada que se vende a 3 dólares en Nueva York es la misma que los habitantes de Iveland sacan de la canilla. El agua mineral Voss, que no es de Voss ni es mineral, es el ejemplo extremo de un formidable branding nacional cuya importancia va más allá de la imagen.
A fines de los años 50, el historiador William Appleman Williams explicaba el motor más formidable de la expansión comercial norteamericana a comienzos del siglo XX. La necesidad de expandir mercados para las corporaciones como un medio para mantener altas tasas de ganancias y buenos estándares de vida para los obreros era la forma de crecer sin agudizar el conflicto social doméstico en la puja distributiva. Excepcionalismo norteamericano en una sola fórmula. Noruega se ha puesto a sí misma en una situación análoga, en la que el petróleo y el salmón son una política de Estado, porque el bienestar interno inmediato medido en los 70.000 dólares anuales de ingreso per cápita -unos 20.000 por arriba de Estados Unidos- está atado al desarrollo de dos industrias que erosionan ese mismo bienestar hacia adentro y fuera del país. De ahí que la ministra de Petróleo y Energía, Tina Bru, confirmara que el país seguirá expandiendo su producción petrolera “ofreciendo energía al mundo mientras exista la demanda, manteniendo una política que facilite las ganancias de la producción de gas y petróleo”, incluyendo los planes de exploración en el Círculo Ártico, más allá de las advertencias domésticas e internacionales. De ahí que los reyes asuman como propia la tarea de lobby a favor de la industria salmonera aún si el costo es sufrir una de las pocas manifestaciones contra la corona en el exterior en su historia hace dos años en Chile, cuando los manifestantes protestando contra expansión de la salmonicultura hacia el sur forzaron a la caravana oficinal noruega a detenerse y a la Reina a dialogar con los activistas. El economista Branko Milanovic sugiere que la relación de Noruega con la industria petrolera es de una dependencia patológicamente similar a la del Imperio Británico con la Compañía de las Indias Orientales en el siglo XVIII. La frase de Adam Smith resuena en la acusación: “El gobierno de una compañía exclusiva de comerciantes es, quizás, el peor de los gobiernos de cualquier país.” La dependencia de Noruega con su industria salmonera no sólo acompaña esa voracidad caprichosa por más recursos: también proveyó hasta ahora al país de una legitimidad de la que carece el petróleo internacionalmente mientras hacía su contribución para transformar gradualmente el orden doméstico.
Con todo, es probable que la vida de las salmoneras sea mucho más corta que la del petróleo y que el paisaje de sus redes extendidas a lo largo de su costa quede atrás antes que lo que muchos esperan. Mowi y SalMar, entre otras, ya empiezan a competir por la instalación de salmoneras construidas tierra adentro. Las producciones incipientes en Dubai, Florida o California confirman que las ventajas comparativas de la geografía noruega perderán relevancia, mientras las investigaciones para la producción en laboratorio de proteínas derivadas de tejidos animales y vegetales quitará sustento al argumento alimenticio de su expansión. Como el agua mineral Voss, los próximos salmones llegarán a nuestra mesa con alguna referencia visual nórdica debidamente producida en cualquier otro lado.
Adentro de Noruega, en cambio, lo que se prolongará más en el tiempo que las propias salmoneras es el tendal ambiental y la emergencia de un paisaje social poblado de un nuevo grupo de millonarios con acceso privilegiado al poder político. El mayor éxito del modelo noruego, visto así, será también su mayor desafío.