Hoy es el Día Internacional de las Desapariciones Forzadas, una sombra que se cierne sobre América Latina desde hace décadas con graves consecuencias para los familiares de las víctimas y para una sociedad tristemente familiarizada con el fenómeno.

Lunes 30 de agosto de 2021 (DW). Se cuentan por cientos de miles en toda América Latina y abren una brecha de dolor e incertidumbre en familiares y amigos. Pero las consecuencias de las desapariciones de personas van mucho más allá de la angustia del entorno cercano. Sus huellas se perciben en una sociedad tristemente familiarizada con la ausencia impuesta de forma repentina e inexplicable y con la sensación de que los responsables de las desapariciones quedan impunes.
Según diversos organismos de derechos humanos, alrededor de noventa mil personas fueron desaparecidas entre 1966 y 1986 en Argentina, Chile, Uruguay, Paraguay, Colombia, Perú, Bolivia, Brasil, Haití, El Salvador, Guatemala, Honduras y México. Esa cifra se ha duplicado con creces en los años posteriores hasta 2021, con Colombia y México liderando la tremenda estadística.

La «pionera» legislación mexicana
Sin embargo, es muy complicado cuantificar con exactitud el fenómeno. «Las cifras son dinámicas. Las personas que desaparecen lo hacen en diversos contextos. Cuando el Estado las desaparece u ordena que las desaparezcan, es lo que tradicional y jurídicamente se conoce como ‘desaparición forzada’, como en las dictaduras militares latinoamericanas, cuando iban policías a las casas para detener individuos sin orden de aprehensión. La familia iba después a la prisión y tropezaba con la respuesta ‘aquí no hay nadie’ y ‘no fuimos nosotros’. Una vez el Estado tiene la voluntad política de admitir que se han producido esas detenciones ilegales, el problema es cómo registrar a las víctimas», explica a DW la experta mexicana Deborah Ruiz, de la Comisión Internacional de Personas Desaparecidas (ICMP por sus siglas en inglés).
Pero las personas pueden desaparecer también por acción de individuos o grupos privados, principalmente del ámbito del crimen organizado, y por otras razones, como catástrofes, desastres naturales y otros fenómenos. Desde 2018, la legislación de México trata de dar las mismas garantías a las víctimas sin importar la causa de la desaparición. «Esa ley es pionera en ese sentido y refleja un éxito social de las víctimas que se unen y piden una respuesta para todo tipo de desapariciones», valora Deborah Ruiz, que piensa que ese reconocimiento legal es el camino que debieran seguir las legislaciones de otros países. «El Estado debe actuar ante una desaparición sea cual sea su causa, investigando quién es el responsable», agrega la experta.
La distinción jurídica entre ‘desaparición forzada’ (con intervención del Estado) y ‘desaparición’ contribuye al baile de cifras en las estadísticas. Además, hay ciertos contextos que, por su propia naturaleza, agregan mayor dificultad a la hora de cuantificar el fenómeno de las desapariciones. Es el caso de los migrantes centroamericanos y de otros países que atraviesan México hacia Estados Unidos y se esfuman sin dejar rastro. ¿Quién los busca? ¿Cómo encontrarlos?

Diferentes causas, consecuencias similares
La desaparición de una persona tiene graves consecuencias en la vida del entorno más cercano de la víctima. «Por un lado, la incertidumbre supone una angustia muy fuerte y permanente, que no cesa con el tiempo, y que incluso ha sido jurídicamente catalogada como tortura», dice Deborah Ruiz. Pero el sufrimiento va más allá de lo psíquico. Las familias se vuelcan en la búsqueda de familiares y se olvidan de ellas mismas, no duermen, no se cuidan, no van al médico. «Dejan de existir como personas y su salud se resiente».

Colombia busca a sus desaparecidos
Además, quien ocupa su tiempo en la búsqueda de un familiar, debe dejar de trabajar o no es capaz de rendir de la misma manera, por lo que se produce una pérdida de ingresos precisamente en un momento en el que hay un mayor gasto en desplazamientos o en pagos a personas que puedan facilitar información sobre el paradero de los allegados.

El impacto de género en las desapariciones
La vida familiar también se ve gravemente alterada. «En Colombia, la gran mayoría de desaparecidos son hombres y suelen ser mujeres, muchas de ellas madres, quienes emprenden activamente la búsqueda», dice a DW Adriana Pestana, coordinadora del área psicosocial del Colectivo Sociojurídico Orlando Fals Borda de Colombia. «La desaparición de un familiar provoca muchas molestias emocionales que pueden convertirse en físicas, vemos problemas de corazón, de hipertensión… incluso ayer mismo vimos una señora que había sufrido tanto dolor y tanta tristeza, que no podía caminar».
En muchas ocasiones, las mujeres se desplazan dejando atrás sus casas, sus familias, su trabajo, debiendo adaptarse a vivir en un entorno que les resulta ajeno y hostil. Mientras, sus otros hijos quedan desatendidos, creciendo con resentimiento y dolor, y las niñas asumen responsabilidades prematuramente, perdiendo oportunidades educativas.

Impunidad que marca un estándar
La desaparición de personas es una sombra que se cierne sobre las sociedades de América Latina y su reiteración a lo largo de las décadas crea un estándar de impunidad.
¿Quién paga por esos crímenes? «Ha habido Comisiones de la Verdad, pero los juicios contra los represores se han celebrado de manera muy limitada y no ha habido rendición de cuentas, porque varias leyes de amnistía lo han impedido», dice Deborah Ruiz. «El Estado debe protegernos y, si desaparecemos, tiene que buscarnos y dar una respuesta a los familiares. Que eso no suceda, indica una erosión del Estado de derecho», advierte la experta.

Desapariciones forzadas, un problema regional
En las décadas de los 70 y 80, América Latina sufrió los mayores casos de desaparición de personas, principalmente por parte de las dictaduras militares. Lejos de solucionarse, el problema continúa hasta nuestros días con cifras realmente preocupantes. Especialmente en países como Argentina, Perú, Colombia, Guatemala, El Salvador,entre otros.

Una angustia prolongada
Más allá del lugar y del momento en que ocurren, estas desapariciones tienen un denominador común: la lenta y prolongada angustia de las familias. Amnistía Internacional es una de las organizaciones que más visibilidad da a este colectivo con sus campañas. En este caso, en Colombia.

Los 43 de Ayotzinapa
El problema es especialmente grave en México. En junio de 2017, según datos del Gobierno, 32.096 personas se hallaban en paradero desconocido, sin especificarse cuántas habían sido sometidas a desaparición forzada. Un caso emblemático fue el de los 43 estudiantes de Ayotzinapa, que desaparecieron en septiembre de 2014.

Los olvidados
La vulnerabilidad de los colectivos de migrantes que cruzan México en su camino a Estados Unidos los convierten en presa fácil, al no tener documentación en regla ni apoyo legal. Estas desapariciones quedan frecuentemente sin re solver por falta de acción de las autoridades.

Mamá Angélica
En la lucha por la búsqueda de desaparecidos, también hay figuras relevantes como la recientemente fallecida Angélica Mendoza, una de las activistas más conocidas de Perú y figura de referencia para los 15.000 desaparecidos. Los militares se llevaron a su hijo Arquímedes en 1983 y ella fundó una de las primeras organizaciones de defensa de este colectivo. Nunca volvió a recuperar a su hijo.

Hora de la memoria
Tras las negociaciones de paz y el cierre de un conflicto que se perpetuó durante más de 50 años, uno de los grandes retos de Colombia será recuperar la memoria de los desparecidos. Cifras estremecedoras, según el Centro Nacional de Memoria Histórica, que habla de más de 60.000 personas consideradas desaparecidas en los últimos 45 años.

Guatemala y El Salvador
La situación también es dramática en Centroamérica. Tras las aterradoras cifras de desaparecidos por los conflictos militares internos del siglo pasado, la problemática continúa aumentando. En parte, por la acción de las bandas criminales o maras. Por ejemplo, los datos de la Policía salvadoreña hablan de 10.800 personas desaparecidas entre 2010 y 2016, una media de 4 al día.
Autor: José Gayarre.