La idea de desregular completamente la economía parte de un dogma que considera al mercado como un mecanismo infalible para asignar recursos y generar riqueza. Sin embargo, la historia demuestra que la ausencia de regulación a menudo conduce a un aumento de la desigualdad y a la concentración del poder en manos de unos pocos.

Martes 12 de noviembre de 2024. La llegada al poder de Javier Milei y sus políticas de ultraderecha siguen generando debates, mientras avanza en los peligrosos ejes propuestos en campaña, como eliminar la presencia del Estado en las regulaciones que por décadas fueron en beneficio de todos, especialmente de los más vulnerables, y no solo de los más fuertes, sobre todo en una Argentina que a pesar del Estado presente, nunca se pudo alejar de la desigualdad y las crisis económicas recurrentes.
La idea de desregular completamente la economía parte de un dogma que considera al mercado como un mecanismo infalible para asignar recursos y generar riqueza. Sin embargo, la historia demuestra que la ausencia de regulación a menudo conduce a un aumento de la desigualdad y a la concentración del poder en manos de unos pocos. En Argentina, donde las brechas económicas son notoriamente amplias y por ende, la propuesta de Milei no solo es imprudente; es potencialmente devastadora.
El modelito Milei, lo sufrieron otros países como Chile que intentó el mismo enfoque en los años 80, donde la desregulación resultó favorable a las élites y marginalizó a las clases trabajadoras. En lugar de un mercado que beneficia a todos, se crea un entorno donde las grandes corporaciones y los intereses económicos predominan, dejando a los ciudadanos desprotegidos ante las fuerzas del mercado.
La falta de un marco regulatorio adecuado sigue demostrando que crecen los sistemas de abusos, explotación laboral y crisis sociales.
El Estado, en su función reguladora, actúa como un contrapeso necesario ante la voracidad del mercado, es decir de las empresas; es decir, de los empresarios. El Estado garantiza que las políticas económicas maximicen beneficios equilibrados mientras consideran el bienestar social, una situación que al empresariado no le interesa.
Este modelo de Estado presente o relevante en un país como Argentina, donde una gran parte de la población vive en situación de pobreza y enfrenta cotidianamente la falta de acceso a servicios básicos como salud, educación y vivienda. Sin un Estado que intervenga y regule, estos sectores se convierten en víctimas de un sistema que prioriza el lucro sobre la dignidad humana.
Por supuesto que el debilitamiento del Estado abre la puerta a la anarquía capitalista, donde la competencia desmedida puede desatar un ciclo de explotación. Sin regulaciones, las empresas pueden ignorar normas laborales, ambientales y de seguridad, lo que pone en riesgo tanto a los trabajadores como al entorno. La reciente historia argentina muestra que los momentos de mayor crisis coinciden con la ausencia de políticas públicas que protejan a los más vulnerables. La idea de un mercado autorregulado es, en última instancia, una ilusión que ignora las realidades del poder y la desigualdad.
La intención de Milei de eliminar el Estado olvida la responsabilidad social de las empresas y su papel en la construcción de un país más justo. La regulación y la presencia del Estado establece un marco donde el capital y el trabajo pueden coexistir de manera más equilibrada.
Milei propone, en realidad, la libertad para las élites y la esclavitud para los sectores populares.