Los doctores Marcelino García y Liliana Daviña analizaron el alarmante fenómeno de los discursos de odio, su arraigo histórico y su peligrosa expansión en la era digital. Durante la entrevista con Plural, desentrañaron el impacto de estas prácticas en la sociedad contemporánea. García, doctor en Ciencias de la Información, y Daviña, doctora en Lingüística, coincidieron en que los discursos de odio no son nuevos, pero su proliferación en la era digital representa un desafío significativo. Ambos destacaron la necesidad de una educación integral y la promoción de valores como la solidaridad y la justicia social para contrarrestar los efectos destructivos del odio en un mundo cada vez más individualista.

Segunda parte:

Martes 10 de diciembre de 2024. El doctor en Ciencias de la Información, Marcelino García y la doctora en Linguística, Liliana Daviña, analizaron el fenómeno de los discursos de odio, su arraigo en la historia y su peligrosa expansión en la era digital, con su consiguiente impacto en la sociedad actual, durante una entrevista con Plural, programa periodístico de Canal 4 Posadas.
Liliana Daviña explicó que, en el ámbito internacional, hay un esfuerzo por definir los discursos de odio de manera comprensiva. «El propósito central de los discursos de odio es desacreditar, agredir y desvalorizar al otro como parte de un colectivo social», afirmó, para recordar que estos discursos suelen dirigirse a grupos desfavorecidos, atacando su integridad y deshumanizándolos.
Por su parte, Marcelino García contextualizó el fenómeno en el marco de los medios y las redes sociales, y los describió como un «virus globalizado». Según García, el odio tiene una larga historia, pero en el mundo globalizado actual, cobró una nueva fuerza. «El odio te encierra en vos mismo, te aísla, te vuelve muy egocéntrico», explicó. Este aislamiento es amplificado por el anonimato de las redes sociales, donde la agresividad y la competencia extrema prevalecen.
Tanto García como Daviña, docentes de la Facultad de Humanidades y Ciencias Sociales de la Universidad Nacional de Misiones, pusieron el foco sobre la transversalidad y la antigüedad del Odio y la respuesta de la academia: Daviña destacó que el odio acompaña a la humanidad desde siempre, impulsando rivalidades y guerras. «El problema del odio radica en que, cuando se piden razones para justificarlo, estas suelen ser muy pobres», indicó, ya que el odio se basa en estereotipos y generalizaciones que se propagan rápidamente en un entorno digital diseñado para captar emocionalmente a las personas, mientras García puntualizó en la atención de la academia a este fenómeno «desde hace tiempo», especialmente en el ámbito de la comunicación. Las redes sociales han exacerbado la visibilidad y propagación del odio. «El neoliberalismo fomenta precisamente este individualismo extremo: el individuo encerrado en su cápsula», afirmó, criticando la cultura del mercado que promueve la competencia individual sobre la solidaridad.
Ambos expertos coincidieron también en la importancia de la educación sentimental para gestionar el odio. Daviña destacó la falta de educación sentimental en el mundo laico y moderno, y la necesidad de hablar sobre «autoconocernos y gestionar nuestros propios sentimientos», incluido el odio. «La ignorancia es socia del odio», dijo, subrayando que la falta de oportunidades para reflexionar y desarrollar capacidad crítica alimenta este sentimiento.
En un ida y vuelta, los especialistas profundizaron en las razones del discurso del odio sobre el que, insistieron, no son un fenómeno nuevo aunque se ven favorecido, ahora, por la expansión en la era digital. La solución pasa, entienden, por una educación integral y la promoción de valores como la solidaridad y la justicia social.
Sostienen que en un mundo cada vez más individualista, es esencial fomentar el diálogo y la comprensión para contrarrestar el odio y sus efectos destructivos en la sociedad.

Marcelino García y Liliana Daviña en Plural

-¿Qué son los discursos de odio? ¿A qué se llama discursos de odio?
-Liliana Daviña: En realidad hay todo un esfuerzo desde distintos organismos internacionales por tratar de ponerse de acuerdo en una definición que sea operativa, comprensiva y tramitada por los distintos gobiernos, con recomendaciones para neutralizar ese impulso que implica lo que decías al inicio. El propósito central de los discursos de odio es desacreditar, agredir y desvalorizar al otro como parte de un colectivo social. Muchas veces se trata de colectivos desfavorecidos, grupos de clase, raza, religión, y depositar en ellos una visión que atenta contra su integridad, los deshumaniza.

-Marcelino, ¿estos discursos son propios de estos tiempos o son de todos los tiempos; son discursos que se fortalecen a través de los medios y las redes?
-Marcelino García:
Un poco de todo eso. Por lo que dijiste de medios y redes, que es un poco lo que yo más trabajo, me interesa verlo en ese contexto global. Es un “virus” globalizado, para decirlo gráficamente. Lo que a mí me interesa es detectar una serie de diagnósticos culturales de nuestro tiempo. Este diagnóstico no es médico, pero reconoce algunos síntomas. Hay que ver las causas y las consecuencias de qué son. Entre esos síntomas está el odio. No es algo aislado que surgió de repente, sin relación con nada. Tiene una historia larga, pero en este mundo globalizado está cobrando mucha fuerza junto con otros síntomas. Para mí, lo interesante es verlo como un estado de ánimo generalizado. Esto significa una manera de estar en el mundo, una forma de ser. El estado de ánimo es lo que usamos como puerta para conectarnos con el mundo y con los demás. Entonces, es una puerta cerrada. El odio te encierra en vos mismo, te aísla, te vuelve muy egocéntrico, muy egoísta, muy individualista; te replegás en vos mismo. La contracara es que ese individuo también quiere estar expuesto todo el tiempo ante las cámaras y en pantalla. Es una paradoja muy grande. Esa persona que vive contando su vida en redes quiere hablar, pero todos queremos hablar y exponernos. Entonces, nadie escucha. El problema del odio es que no se escucha al otro. Hay que abrir la oreja y escuchar. No nos escuchamos; nos miramos, pero la mirada te paraliza. La imagen ahí puesta es dura. El anonimato le da todavía más fuerza y potencia ese encerramiento de la persona en sí misma, esa especie de “escracheo” generalizado, de pase de factura constante. Fijate que no es casual que en el mundo actual, donde todos tenemos que competir, producir, rendir, ser exitosos y destacar, aparezca esto. Ojalá fueran valores interesantes, pero lo que vemos es individualismo, egocentrismo, competencia extrema. También hay cansancio: todos estamos cansados, agotados. Hay aburrimiento: algo que se repite constantemente, tanto en jóvenes como en mayores, es el “estoy aburrido, esto no es divertido, esto no es entretenido”. Son una serie de pasiones, decimos nosotros, pasiones tristes. ¿Y qué ves como contracara de eso? La alegría, la esperanza y el amor. Dice Silvio Rodríguez: «El problema, señores, es sembrar amor». En este mundo que transitamos con zancadillas, agresivo y violento, volvemos a lo mismo: es parte de un viento de época muy fuerte, huracanado más que tsunami, que encierra a la gente en sí misma y en su pantalla. Eso es el odio: el encerramiento que no mira al otro. Es realmente egoísta. No sabe lo que es la solidaridad, no comprende lo que es justo, la contención del otro.

-¿El odio es transversal a toda la comunidad, a toda la humanidad, no está relacionado solamente con una cuestión ideológica?
-Liliana Daviña:
Yo creo que acompaña a la constitución de lo humano desde siempre. Si mirás la historia antigua ves tremendas batallas, guerras e imperios que se libraron, no siempre motivados por razones explícitas, sino, en muchas ocasiones, fundados en este sentimiento que impulsa al sujeto hacia el mundo exterior, a rivalizar constantemente, a mantenerse siempre en alerta y a sentir que el mundo exterior lo ataca. Este impulso lo lleva a lidiar con esa sensación de una manera agresiva. Por eso, no es casual que se manifiesten racismos, xenofobia y simplificaciones extremas del pensamiento. El problema del odio, más allá de lo orgánico o visceral, radica en que, cuando se piden razones para justificarlo, estas suelen ser muy pobres. Una de las cuestiones es que la potencia de este sentimiento no es analítico. Por eso es tan difícil discutir con alguien que odia: de alguna manera, en ese encierro emocional, la capacidad analítica queda suspendida. Si se pudieran intercambiar razones de manera lógica, muchas de estas justificaciones se desvanecerían. Pero el odio funciona justamente porque no se somete a análisis lo que está sintiendo; se basa en estereotipos, generalizaciones, visiones parciales y estigmatizaciones. Además, el odio tiene una gran propagación porque no exige del sujeto su capacidad analítica, entonces se contagia tan rápido. Los algoritmos, diseñados comercialmente en este mundo de mercado, favorecen la repetición de este sentimiento porque saben que la captación emocional es inmediata y altamente efectiva. En este sentido, estamos atrapados en una trampa difícil de sortear.

-¿Cuándo empieza la academia a prestar atención a este fenómeno?
-Marcelino García: Hace ya un tiempo. En el ámbito de la comunicación y los medios, donde yo trabajo hace mucho, estas cuestiones se observan desde antes de la explosión de las redes sociales. Las redes, sin embargo, han puesto todo esto en vidriera y lo han viralizado. Es la eclosión de algo que ya existía. En los medios tradicionales se percibía, por ejemplo, un protagonismo excesivo del individuo. Todos queremos ser protagonistas de la gran historia. Ahora bien, cuando esa escena mediática se ve favorecida por un clima político, económico y cultural global como el que domina en este mundo y permea toda la forma de vida, donde todo pasa por la pantalla… Esa forma de vida para mí tiene un aire que hora decimos neoliberal. Y el neoliberalismo fomenta precisamente este individualismo extremo: el individuo encerrado en su cápsula, centrado en sí mismo, para sí mismo, por sí mismo. La tan proclamada «libertad» es del individuo, de él, con él, por él y contra los demás. Este es el núcleo del neoliberalismo. Por eso, nuestra crítica cultural, mediática, periodística y artística va ahí, porque es una historia que se repite, pero que cada vez peor. Fijate que esta avanzada tecnológica, que se proyecta como la panacea y la utopía del futuro, tiene una contracara de la barbarie a la prehistoria. Del neoliberalismo que va de nuevo al nazismo, a esas formas de vida autoritaria, cerradas, aniquiladoras. “Aniquilar, borrar”… Son todos discursos y retóricas de un pasado que revive aggiornado a lo nuevo.
-Liliana Daviña: Claro, por eso pensaba, cuando mencionabas que en Letras podemos dar cuenta, desde los estudios sobre retórica antigua, de cómo en la antigua Grecia era parte de la educación honorable participar y entrenarse para los combates retóricos; en donde se conversaba, pero no solo eso; también existían los combates para ganar razones frente a otros. Todo eso formaba parte de una construcción civilizada. Había una batalla: la batalla argumentativa, la batalla de las razones. Aunque fueran fuertes y agresivas, verbalmente hablando, tenían un propósito: dirimir allí las diferencias, y después la vida continuaba en sus otros carriles. Ahora, más recientemente, esto, como dice Marcelino, a través de estos nuevos modos de vida, permeó de una forma tal que va desde el patio de la escuela a la calle, a la casa, al colectivo y también a los medios. Entonces, esta manera de resignar o dirimir, aunque sea agresivamente mediante palabras, se transformó en un cascoteo violento de odio. En ese contexto ya no hay discusión posible, porque el odio, al ser recibido, inhibe, entristece y debilita a las personas. Esa agresión no permite a quien la recibe, si no está preparado, afrontarla. Salvo que esté preparado para devolver lo mismo. Y ahí se convierte en una batalla campal. Yo creo que incluso todo lo que nos lega la antigüedad sobre la controversia, la polémica, el debate y el disentimiento, que son la esencia de la democracia y que apeló la humanidad como un modo de dirimir las diferencias, parece estar perdiendo valor, paralelamente al incremento del discurso de odio. Hoy, la agresión se naturaliza. Hemos llegado a niveles de naturalización y cotidianidad que a veces resultan incómodos, agobiantes. Eso forma parte de ese malestar del que hablábamos. Naturalizar significa dejar pasar.
Marcelino García: Hacer como si eso estuviera bien. Cuando se expresan de esta forma las ideas, los sentimientos o los valores, uno ve que quienes lo hacen están convencidos, o creen estar convencidos, de que eso está bien. Actúan así porque es habitual, porque está viralizado, y entonces para “estar a tono» con la época hay que ser así. Basta con andar por ciudades grandes para notar la agresividad en la calle, el rictus de tristeza, aflicción, dureza, alerta constante. Eso, otra vez, te cierra, te encapsula. No es casual en un mundo que se orienta cada vez más al mercado, bajo la lógica del «sálvese quien pueda». La exclusión del pobre, del feo, del gordo, del homosexual, del de izquierda, del de derecha, de las mujeres, de la mujer que trabaja, de la mujer libertaria. Lo que sorprende es cómo se arman grandes mitos que naturalizan esta exclusión, usando palabras bandera de la vida democrática de los últimos dos siglos. “Libertad”, por ejemplo. Nada menos. Obviamente, igualdad no aparece. Se habla de libertad como un concepto ligado a lo que el sujeto quiere hacer.

-La fraternidad ya ni nos interesa…
-Marcelino García:
Que para nosotros es la justicia, justicia social traducida en solidaridad, en comprensión del otro. Pero la igualdad está borrada del mapa, porque la libertad ha sido asimilada al mercado. Todos somos iguales, sí, pero en ser libres de mercado.

-Yo diría “fenómeno nuevo”, pero ya me lo corrigieron. Sobre este fenómeno del discurso del odio que de nuevo no tiene nada.
-Liliana Daviña:
Tan viejo como el hombre y la humanidad. Estamos en una versión en donde se puede hablar hasta de ciberodio. Las maneras de expresión, los soportes, los medios cambiaron, pero la naturaleza humana sigue estando en juego desde los tiempos inmemoriales hasta ahora. Cómo nos educamos tan mal, sentimentalmente hablando… Creo que las religiones tienen su explicación para la educación sentimental, pero el mundo laico, moderno, posmoderno, tiene un déficit de educación sentimental. Y con eso no estoy hablando de lo romántico o del amor. Con sentimental quiero decir cómo autoconocernos en los sentimientos humanos más básicos y más sofisticados. No hablamos de eso. Ahora estamos hablando del odio, pero no hablamos, o no se habla socialmente, de nuestra educación sentimental para reconocernos en cómo gestionar nuestro propio odio. Porque si el odio es parte de la naturaleza humana, está potencialmente disponible para todos nosotros, lo hemos ejercido, lo podemos ejercer; pero el asunto es cuando llega a ser un potencial tan banal y peligrosamente banal que se vuelve cotidiano, que se usa como una herramienta que forma parte de los discursos sociales de todos los días, hasta del ejercicio profesional del militante o del político. Hoy, si no descarga alguna cosa odiosa, pareciera que no lo van a leer en las redes. A mí me llama mucho la atención cómo seguimos siendo bastante ignorantes sobre nuestra propia naturaleza sentimental. Y esa, quizás, es la única manera de enfrentar esto. Por eso está muy bueno hablar del odio, pero también hablar de todo el abanico de sentimientos humanos que acompañan o contrarrestan el odio. De eso tampoco hablamos mucho porque no hay tiempo para hablar de eso.

-¿Es algo más profundo que una estrategia esto de llevar este discurso al sillón de Rivadavia, a la esfera estatal?
Marcelino García: Es más que estrategia. A mí me interesa más ver las formas de vida mediatizada. Es decir, nuestra vida está en los medios tanto como los medios están en nuestra vida, ya no se puede separar. Esa es la forma de vida actual: un conjunto, un ambiente de medios. A su vez estamos muy metidos en los medios. Eso, para empezar, ya caracteriza de una forma muy particular el mundo actual. Es la pantalla primero, y después conversamos; después el contacto, el tocarse. Y para la humanidad lo primordial es el contacto: mirarse, tocarse, contarse algo, escuchar. Estamos perdiendo esa capacidad de conversar sobre lo que pasa, pero no hacer terapia donde uno larga todo, sino de conversar. Conversar con otro, con un intercambio claro, hablar con otro. Esa incapacidad de conversación va ligada a la incapacidad de gestionar el conflicto y la contradicción. Fijate que cada vez que hay un conflicto o una contradicción se le llama antagonismo, grieta, divisoria de aguas que lleva a la guerra, a los campos de concentración, a los campos de migraciones que son campos de concentración que, aunque nos parezcan fenómenos alejados, son la realidad de millones de personas que viven así. Guerra por todos lados, segregación, expulsión, muros que se levantan. Son tendencias y matrices que reviven cada tanto, pero cada vez de manera más virulentas y extendidas. Volvemos a lo mismo: se arman mitos que naturalizan esto. Se cree que, para andar bien en este mundo y estar a tono con la moda, hay que ser así, manejarse así, vivir así. Es desesperante. La otra gran cosa de este mundo actual es la falta de esperanza. El odio cerrado en mí y en el presente, el “quiero ya, ahora, para mí” borra el futuro, la conversación con el otro, el sentarse a dirimir formas de pensar y vivir diferentes con otros. Eso es democracia. Lo que está en juego es la democracia. No políticamente, sino la democracia de vida, la democracia política, audiovisual. Con Liliana trabajamos últimamente en lo audiovisual. En proyectos separados, pero en lo audiovisual. Por ejemplo, tomamos lo que hacen los estudiantes de secundaria: los videos que producen. ¿Sabes qué se repite bastante en esos videos? Se repite mucho el bullying. El bullying y la baja autoestima se muestran como prácticas frecuentes. Adolescentes encerrados en sus casas, llorando porque no son aceptados por el otro, porque no tienen la ropa que el otro tiene. Violencia juvenil, en estudiantes secundarios, delincuencia juvenil en sus barrios, segregación social, exclusión social. Linchamientos: un chico hace algo y en el barrio lo matan. Estudiantes que se matan entre sí. Son ficciones, pero basadas en la realidad y son la forma en que ellos leen su mundo. Fíjate: muchos videos muestran al estudiante yendo a la escuela, volviendo a casa o viviendo su vida cotidiana, pero está solo. Esa persona de 15, 16, 17 años se ve sola, aislada del mundo, con la pantallita, en conflicto permanente. La escuela no da respuesta, la comunidad no da respuesta, la familia tampoco. Es muy preocupante que el estudiante vea eso. Ese es el síntoma. Ellos lo ven, lo pueden expresar en un video corto, pero no en la escuela, que tendría que ser un foro de conversación cultural no se abre espacio para elaborar estas experiencias y hacer de esto parte del currículum. La cosa pasa por ahí o viene de ahí: de la educación permanente e integral. Ese es el gran problema.
Liliana Daviña: Así es, porque si no hay opciones de gestionar la inteligencia afectiva, razonada, en posibilidades de invención, de creatividad, de imaginar cosas mejores, y si la escuela no asegura eso, muchas veces el espacio inmediato no brinda esas oportunidades. Entonces, es la escuela la que tiene que mostrar que hay otras puertas, que hay otros caminos posibles para que el sujeto aspire a eso y no se sienta derrotado antes de empezar a intentarlo, pensando que el mundo es así. Porque lo que hace la imaginación y la posibilidad creativa es ver que el hombre tiene horizontes de potenciar su acción y su sentido humano, y que puede trascender estas meras limitaciones que le da su presente. Si eso no se ejercita y no se demuestra con otros desde la cultura, y la escuela es uno de esos primeros lugares, el sujeto siente la frustración del destino; piensa que este es el mundo, que esta es su vida, y no ve horizontes. Eso es responsabilidad de los adultos. Los adultos no estamos gestionando bien las cosas que nos están haciendo falta. Creo que, desde el punto de vista del sentido (lo que tiene sentido y lo que no), hay que alimentar mucho lo que siempre se ha alimentado en la humanidad, que es la potencia del ser humano para moverse, para sentirse mejor con otros, para hacer cosas con otros. Porque hacer cosas con otros, curiosamente, en un mundo que prioriza hoy tanto el pensamiento financiero especulativo de la economía, es lo más recomendable porque es lo más económico que hay. Hacer cosas con otros, decían los filósofos, es bueno y es útil porque resuelve más rápidamente cosas, nos deja más tiempo para ser mejores, para ser más libres y para otras cosas. En cambio, pensar que vos, desde tu mirada individual, vas a resolver las cosas vos solo es lo más antieconómico que hay.

-Marcelino, ¿qué hace la comunicación en su amplio espectro, ya sea desde los medios, desde la academia; qué hacemos frente a esto los comunicadores. Miramos nada más, tomamos notitas?
-Marcelino García:
No, eso hacen algunos. Nosotros estudiamos, para empezar. Es otra de las cosas que estos discursos neoliberales y cerrados en el individuo, que tiene que progresar, hacerse un hueco a costa de otros sin mirar a quién, también se desvalorizan. No es casual que en estos contextos el ataque sea a la educación, a la formación permanente, sustentada; en el caso nuestro, basada en investigaciones. Yo te hablo, por ejemplo, del caso de los adolescentes, pero son cuatro años de analizar videos de escuelas, de ver qué pasa. No “hablamos en el aire”, como se dice; no son conjeturas nada más, sino que hay mucha revisión bibliográfica. Eso que para la tradición argentina era el valor social, cultural, de la justicia social y la igualdad en el estudio -para nosotros eso era el progreso bien entendido, el desarrollo social- está en retroceso y en debacle. Es el blanco del ataque de este tipo de Estados. No es casual, porque ahí está la base. Destruís eso y es uno de los pilares de una nación que se viene abajo. Tampoco es casual que estos Estados, estos tipos de gobiernos, prioricen el valor de la libertad, entendida así, del individuo cerrado, liberado en el mercado, al hacer lo que quiera en el mercado. Y la desesperanza que decía hoy; esa gente desesperada agarra cualquier tablita que se le tira.
-Liliana Daviña: Y además, en continuación con eso, el odio es socio de la ignorancia. Pero no una ignorancia atribuida a la naturaleza humana, sino la ignorancia en tanto falta de oportunidades, de lo que decimos: de reflexionar, de informarte, de pensar con otros, de estudiar, de tener capacidad crítica, de no conformarte con lo primero. Sumir a un pueblo en la ignorancia —ya lo decían nuestros próceres de la revolución— es lo más barato que hay para la docilidad del poder. El odio es familia directa de la ignorancia. Y una ignorancia cultivada es una ignorancia violentamente ejercida. Y no todos los que sufren la condición de ignorancia son causantes; muchas veces son víctimas de esta situación también. Esto forma parte de un paquete y de todo el amplio espectro de sentimientos asociados: el resentimiento, la envidia, los celos, que parecen sentires domésticos, pero están en la convivencia más doméstica del poder, moviendo los hilos también de lo mismo. Antes nos enseñaban a reprimir esto por unos principios morales o éticos, y parecía que había que sublimar todo eso. Hoy están desencadenados por el mundo a sus anchas, sin ningún tipo de represión civilizatoria. Están reinando, los dejan ser. En eso hay una habilitación que, desde el punto de vista del pensamiento, también distrae y provoca mucha ignorancia entre nosotros mismos.