El licenciado en Psicología, Nicolás Andorno, resaltó la importancia de abordar la salud mental desde una perspectiva subjetiva. Al escuchar y comprender a los pacientes en sus propios términos, los profesionales de la salud mental pueden ayudarles a resignificar su sufrimiento y encontrar caminos hacia la cura personal. Esta reflexión, planteada en la columna de Plural, programa periodístico de Canal 4 Posadas, invitó a reconsiderar las prácticas y a valorar la subjetividad como una herramienta fundamental en el tratamiento de la salud mental, según propuso.

Martes 17 de diciembre de 2024. A través de un discurso profundo y reflexivo, el licenciado en psicología Nicolás Andorno abordó el tema de la objetividad y la subjetividad en los tratamientos de salud mental y destacó la importancia de reconocer esas dos maneras en las que los seres humanos se relacionan con la realidad.
Desde una perspectiva objetiva, explicó Andorno, «nos relacionamos con la realidad a través de mediciones, comparaciones y categorizaciones. Este enfoque es común en campos como la ingeniería y la arquitectura, donde todo se puede observar, medir y pesar. Sin embargo, en el ámbito de la salud mental, esta perspectiva no siempre es la más adecuada», dijo.
Por otro lado, enfatizó la importancia de la subjetividad, es decir, la manera en que cada individuo percibe y siente la realidad. «Uno vive en el mundo que es capaz de imaginar», afirmó, destacando que la construcción de la realidad es única para cada persona, basada en su propia percepción y significado.
Esta distinción entre objetividad y subjetividad tiene profundas implicaciones en el tratamiento de la salud mental y el sufrimiento humano. Con citas a Sigmund Freud, Andorno explicó cómo Freud revolucionó la psiquiatría al escuchar a los pacientes desde una perspectiva subjetiva, en lugar de objetivarlos y categorizarlos. Freud introdujo la idea del «aparato psíquico» y propuso que el tratamiento debía ser una relación entre dos subjetividades: la del profesional y la del paciente.
Este enfoque relacional permite al profesional escuchar y comprender a los pacientes desde su propia perspectiva, ayudándoles a resignificar su sufrimiento y encontrar nuevos significados para su realidad. En lugar de imponer un diagnóstico objetivo, el psicólogo facilita que el paciente explore y entienda sus propios sentimientos y experiencias.
Un ejemplo ilustrativo que Andorno compartió fue el caso de «María», una mujer que había intentado suicidarse tras la muerte de su marido. A través de una escucha atenta y empática, Andorno descubrió que el sufrimiento de María no se debía simplemente a un «duelo mal tramitado», sino a una vida de decisiones impuestas y una falta de sentido personal. Al ayudarla a resignificar su experiencia y reconocer su capacidad para tomar decisiones, evitaron su internación y dispararon un camino hacia la autocomprensión y la curación.

Nicolás Andorno en Plural


-¿Con qué tema venís hoy Nicolás?

-Voy a hablar un poco de la objetividad y la subjetividad en los tratamientos de salud mental. En principio, lo que me gustaría dejar en claro es que los seres humanos nos relacionamos de dos maneras distintas con la realidad. Por un lado, de modo objetivo, y por otro, de modo subjetivo. Objetivamente, nos relacionamos con la realidad a través de lo que podemos medir, comparar, categorizar, nomenclar, etcétera. Por ejemplo, cuestiones observables que podemos tener una mirada objetiva, como lo que hacen los ingenieros o los arquitectos. Todo aquello que se puede observar y tener una mirada objetiva, porque se puede medir, pesar, etcétera. Por otro lado, nos relacionamos desde un plano muy distinto: el plano subjetivo, el de la subjetividad. Este plano tiene que ver con cómo el sujeto entiende la realidad, qué le parece, cómo la siente, cómo va significando las cosas de la realidad. Por eso, los psicólogos siempre planteamos que uno vive en el mundo que es capaz de imaginar. Existe una realidad, pero cada uno hace una construcción distinta, porque siempre la ve desde un plano subjetivo y vive desde ese plano. Respecto a la salud mental y el sufrimiento humano, esto tiene implicancias. Freud, desde 1900 trató de escuchar y comprender lo que los pacientes decían. Dejó de objetivar a los pacientes, de pensarlos como una categoría diagnóstica, para poder escucharlos. Se sentó a escucharlos. No solamente escucharlos, sino también poder pensar a qué corresponde lo que dicen, qué mecanismos internos subyacen a los sentidos que los pacientes le daban a su realidad, a su vida. Esos mecanismos internos los nuclea en algo que llama aparato psíquico. Esta es una de las primeras ideas que toma Freud para pensar la mente humana. Y a su tratamiento lo plantea como una cuestión relacional entre dos subjetividades. Esto es interesante, porque él se corre del lugar objetivo del médico que categoriza, mide, evalúa, determina cuál es el diagnóstico, y empieza a escuchar al paciente como persona, desde su propio parecer. Desde un conocimiento de esos mecanismos internos que hacen que las personas signifiquen la realidad como la significan. Lo radical y novedoso es que deja de pensarse como un médico objetivo y comienza a pensarse también como un sujeto. Deja de lado los conocimientos objetivos y abre el espacio a otro tipo de conocimientos que ya no vienen del campo de la objetividad, sino del de la subjetividad. Es decir: «Contame lo que a vos te parece, yo te escucho, a ver qué me parece lo que a vos te parece, y entre ambos vamos viendo a qué remite tu sufrimiento”. Entonces, el tratamiento plantea esta cuestión relacional entre dos subjetividades que responden, de alguna manera, a roles distintos, porque obviamente uno es el profesional y el otro es el paciente. El paciente dice cosas que ni siquiera entiende, que no sabe lo que sabe, que no entiende lo que entiende, por qué le pasan las cosas. Viene bastante enajenado, si se quiere, de su propio sufrimiento. Llega para que le digas lo que tiene que hacer, qué le pasa, para que le des un nombre raro a lo que le sucede, y eso es lo que llamamos diagnóstico. Mientras que el profesional, que empieza a plantear Freud en 1900 inaugurando el psicoanálisis, dice “trata de escuchar y ve rellenando esos huecos de sentido, y así trata de resignificar lo que le pasa al paciente”. Es decir, la persona habla de algo que no sabe por qué le pasa, y el profesional, en lugar de objetivar y categorizar, intenta entender. Observa que hay huecos, lagunas, cuestiones que no se terminan de cerrar, y empieza a darles significación, otros sentidos, a eso que el paciente no puede hacer por sí mismo. De esta manera, el profesional ayuda al paciente a resignificar lo que pasa. Resignificar implica dar un nuevo sentido a las cosas. Lo que se entiende es que las personas en el fondo no sufren por lo que les pasa, sino por los sentidos que atribuyen a aquello que les pasa. Sufren por cómo significan las cuestiones, por cómo significan su vida en función de la significación que atribuye a la realidad que están viviendo. Cuando el psicólogo escucha, intenta dar otro significado a lo que oye, ayudando al paciente a resignificar y a habilitar nuevos sentidos para la realidad que le plantea. En cambio, la objetivación del paciente le quita la posibilidad de resolver lo que le sucede. Es decir, “vos sos paciente, pasivo, no sabés nada, yo que sé sobre lo que te pasa, te digo lo que tenés que hacer”. Esto le quita la posibilidad al sujeto de reconocer su propia significación y los sentidos que da a las cosas. Esto lo enajena aún más de su sufrimiento, lo deja más lejos de hacerse cargo de lo que le está pasando a él particularmente. De modo que, al reconocer su subjetividad y su forma de relacionarse con el mundo, se asegura la posibilidad de una cura real. Lo que lo hace sufrir sea resignificado y así puede tomar cartas en el asunto y reordenar su mundo interno. Cuando el psicólogo da otro sentido a lo que está pasando, el sujeto comienza a encontrarse consigo mismo, con lo que siente, con cómo le parece que vive la realidad. Como la realidad no la puede modificar de inmediato, lo primero que puede cambiar es su forma de significar las cosas, la misma vida. De manera que los psicólogos, los profesionales de salud mental, no curamos a nadie, solo habilitamos a que la persona encuentre los sentidos que le faltan para curarse sola. Esto es fundamental. Nosotros no curamos a nadie; los pacientes se curan solos. Pasa que para que un paciente pueda tomar cartas en el asunto respecto a su problemática, tiene que entender lo que le pasa. Lo que hacemos los psicólogos es ayudarle a entender lo que le sucede. Te voy a dar un ejemplo. Justo fue uno que usé esta semana en el curso de acompañamiento terapéutico que estoy dictando. Yo siempre uso casos, generalmente de la ciudad de La Plata, donde me inicié profesionalmente, para resguardar la privacidad de mis pacientes locales. Cuando empecé a trabajar en un manicomio, allá por los años 2008 o 2009, antes de la Ley de Salud Mental, trabajaba en un equipo de desmanicomialización a cargo de un psiquiatra llamado Alexandría. La verdad, es una persona que yo admiro mucho. Empezamos a trabajar intentando rescatar la singularidad de la persona más allá del diagnóstico. Empezamos a escucharlas, a ver qué les pasaba, por qué se sentían como se sentían. Les dimos lugar, primero con asambleas, con actividades recreativas, con juegos. Les dimos un espacio para la palabra, para que participen y empiecen a tomar un poco de actividad en esa vida monótona que llevan dentro de los manicomios. Algo muy parecido pasa en las cárceles. En un momento me mandan a admisiones. La primera admisión en la que me toca trabajar como psicólogo en el Hospital Melchor Romero era una señora de 60 y pico de años -vamos a ponerle “María”- que había intentado suicidarse tomando pastillas. Claramente no lo había logrado y tenía a los hijos agotados. No la aguantaban más, básicamente. Entonces proponen internarla bajo recomendación de otro profesional. Eso implica todo un proceso de admisión.
Me pongo a escucharla y le digo:
—María, ¿qué te trae por acá? ¿Qué te está pasando?
Ella me dice:
—La verdad es que no sé cómo vivir. Falleció mi marido hace un año y medio y no sé qué hacer con mi vida. No sé cómo seguir.
Entonces me pongo a pensar desde una mirada objetiva: “bueno, es un caso de depresión, un duelo no tramitado”. Lo miro desde un lugar romántico: “ella aprendió a vivir tanto tiempo con su marido que no sabe cómo vivir sin él, lo extraña, entiende que su vida pierde sentido porque le falta su otra mitad”. Cuestiones románticas que a uno se le ocurren. Que “es un duelo mal tramitado desarrolla un cuadro de melancolía”. Por lo tanto, “hay determinados neurotransmisores que están en baja”. Toda la bibliografía lo respalda: uno objetivando al paciente. Pero, ¿qué pasa si lo abordo desde la subjetividad? Empiezo a preguntarle cómo es su situación actual. Entonces, me dice que vive en una casa, que tiene la pensión que le dejó el marido, pero que no le encuentra sentido a nada. No sabe por qué se siente así, pero no le dan ganas ni de levantarse para ir al baño. Una vez se terminó haciendo pis encima porque no tenía ni siquiera sentido levantarse para ir al baño. Empieza a contarme un poco de su historia. Le pregunto si ese marido había sido su primer amor, cómo fue que se casó.
Ella me dice:
—Yo me casé muy tarde, a los 32 años, en un matrimonio arreglado. No lo había elegido porque mi viejo era muy severo y no me dejó elegir. Era ese o quedarme para vestir santos. Entonces aceptó esa propuesta matrimonial. Pero su matrimonio no había sido muy feliz porque nunca decidía nada. Su marido decidía absolutamente todo, incluso cómo armar la cocina. Ella no decidía nada. Esa idea de que estaba mal porque lo extrañaba, esa hipótesis, se venía abajo. Le pregunto si no había tenido un amor anterior. Ella me dice que sí, que se había enamorado mucho de un hombre que le había propuesto matrimonio, pero que su padre no la dejó. Tenía 26 años cuando pasó eso, se acordaba perfectamente.
Le pregunto:
—¿Por qué no te escapaste? ¿Por qué no te fuiste? Si ese era el amor de tu vida y estabas tan enamorada, te propuso matrimonio, ¿por qué no te fuiste?
Ella me dice:
—No, mi papá era muy severo, me iba a matar.
—¿Te iba a matar, María?
—Bueno, no sé si me iba a matar, pero me iba a dar un cachetazo que me iba a dejar sentada en el piso.
Le digo:
—Ah, un cachetazo en el piso, horrible. Pero te podías levantar, lavarte la cara e igual salir corriendo a los brazos de tu amor. ¿Por qué no lo hiciste?
Ella se quedó en silencio y me dice:
—Por estúpida. Por estúpida no me fui.
Entonces, le digo:
—Por estúpida, durante tu matrimonio nunca pudiste elegir nada, en qué gastar la plata, nada. Ahora tenés una casa y la pensión de tu marido. ¿No te parece que estás haciendo el mismo papel?
Se quedó en silencio.
Le digo:
—Bueno, ¿sabés qué? No te vamos a internar. Voy a recomendar que no te internen. Te vamos a mandar un acompañante terapéutico que te ayude a conectarte un poco con lo que siempre quisiste hacer. Ahora que tenés la oportunidad, estás haciendo esta pantomima de la muerta viva. Además, tomá la medicación que te da el doctor, que eso también te va a ayudar. Te vamos a ayudar, pero no hace falta que te internen.
Y se fue. Cuando ella dice «por estúpida», lo que entiendo es que pudo resignificar un poco los sentidos en los que estaba atrapada y que en su vida no tenía ningún sentido. Entonces, de eso se trata un poco, me parece, la salud mental: dejar de objetivar, de categorizar, de etiquetar personas con diagnósticos, y empezar a escucharlas. Entender qué les pasa para que la persona pueda curarse sola.