«Esto ya pasó. Y va a volver a pasar», reflexiona el autor de este artículo de opinión que busca la ruta entre las urnas de 2023 y el viernes obereño.
Por Jorge Víctor Ríos
Sábado 31 de mayo de 2025. No fue la primera vez que abuchearon a Karina Milei. Ni la primera vez que el relato libertario se topó con el rechazo en la calle. Pero esta vez fue en Oberá. Esta vez, los que dijeron “basta” fueron productores, tareferos, jubilados. Y esa escena, aunque breve, condensó algo más grande que el hecho en sí: la fractura entre la promesa y la realidad.
Porque quienes les gritaron “váyanse a la mierda” son, en muchos casos, los mismos que los votaron. Los mismos que festejaron su llegada. Y que ahora —con el cuerpo, no con teorías— empiezan a entender.
Y es que la calle no son las redes.
En estos días, una postal inesperada desacomodó el discurso libertario en su intento de posar con soltura en tierras misioneras. La escena fue clara: no los corrió ninguna “casta sindicalizada”, sino esos mismos sectores que el oficialismo nacional dice venir a salvar del Estado opresor.
Cuando la hoja verde no cubre ni el costo de producción, y la comida escasea mientras el precio se define en una oficina lejana, el discurso de la libertad suena cada vez más hueco. La bronca no llegó del progresismo académico ni de la izquierda partidaria. Llegó desde la zafra, desde la feria, desde las manos que sostienen el mate nacional.
El problema no es (solamente) Milei. El problema es el modelo que representa: desregulación para los de arriba, miseria planificada para los de abajo, y una retórica incendiaria que vende ajuste como redención. El DNU 70/23, que desmanteló el INYM, fue apenas la evidencia más brutal de esa lógica. Privatización de beneficios. Socialización del hambre.
Pero ojo: tampoco hay que romantizar lo que pasó. Misiones no es ajena a este proyecto. Lo votó con fuerza. Lo legitimó. Y lo sigue acompañando. No se trata de héroes populares que emergen de la selva para resistir, sino de sectores que empiezan a darse cuenta —con el cuerpo— que lo que venía a liberarlos, en realidad, venía a vaciarlos.
“Misiones no es para amarillentos”, les gritaron. Una frase filosa, nacida del suelo. No para alimentar el folclore local ni para consolar al derrotado, sino para nombrar un límite. Porque cuando el pan falta y la dignidad se pisotea, la política deja de ser performance y vuelve al cuerpo. Y cuando el cuerpo habla, el algoritmo ya no alcanza.
El grito “Milei, no somos la casta, somos tareferos” invierte la lógica libertaria. ¿Quién es la verdadera casta? ¿La que espera un precio justo o la que firma decretos blindados por custodia federal? El pueblo empieza a reapropiarse del lenguaje que lo excluía. Y eso no es un gesto simbólico. Es un acto político. Es contrahegemonía. Es memoria.
Pero a pesar de que cada pueblo tiene su forma de resistir, esta lucha no es distinta ni más genuina que otras. Porque las luchas están conectadas. Lo que se gritó en Oberá se enhebra con lo que se canta cada miércoles frente al Congreso, con los bastonazos en la 9 de Julio, con los cientificidios denunciados por los trabajadores del Conicet. No hay lucha nueva: hay memoria viva.
Por eso es clave no caer en el relato que quiere que cada grito parezca el primero, que cada pelea sea local, episódica, olvidable. Como escribió Rodolfo Walsh: “Nuestras clases dominantes han procurado siempre que los trabajadores no tengan historia, no tengan doctrina, no tengan héroes ni mártires. Cada lucha debe empezar de nuevo, separada de las luchas anteriores. La experiencia colectiva se pierde, las lecciones se olvidan. La historia aparece así como propiedad privada cuyos dueños son los dueños de todas las cosas. Esta vez es posible que se quiebre el círculo”.
Y así nos vacían también de sentido.
Lo más importante no es el acto en sí. Es la conexión. Saber que lo que se grita en Misiones se grita también en Buenos Aires, en Salta, en Córdoba y en Ushuaia. Que la patria no es una provincia. Es un entramado de resistencias.
Y sin embargo, algo más se está revelando. Un sociólogo lo llamó “la democracia de la derrota”: ese tiempo en que el poder ya no se legitima por adhesión, sino por apatía. Cuanto más se degrada el debate público, más avanza la ilusión del orden por la fuerza. Cuanto más se evapora la política, más se impone el miedo. Pero incluso en ese escenario, hay otra trama posible.
¿Y si la alternativa no es otra cara en la boleta, sino otra forma de hacer política?
¿Qué pasa cuando dejamos de creer que el voto puede transformar algo… pero tampoco organizamos otra forma de hacerlo?
Tal vez el problema ya no sea la política. Tal vez el problema sea el abandono de la potencia colectiva.
El Eternauta nos recordó que nadie se salva solo. Que lo importante no es la hazaña individual, sino la red. Volver a conversar, a encontrarnos, a hacer política desde lo común tal vez no sea el plan maestro. Pero puede ser, otra vez, el principio de la resistencia.
Y quizás también, de una nueva historia.
