El médico Medardo Ávila Vázquez, pediatra y neonatólogo, coordinador de la Red de Médicos de Pueblos Fumigados, divulgó en Misiones una contundente evidencia científica: el modelo agroindustrial basado en agrotóxicos cambió el perfil de morbilidad y mortalidad en las comunidades rurales, donde el cáncer es hoy la causa del 50% de los decesos.

Viernes 24 de octubre de 2025. La forma de enfermar y de morir en la Argentina no es la misma en todos lados. Mientras en las grandes ciudades como Buenos Aires, Rosario o Córdoba el cáncer representa cerca del 20% de las defunciones, hay pueblos donde esa cifra se dispara hasta el 50%. Es decir, uno de cada dos fallecimientos. Esta alarmante diferencia, documentada científicamente, tiene un factor común: la exposición sistemática a los agrotóxicos utilizados en el modelo agroindustrial.
Así lo expuso en Misiones el doctor Medardo Ávila Vázquez, pediatra, neonatólogo y uno de los referentes nacionales de la Red de Médicos de Pueblos Fumigados. En una charla abierta en la plaza San Martín, acompañada de una feria de productores orgánicos, Ávila Vázquez compartió la experiencia acumulada durante una década de trabajo e investigación en el tema, que después replicó en Plural, programa periodístico de Canal 4 Posadas.
“Argentina es el país que más usa agrotóxicos por habitante. Estamos en 600 millones de litros. Es increíble la cantidad que se usa y eso ha generado un impacto en la forma en que se enferman las poblaciones fumigadas y también en la forma de morir”, afirmó el médico en diálogo con Plural.
El especialista se refirió críticamente a las campañas publicitarias que durante años minimizaron los riesgos de estos químicos, incluso llegando a sugerir que un herbicida como el glifosato podía ingerirse. “Se demostró con estudios científicos en suicidas en la India, que todos los que habían tomado 200 ml –un vaso– de glifosato al 46%, murieron”, desmintió categóricamente.
También refutó el mito de que el glifosato se biodegrada rápidamente. “Es mentira: dura 120 días en el suelo, se va con la lluvia hacia las fuentes de agua, vuelve a aerolizarse. Hay una serie de información científica (…) que muestra la peligrosidad de esta molécula”.
Ávila Vázquez explicó que, históricamente, Argentina tuvo un patrón de enfermedades estable, donde los problemas cardíacos lideraban las causas de muerte (30%), seguidos por el cáncer (20%). “Pero nosotros encontrábamos que en los pueblos fumigados muere el 50% de cáncer. (…) Esto no fue siempre así: esto fue evolucionando desde que se empezó a sembrar semillas transgénicas y a fumigar sistemáticamente”.
El problema, señaló, ya no se limita a la soja y el maíz. “Hemos pasado a utilizar agrotóxicos para todo: para arroz, para la yerba mate, para la caña de azúcar, para el algodón. Hasta los viñedos se desmalezan con glifosato y después tenemos el vino con glifosato”.
La huella del veneno queda en el ambiente, en los alimentos y en la sangre. La toxicidad afecta en primer lugar a los aplicadores y productores, luego a las familias y vecinos por la deriva de las pulverizaciones, y finalmente a los consumidores a través de los residuos en los alimentos. “Podemos recoger el agua de lluvia, la medimos y tiene glifosato”, ejemplificó.
Respecto a Misiones, mencionó estudios recientes que detectaron glifosato en marcas comerciales de yerba mate, al tiempo que destacó y alentó el crecimiento de la producción orgánica en la provincia como la alternativa saludable.
La evidencia más contundente surge de los análisis de genotoxicidad. “Investigadores de la Universidad de Río Cuarto y del Litoral hicieron pruebas de sangre (…) y encontramos que la gente que vive en las zonas fumigadas tenía prácticamente toda —el 95%— esas lesiones en el ADN, aun sin estar enferma. En cambio, la gente que vive en las ciudades tenía menos del 3%”.
Frente a este escenario, el médico se mostró esperanzado por la creciente toma de conciencia de los consumidores, que buscan cada vez más alimentos libres de agrotóxicos. Sin embargo, reclamó una acción más enérgica del Estado.
“No se prohibió fumar, pero se dijo: el cigarrillo es tóxico. (…) Habría que hacer lo mismo con los agrotóxicos: sostener una campaña que diga que son venenos, que son tóxicos y que lastiman y enferman a la gente”.
Aunque reconoció el fuerte lobby de las corporaciones, destacó avances concretos, como las ordenanzas que en 400 pueblos y ciudades de Argentina prohibieron las fumigaciones en las zonas aledañas. “Es un gran desafío (…) La sociedad tiene que decir: ‘No podemos cultivar alimentos con venenos’”.
La visita del médico Ávila Vázquez dejó un mensaje, que asegura que la transición hacia una producción agroecológica no es una utopía sino una necesidad de salud pública avalada por la ciencia digna, aquella que prioriza la vida sobre la ganancia.

Medardo Ávila Vázquez en Plural

-¿A qué se debe la vista a Misiones, las charlas?
-Un poco difundir y traer la experiencia que fuimos juntando en estos últimos 10 años con la red de médicos de pueblos fumigados en Argentina. Porque tenemos un sistema de agricultura que se hizo adicto al uso de agrotóxicos. Usa cantidades muy grandes: es el país que más usa agrotóxicos por habitante. Estamos en 600 millones de litros. Es increíble la cantidad de agrotóxicos que se usa y eso generó un impacto en la forma en que se enferman las poblaciones fumigadas en Argentina y también en la forma de morir. La experiencia es bastante fuerte. Hemos publicado muchos artículos científicos en revistas y después está toda la información científica mundial que también va de la mano con lo que nosotros hemos encontrado. Entonces, un poco traer acá a Misiones, a los misioneros, la información de la ciencia digna, porque por ahí hay conflictos: el agronegocio que se beneficia con este sistema de agricultura basada en tóxicos usa más que nada propaganda más que información real. Hay una anécdota: cuando en la década del 90 se empezó a utilizar el Randap, salían propagandas en televisión que se podía tomar un vaso de Randap. Y todavía mucha gente se quedó con eso. Te lo dicen, te lo vuelven a repetir. Muchas veces vamos a discutir, a difundir, viene alguno y dice: “Pero si acá se puede tomar un vaso de Randap”. Y se demostró con estudios científicos en suicidas en la India, que todos los que habían tomado 200 ml de Randap, que es un vaso de glifosato al 46%, todos murieron. Es decir que era propaganda también aquello de que el glifosato caía y cuando tocaba la tierra se biodegradaba. Es mentira: dura 120 días en el suelo, se va con la lluvia hacia las fuentes de agua, vuelve a aerolizarse. Hay una serie de información científica tanto de nuestras universidades como de universidades de otros lugares del mundo que muestran la peligrosidad de esta molécula y que es importante dejar de utilizarla.

—Dijiste recién: «la forma de enfermarse y la forma de morir…». ¿Es similar en las distintas zonas de uso? ¿Son las mismas enfermedades y la misma forma de muerte?
-Sí. Nosotros en Argentina teníamos una forma de enfermarse muy estable, muy similar en todo el país. Había diferencias más vinculadas a las situaciones sociales: a más necesidades sociales, prevalecían más enfermedades de la pobreza. Pero en general, en las tasas de mortalidad, el 30% de las personas en Argentina desde hace más de 50 años muere de problemas cardíacos, o sea, tres de cada diez mueren de problemas cardíacos. La segunda causa de muerte es el cáncer, que representa el 20% de los decesos en un año, tanto de toda la población argentina como de las grandes ciudades: Buenos Aires, Rosario, Córdoba. Y nosotros encontrábamos que en los pueblos fumigados muere el 50% de cáncer. O sea, uno de cada dos fallece de cáncer. El cáncer es la peor manera de morir y realmente eso muestra que la carga de cáncer en esos pueblos estaba descontrolada, era mucho mayor que en el resto del país. También veíamos, hablando con los médicos que estaban en esos lugares durante muchos años, que esto no fue siempre así: esto fue evolucionando desde que se empezó a sembrar semillas transgénicas y a fumigar sistemáticamente. El problema es que de la fumigación de soja y maíz transgénico hemos pasado a utilizar agrotóxicos para todo: para arroz, para la yerba mate, para la caña de azúcar, para el algodón. Hasta los viñedos se desmalezan con glifosato y después tenemos el vino con glifosato. O sea, que tenemos realmente un problema de que la agricultura se ha vuelto una práctica tóxica.

—¿Esa toxicidad afecta al productor, pero también al alimento?
—Sí. Afecta primero que nada al productor, al que manipula, al que aplica estos productos. Después al ambiente donde se aplican: queda contaminado y la gente que vive ahí se expone por vivir en esos lugares, porque en general se aeroliza, se evapora y queda en el aire. De tal manera que cuando llueve podemos recoger el agua de lluvia, la medimos y tiene glifosato. Es increíble: el agua de lluvia tiene glifosato porque el aire está cargado de estas moléculas hasta que llueva y lo limpie. Entonces, el segundo afectado es el vecino o la familia del agricultor que lo utiliza. Y en tercer lugar, los alimentos quedan con un residuo. Nosotros tenemos estudios de este año que muestran que la yerba mate de las marcas comerciales que salen de Misiones tiene glifosato. También hay una gran cantidad de producción orgánica sin agrotóxicos de yerba mate acá en esta provincia. Por suerte, es la que nosotros consumimos, la que se consume en todo el país y la que la gente está buscando cada vez más: acceder a alimentos que no estén contaminados con venenos.

—¿Hay una toma de conciencia del consumidor en ese sentido?
—Sí, sí, sí. Hay una toma de conciencia que viene de todas estas luchas, de la difusión, de probar realmente que la yerba orgánica o los tomates orgánicos son mucho más ricos. Porque los agrotóxicos generan la muerte de la tierra. La tierra, así como la vemos, está viva: está llena de bacterias, de microorganismos, de gusanos, de lombrices. Y cuando vos usás agrotóxicos, hacés un pozo y no encontrás una lombriz. Tenés que ir al monte o al baldío para encontrarlas. Y esa vida es la que le da nutrientes a la planta, tanto de soja como de yerba o de tomate. Entonces, la gente está buscando eso. Imaginate si los gobiernos hicieran una campaña pública, no de prohibir los agrotóxicos, pero sí una campaña como la del cigarrillo. No se prohibió fumar, pero se dijo: el cigarrillo es tóxico. Antes había una propaganda gigante de fumar: “Si fumás sos más piola”, “jugás mejor al fútbol si fumás”. Y eso se descartó. Se hizo una campaña al revés: decir que el cigarrillo enferma. Y habría que hacer lo mismo con los agrotóxicos: sostener una campaña que diga que son venenos, que son tóxicos y que lastiman y enferman a la gente. Eso haría que disminuya su uso, que los productores empiecen a usarlos menos, que la gente reclame alimentos sin agrotóxicos.

—¿Cuándo se empieza a advertir esto? ¿Y cómo se establece con estudios que, por ejemplo, afecta de tal manera, para contrarrestar esa propaganda que dice que no es así, que no afecta?
—Sí. Nosotros empezamos con esto en 2005, 2006. Yo en 2007 era secretario de Salud en la ciudad de Córdoba y nos encontramos con que un barrio del borde de la ciudad, donde empieza el campo de soja y empieza la ciudad cruzando la calle, ese barrio empezó a enfermarse. Se empezaron a enfermar de cáncer, de púrpura, de hipotiroidismo. Nacían chicos malformados, tenían asma. Era un desastre. Solamente en ese barrio. Y no sabíamos qué era. Así que cuando empezamos a estudiar, nos encontramos con que no había otra causa que los agroquímicos, que los encontrábamos en el patio de las casas, entre ellos glifosato. Después, en la Universidad de Río Cuarto, en la Universidad del Litoral, investigadores hicieron pruebas de sangre que permiten ver si las células tienen genotoxicidad, si las cadenas de ADN de la célula están rotas, lastimadas por algún mutagénico cancerígeno como el glifosato. Y encontramos que la gente que vive en las zonas fumigadas tenía prácticamente toda —el 95%— esas lesiones, aun sin estar enferma. En cambio, la gente que vive en las ciudades tenía menos del 3% de ese tipo de lesiones. Por supuesto, las células alteradas que encontrábamos en la sangre, si dejaban de fumigar, se empezaban a recuperar y volvían a ser normales. Y como viste que hay ciclos, hay momentos del año en que se fumiga mucho y momentos en que se fumiga muy poco. En esos momentos de fumigación baja, prácticamente todas las personas volvían a la normalidad. Nosotros tenemos la capacidad de defendernos de un veneno y enfermarnos solo cuando algunos pierden esa capacidad o el tóxico supera esa defensa. Por eso no todos se enferman estando expuestos al glifosato. No todos hacen cáncer, como tampoco todos los fumadores hacen cáncer de pulmón. Pero cuando vos ves los cánceres de pulmón, el 99% fumaba. Entonces, hay gente que puede fumar y su físico se defiende, pero otros no. Lo mismo pasa con esto. Algunos productores nos dicen: «Ah, nosotros fumigamos y usamos glifosato hace 20 años, nunca nos pasó nada.» Y sin embargo, los vecinos de al lado tienen todas las familias enfermas, o los peones de ese productor murieron de cáncer. Y hemos encontrado esa situación muchas veces, desgraciadamente.

—Con esa prueba científica contundente, ¿se pudo hacer algo en el caso de Córdoba o el lobby es mucho más fuerte y eso queda como una anécdota?
—No, como barrio se prohibió fumigar y terminamos con un juicio. Terminamos condenando a los fumigadores y a los productores porque, a pesar de que la Municipalidad lo había prohibido, ellos seguían fumigando a la noche, los domingos, y se escapaban. Después logramos que en 400 pueblos y ciudades pequeñas de Argentina se prohibiera la fumigación alrededor y se establecieran restricciones para entrar con bidones a los pueblos. Porque también acumularlos dentro de los pueblos genera exposición: se siente el olor de afuera de los depósitos, los envases de plástico largan residuos. O sea que se ha avanzado en medidas de protección. Tenemos que avanzar en que los Estados, como acá en Misiones, tomen decisiones de decir: «Bueno, al glifosato lo prohibimos o lo vamos a prohibir de manera paulatina, a medida que avanzamos en un programa de producción orgánica.» Muchos países europeos están aplicando políticas de reducción de agrotóxicos y han logrado bajar su consumo. Nosotros en Argentina cada vez consumimos más. Y eso, los médicos lo vemos: genera un daño que sigue creciendo, sobre todo en los niños, con el aumento de casos de autismo. Está demostrado que no es solo cáncer: los agrotóxicos dañan el desarrollo de las neuronas, las ramificaciones neuronales cuando los chicos son bebés o pequeños. Estudios muestran que la causa principal es la exposición de la madre a tóxicos durante el embarazo. Ese niño después tendrá problemas de aprendizaje, de habla, de relaciones sociales, de excitación, de tipo autista. No es un problema menor.

—¿Creés que hay salida? ¿Creés que la política o la sociedad va a poder corregir esto?
—Es un gran desafío. Este es un debate mundial. Monsanto-Bayer siguen presionando, tratando de defenderse. Las demandas millonarias en Estados Unidos cada vez crecen más y les exigen pagar indemnizaciones mucho más grandes. Ellos lograron sostener la autorización del glifosato en Europa y en Estados Unidos con las agencias reguladoras. Pero esas evaluaciones se hacen tomando solo la información que les da la empresa Bayer, no la que aportan las universidades públicas, ni la nuestra, ni las de todo el mundo. Entonces hacen una observación sesgada porque hay un lobby muy fuerte de la industria. Pero los reclamos en todo el mundo crecen porque es una locura que produzcamos alimentos en base a venenos. Solamente en la mente de alguien que ve esos alimentos como mercancía y dinero. El problema es que los consumidores, que somos todos, vemos alimentos. Cuando vamos a comprar un tomate, que está contaminado, pensamos en la ensalada que vamos a comer. Ellos, en cambio, piensan en el cajón de tomates y en el dinero que van a cobrar. Entonces la sociedad tiene que decir: «No podemos cultivar alimentos con venenos.»

—¿La charla que ofrecen es abierta? (La charla en Posadas es anterior a esta publicación).
—Sí, abierta a todo el público interesado. Comentamos lo que venimos trabajando en todos estos años, que está en un sitio: la Red de Médicos de Pueblos Fumigados. La pueden buscar en Google y ahí encuentran toda la información, incluso investigaciones que fueron publicadas en inglés y que están traducidas al español para que todo el mundo las pueda conocer.