Dice la autora de este análisis que, respecto a Venezuela y a Maduro, Trump repitió la palabra ilegítimo demasiadas veces como para saber que la ilegalidad está de su lado. Los medios la acogieron con docilidad. Pero hay palabras que funcionan como espejos: dicen del otro lo que ocultan de quien las pronuncia. Ilegítimo no es un gobierno que se disputa en el terreno político interno. Ilegítimo es entrar de madrugada, bombardear, secuestrar a un presidente en funciones y salir como si el mundo fuera una propiedad privada. Eso no es política exterior: es piratería con bandera. Una Doctrina Monroe con actualización de software, pero con la misma lógica de saqueo.

Miércoles 7 de enero de 2026 (Por Yuliet Teresa, cubana, «intensa, afrofeminista, comunicadora popular, disidente sexual»). La guerra empieza cuando alguien decide cómo se llamará lo que va a ocurrir. No con el primer misil ni con el primer cuerpo, sino con la primera palabra. En el caso de #Venezuela, esa palabra no fue secuestro. Fue captura. Y en ese desliz semántico —aparentemente técnico, aparentemente neutro— se condensó toda la operación.
Captura es una palabra obediente. Sugiere orden, legalidad, procedimiento. Secuestro, en cambio, es una palabra incómoda: señala una violencia desnuda, un acto fuera de la ley, una ruptura de la soberanía. Los grandes medios internacionales eligieron la primera. Donald Trump y Marco Rubio la pronunciaron primero; las redacciones la repitieron después. El efecto fue inmediato: no se describió un crimen, se administró una culpa. No es casual. En la guerra comunicacional, las palabras no informan: encuadran

  1. El lenguaje como tribunal anticipado
    Cuando un presidente es “capturado”, ya no es un sujeto político sino un delincuente en potencia. No hace falta juicio: el titular lo reemplaza. La prensa internacional no preguntó bajo qué jurisdicción, con qué derecho, en nombre de qué ley. La pregunta jurídica fue sustituida por una narrativa policial. El secuestro se volvió procedimiento. La violencia, trámite. Así funciona la criminalización política en su forma más eficaz: cuando no parece criminalización.
  2. La democracia como palabra expropiada
    “Transición democrática”. Dos palabras limpias, casi amables. Nadie explicó quién transita, hacia dónde, bajo qué mandato popular. En boca de Trump y Rubio, amplificadas por editoriales y analistas, la democracia dejó de ser una práctica histórica de los pueblos y pasó a ser un sello de autorización imperial.
    Cuando un país poderoso decide que otro debe “transitar”, lo que hace no es defender la democracia: la confisca. Le quita a los pueblos el derecho a nombrar su propio proceso y lo sustituye por un guion externo, escrito en otro idioma y con otros intereses.
  3. Ilegítimo: el espejo invertido
    Trump repitió la palabra ilegítimo demasiadas veces como para saber que la ilegalidad está de su lado. Los medios la acogieron con docilidad. Pero hay palabras que funcionan como espejos: dicen del otro lo que ocultan de quien las pronuncia.
    Ilegítimo no es un gobierno que se disputa en el terreno político interno. Ilegítimo es entrar de madrugada, bombardear, secuestrar a un presidente en funciones y salir como si el mundo fuera una propiedad privada. Eso no es política exterior: es piratería con bandera. Una Doctrina Monroe con actualización de software, pero con la misma lógica de saqueo.
  4. La cirugía como eufemismo
    “Operación quirúrgica”. La expresión apareció rápido, limpia, sin sangre. La cirugía no grita, no sangra, no mata: corrige. Al usarla, el discurso mediático hizo desaparecer los cuerpos. Cuarenta muertos se volvieron una estadística borrosa, un ruido de fondo.
    No fue una operación quirúrgica. Fue terrorismo de Estado. Fue sabotaje. Fue amenaza regional. Pero esas palabras no circularon con la misma insistencia porque generan una emoción peligrosa: indignación. Y la indignación no es funcional al poder.
  5. El narco-terrorismo como acto de proyección
    Estados Unidos nombró como narco-terroristas a Venezuela, Colombia y México. Los medios repitieron la etiqueta con la naturalidad de quien copia un cable a la antigua usanza. Nadie se detuvo en el dato incómodo: el principal mercado de consumo, distribución y muerte por drogas está dentro de Estados Unidos.
    La acusación no buscaba describir una realidad sino desplazarla. Proyectar hacia afuera una crisis interna. Construir enemigos externos para no mirarse al espejo. Es una vieja técnica: señalar con el dedo mientras se esconde la mano.
  6. “Trump no juega”: la banalización del horror
    Marco Rubio dijo: “Donald Trump no juega”. La frase recorrió titulares y pantallas como una señal de firmeza. Pero la guerra no es un juego. Nunca lo fue. Lo que se banaliza aquí no es el lenguaje, sino la muerte.
    Mientras Gaza arde y Trump cena con Netanyahu, los conglomerados mediáticos hablan de liderazgo, de carácter, de decisión. La historia de masacres, golpes de Estado y países arrasados se convierte en un fondo borroso. El terror se vuelve performance política.
  7. La verdad como última trinchera
    La batalla central no es solo por la soberanía territorial, sino por la soberanía del sentido. Quien nombra, gobierna. Quien impone el relato, legitima la violencia. Por eso la verdad hoy no es una abstracción moral: es una posición política. Decir secuestro cuando dicen captura. Decir terrorismo cuando dicen operación. Decir autodeterminación cuando dicen transición.
    En tiempos de mentira organizada, la verdad deja de ser un valor y se convierte en una trinchera. Zurrón del Aprendiz – Silvio Rodríguez este 3 de enero lo ha dicho sin rodeos, como suelen decirse las cosas de verdad:

Si no nos ponemos duros
de frente al abusador,
lo puro se vuelve impuro
y lo bueno lo peor.

Y yo creo que ponerse duro empieza por algo mínimo y esencial: llamar a las cosas por su nombre.

Yuliet Teresa, la autora del texto.