Frente a la reforma laboral que avanza en el Congreso con el aval de gobernadores que negocian derechos por obras, la nueva camada del sindicalismo peronista levanta la bandera de la intransigencia. En un café porteño, Ignacio “Lobo” Rodríguez, secretario general de las 62 Organizaciones Nueva Generación, carga contra lo que define como “traición” y dibuja el plan que ya está en marcha: la batalla hoy es en la plaza para frenar el atropello; la de mañana, será para reconstruir desde las cenizas lo que el “tsunami neoliberal” arrase. “No vamos a pedir permiso para defender lo que es nuestro”, advierte, mientras prepara la resistencia en el territorio y piensa en el país que vendrá.
Domingo 8 de febrero de 2026 (Por Alejandro Ninin para Misiones Plural). El joven dirigente sindical Ignacio “Lobo” Rodríguez, secretario general de las 62 Organizaciones Nueva Generación, nos recibe junto a sus colaboradores en un café de Parque Patricios. Entre cortados, carpetas con anotaciones de fábrica y el televisor de fondo que no deja de escupir noticias sobre el Senado, el “Lobo” se dispone a analizar el pulso de la calle a pocos días de la votación de la reforma laboral.
La mesa es un mosaico de la militancia bonaerense. A un lado de Rodríguez, jóvenes delegados coordinan la logística; al otro, cuadros con años de experiencia en la política territorial y gremial aportan la calma de quien ya conoce las traiciones. Juntos, representan un mapa de resistencia que va desde La Matanza hasta el Partido de La Costa, pasando por San Miguel, Marcos Paz, La Plata, Berisso y Ensenada.
—Rodríguez, en esta mesa conviven la juventud y la experiencia. ¿Sienten que tienen una responsabilidad histórica mayor en este momento?
—Es que no podemos quedarnos quietos (dice mientras asiente y mira a sus colaboradores más veteranos). No tenemos ese derecho. No podemos quedarnos quietos cuando nos precedieron compañeros y dirigentes sabios y prudentes que dieron su vida por las conquistas sociales. Hablo de los que están acá y de los grandes, de los que marcaron el camino, como Saúl Ubaldini, como Lorenzo Miguel, como José Ignacio Rucci y tantos otros que no se doblegaron en los peores momentos. Nosotros somos la Nueva Generación, pero caminamos sobre los hombros de esos gigantes. Si ellos no se doblegaron, nosotros no vamos a ser los que firmen la rendición de los laburantes.
—En ese contexto, ¿qué piensa de los gobernadores peronistas -y de los otros- que, según trascendió, por unos metros de pavimento o una obra menor estarían pensando en sumar sus votos para aprobar esta reforma?
-Mirá… (se inclina hacia adelante mientras sus colaboradores se ponen tensos): el peronismo es una doctrina de liberación, no un pliego de licitación de obra pública. Me da vergüenza ajena que haya tipos con el cuadro de Perón y Evita en el despacho negociando el futuro de millones de trabajadores por dos cuadras de asfalto o unos metros de pavimento. El asfalto se termina rompiendo, pero la dignidad del trabajador, una vez que la entregás, no la recuperás más. Están cambiando el plato de comida de sus propios comprovincianos por una foto cortando una cinta. Si votan esta entrega, que después no se limpien los zapatos en el barro de los barrios, porque ese pavimento que hoy canjean estará manchado con la traición al movimiento obrero.
—Más allá de la coyuntura, esta reforma parece un tsunami que arrasará con décadas de concepción del trabajo como un pilar de dignidad. ¿Cómo se prepara una organización, filosóficamente y en la práctica, no solo para resistir el atropello, sino para la titánica tarea de reconstruir un entramado laboral destruido? ¿Qué ideas de país y de contrato social deberán rescatarse del naufragio?
—La preparación está en no olvidar nunca de dónde venimos. Filosóficamente, nuestro norte es la justicia social, no es un eslogan; es el cimiento. En la práctica, significa estar en cada fábrica, en cada taller, documentando cada abuso, sosteniendo cada caso, aunque sea uno solo. La reconstrucción no empezará el día después de la aprobación; empezó ayer, en la contención de cada trabajador que hoy tiene miedo. El contrato social que defenderemos es simple: en este país, el trabajo no puede ser una condena, tiene que ser un derecho que dignifique. Ese es el faro, aunque la tormenta intente apagarlo.
—Hablando de “precios”, el ministro (de Economía, Luis) Caputo dijo que él no compra ropa en el país. ¿Cómo cae eso en las textiles de San Miguel o La Matanza?
—Es el desprecio absoluto. Mientras él compra afuera, la compañera en la textil ve cómo se le cae el mundo encima. Caputo dice que la ropa es cara en la Argentina porque no entiende lo que es producir. Los nuestros no compiten en las mismas condiciones que ellos habilitan para sus empresas importadoras. En los restoranes y bares de barrio, el mozo sabe que si Caputo desprecia la industria nacional, se queda sin clientes.
—Ante un desmantelamiento legal que transforma al trabajador en “variable de ajuste”, ¿cuál es la propuesta superadora que ustedes ya están gestando? ¿Cómo se refundan los derechos en medio de lo que usted llama “tsunami anarco-capitalista”, evitando caer en la mera nostalgia o en la pura reacción?
—La propuesta —dice, golpeando suavemente la mesa con el índice— se llama organización y unidad de acción. Pero también se llama capacitación, asesoramiento jurídico popular, fondos de resistencia. No podemos solo mirar el modelo que nos quieren imponer; tenemos que ser la semilla del que vendrá. Refundar no es volver a 1947; es tomar esa esencia de soberanía laboral y aplicarla a un mundo nuevo donde hay apps, plataformas y nuevas esclavitudes. Es contener hoy para proponer mañana. El que piensa que solo batallamos contra esta ley, no entiende nada: estamos librando la primera trinchera de una guerra cultural por el alma del país.
—¿Cuáles son los puntos de la ley que más le preocupan?
—El fondo de cese laboral (despido gratis), el período de prueba eterno y la eliminación de multas por trabajo en negro. Si esto pasa, el trabajador deja de ser un sujeto de derecho para ser una variable de ajuste.
—¿Qué mensaje quiere dejar Rodríguez, el joven y el sindicalista?
—El miércoles 11 no se vota una ley, se vota un modelo de país. A los compañeros de La Plata, Berisso, Ensenada, Marcos Paz y del Partido de la Costa, a los compañeros de Misiones y del Litoral, como de todo el país, les decimos que no tengan miedo. El miércoles nos vemos en la plaza para honrar la memoria de Saúl, de Lorenzo y de Rucci. Y en las plazas de toda la Nación, para recordarles a los gobernadores que el pavimento no tapa la traición. Nosotros no vamos a pedir permiso para defender lo que es nuestro.
Las batallas
Rodríguez se levanta y sale del café “El Globito” rodeado de su gente. En la vereda de Parque Patricios, el mensaje quedó claro: la Nueva Generación no negocia con el pan de los trabajadores. Pero también, entre líneas, dejó planteado un desafío mayor: la batalla de hoy es por detener el atropello; la de mañana, por estar listos para reconstruir desde las cenizas, con la memoria como herramienta y la dignidad como plan.
La charla fue más extensa y dejó otras definiciones, como la que el peronismo en su
esencia más práctica, nació para resolver los problemas que afectan a la sociedad, a través de organizar a la comunidad para que viva mejor. No copió una teoría de libros sino que se define por lo que hace. Su columna vertebral es la comunidad organizada, claro. Por eso siempre se discute de salarios, de trabajo, de soberanía: son las herramientas para ese fin.
Quedó claro también que todos entienden que hoy, el presente es de atropello. Esta reforma laboral que viene, que probablemente pase con los votos de ambas cámaras, no es una simple actualización de leyes. Es un desmantelamiento. Lo que les duele y preocupa es ver cómo se consolida: con la anuencia de la política, de los propios y de los extraños. Los gobernadores son los responsables últimos de la gestión en sus territorios, y como tales están en una disyuntiva: Rodríguez entiende que todos saben que esta reforma es negativa, «pero negocian bajo, aceptan pocos recursos a cambio de liberar a sus bancas para que voten a favor». ¿Por qué? Porque parten de una derrota previa: el trabajo ya está diezmado, la situación es tan crítica que algunos creen que cualquier recurso, por mínimo que sea, es necesario. Es una negociación hecha desde la desesperación y la fragilidad, para el presente, total el futuro se verá más adelante.
Frente a eso, la mirada peronista que ´plantea el joven dirigente junto a otros con más horas de vuelo, no es solo la de resistir y gritar «no» sino la de prepararse para lo que viene después. La responsabilidad gremial y política ya no alcanza con advertir las consecuencias desastrosas; implica estar listos para la batalla larga. La reforma va a pasar, parece imparable. Entonces, el norte cambia: es la reconstrucción.
En la charla subyace lo que parece ser el núcleo profundo: cuando todo esto pase, cuando el tsunami de este neoliberalismo anarco-capitalista pase y deje su destrucción, habrá que hacer de nuevo lo que el peronismo históricamente supo hacer: reconstruir, proponer, encausar, contener, define «El Lobo».
Aunque nadie preguntó, la mesa sabe que habrá que contener a los que queden en la calle, a los precarizados, a los que perdieron sus derechos. Abrigar en el sentido literal y figurado: dar calor humano, organización, no dejarlos solos. Sostener las estructuras comunitarias que queden en pie. Acompañar en la pérdida y en la lucha diaria. Y, finalmente, refundar. Porque después de una destrucción así, no se vuelve atrás, se funda algo nuevo sobre las cenizas.
Es, en definitiva, la de Rodríguez y los suyos, una mirada que combina la rabia del presente con una perspectiva casi épica de futuro. Se bate hoy en el Congreso, en las calles, en los medios, para frenar lo que se pueda. Pero al mismo tiempo, afinan el corazón y la herramienta para la tarea que más temprano que tarde habrá que encarar: levantar un país que dejarán hecho añicos.
Entonces, entienden, la única respuesta posible es la comunidad, otra vez, organizada.
