Desde el Super Tazón, Benito revolucionó el mundo latino: este show de Bad Bunny fue mucho más que un entreacto. Fue una lección de que la verdadera grandeza de América —la continental— reside en su diversidad, su mestizaje y su capacidad de bailar, incluso, frente a la adversidad. El artista no solo robó el Super Bowl; reclamó, con sazón y sin pedir permiso, un espacio que siempre le perteneció.
Martes 10 de febrero de 2026. Bajo las luces cegadoras del Levi’s Stadium, en el corazón de Silicon Valley, se libró solo una batalla deportiva, cultiral y política. Mientras los Seattle Seahawks se alzaban con su segundo título de la NFL tras vencer 29-13 a los New England Patriots, en el césped -en el entretiempo- solo bastaron 13 minutos eternos para desplegar un poderoso discurso de proporciones históricas. Benito Antonio Martínez Ocasio, el mundo lo conoce como Bad Bunny, transformó esos 13,5 minutos del espectáculo de medio tiempo del Super Bowl LX en una declaración de principios: una fiesta latina exuberante, un acto de orgullo identitario y una respuesta sutil pero devastadoramente efectiva a la retórica antiinmigrante que marca la era de Donald Trump, el presidente de los Estados Unidos de Norteamérica, uno de los 35 países que conforman el continente.
El artista, con 89 millones de oyentes mensuales en Spotify y un reciente Grammy al Álbum del Año por “Debí tirar más fotos” —el primero en español en lograrlo—, cumplió su promesa de montar «la fiesta más grande del mundo entero». Pero esta fue una celebración con un ADN profundamente político. Desde el primer instante, cuando las pantallas proyectaron “Benito Antonio Martínez Ocasio presenta el espectáculo de medio tiempo del Super Tazón”, quedó claro que no habría concesiones al idioma inglés. El castellano (o español), lengua materna de decenas de millones en Estados Unidos y blanco de políticas de asimilación, se erigió como protagonista absoluto.
La producción fue un viaje sensorial a través de la memoria colectiva latinoamericana. La grama del estadio fue sustituida por una plantación de caña de azúcar, un guiño a la historia económica y ecológica del Caribe. De ahí, el espectáculo evolucionó como un paseo por el barrio: carritos de piragua y agua de coco, partidas de dominó, salones de uñas, compraventas de oro, y la icónica “casita” rosada de su gira mundial, donde figuras como Cardi B, Karol G, Young Miko, Pedro Pascal y Jessica Alba bailaban en el porche.
Cada escena fue una reivindicación de lo cotidiano. Una boda con el típico niño dormido en sillas plásticas, un mercado, una barbería y la recreación del club neoyorquino Toñitas, atendido por su dueña de 85 años. Vestido de blanco, con un uniforme de fútbol americano caribeño que lucía “OCASIO” y el número 64 en la espalda —cifra que muchos asociaron a las primeras y controvertidas víctimas oficiales del huracán María—, Bad Bunny repasó éxitos como “Tití Me Preguntó” y “Yo Perreo Sola”. “Las mujeres en el mundo entero perreando sin miedo”, exclamó, convirtiendo el baile en un acto de empoderamiento.
Sonidos, resistencia, colonialismo y unidad

La fiesta tuvo interludios cargados de simbolismo. En un momento conmovedor, el artista le entregó uno de sus Grammy a un niño, un espejo de su yo más joven, en un gesto que resonó como un mensaje de autoafirmación: “Si hoy estoy aquí es porque nunca dejé de creer en mí. Tú también deberías creer en ti”.
El tono se tornó explícitamente político con la aparición sorpresa del cantante Ricky Martin. El también boricua entonó fragmentos de “Lo que le pasó a Hawaii”, un himno que denuncia la gentrificación (proceso de transformación urbana en el que un barrio o zona históricamente popular, deteriorada o de bajos ingresos sufre una renovación, inversión y cambio en su composición social, generalmente impulsado por la llegada de residentes de mayores ingresos (clase media-alta o alta), negocios dirigidos a este nuevo público –como cafés de especialidad, galerías de arte, restaurantes gourmet– y un aumento significativo en el costo de la vivienda y los servicios) y el colonialismo, con versos incisivos: “quieren quitarme el río y también la playa, quieren el barrio mío y que abuelita se vaya”. Acto seguido, Bad Bunny, empuñando una bandera de Puerto Rico, ascendió a un poste de luz —símbolo de la precaria red eléctrica de la isla— para interpretar “El Apagón”. “Ahora todos quieren ser latino’ / Pero les falta sazón, batería y reguetón”, cantó, en una crítica mordaz a la apropiación cultural vacía.
Otra sorpresa fue Lady Gaga, quien apareció con un vestido azul celeste para interpretar una versión salsera de “Die With a Smile” (canción de Lady Gaga en colaboración con Bruno Mars, de 2024. La canción es una balada pop y soul potente, con letras que hablan del amor incondicional y el apoyo mutuo en tiempos difíciles), fundiéndose en la celebración y demostrando que la invitación a esta fiesta era extensiva a todos.
América

El clímax fue un maestro ejercicio de resignificación. Bad Bunny pronunció “God Bless America”, una frase patriótica estadounidense por excelencia, para inmediatamente aclarar su alcance: enumeró, de sur a norte, cada país del continente americano, mientras un desfile de banderas lo acompañaba. Después, mostró al mundo un balón de fútbol americano con la leyenda “Together, We Are America” (“Juntos somos América”) y cerró con un firme “seguimos aquí”, un mantra de resiliencia para la comunidad migrante.
La respuesta del presidente Donald Trump, quien siguió el espectáculo desde Mar-a-Lago, fue inmediata y furibunda. En su red social Truth Social, calificó el espectáculo como “absolutamente terrible”, “una afrenta a la grandeza de Estados Unidos” y afirmó que “nadie entiende ni una palabra de lo que dice este tipo”. Sus críticas, centradas en el uso del español y la estética del show, desnudaron el núcleo de su proyecto político: una visión excluyente y monolingüe de la identidad nacional de su país. Para el movimiento MAGA, la visible ocupación del escenario más emblemático del entretenimiento estadounidense por “cuerpos latinos, lengua española y orgullo identitario”, como lo describió un analista cultural, resultó intolerable.
Un Huracán que no se detiene. Es que más allá de la polémica, Bad Bunny logró un hecho cultural irreversible. En la puesta televisiva más visto del año en Estados Unidos, normalizó la presencia indisimulada y orgullosa de la latinidad. No hizo falta una protesta directa contra el ICE, como en los Grammy; la propia celebración fue el mensaje. Fue una demostración de que la cultura latina no es un nicho, sino una fuerza matriz de la cultura global.
Al final, mientras en la pantalla gigante se leía “Lo único más poderoso que el odio es el amor”, y los acordes finales de su éxito resonaban, quedó claro que este show fue mucho más que un entreacto. Fue una lección de que la verdadera grandeza de América —la continental— reside en su diversidad, su mestizaje y su capacidad de bailar, incluso, frente a la adversidad. Bad Bunny no solo robó el Super Bowl; reclamó, con sazón y sin pedir permiso, un espacio que siempre le perteneció.

