Hace un año, la represión de Javier Milei y Patricia Bullrich frente al Congreso argentino dejó al borde de la muerte al fotógrafo Pablo Grillo, que continúa su recuperación mientras la Justicia investiga responsabilidades por el disparo de un cartucho de gas lacrimógeno que impactó en su cabeza. Su caso se convirtió en uno de los símbolos más fuertes del debate sobre el uso de la fuerza estatal y el derecho a la protesta durante el gobierno de Javier Milei.
Jueves 12 de marzo de 2026. Un cartucho de gas lacrimógeno disparado por un gendarme impactó en la cabeza del fotógrafo Pablo Grillo hace exactamente un año (el 12 de marzo del año pasado) mientras el trabajador de prensa mientras cubría la marcha de jubilados frente al Congreso. Sobrevivió de manera casi milagrosa tras semanas en terapia intensiva. Un año después continúa en rehabilitación y su caso se convirtió en símbolo del debate sobre el uso de la fuerza estatal durante las protestas sociales.
El disparo ocurrió en segundos, pero sus consecuencias todavía atraviesan la vida política argentina.
Cuando el fotógrafo Pablo Grillo cayó al suelo con una fractura expuesta de cráneo durante la represión a la marcha de jubilados frente al Congreso, el 12 de marzo de 2025, la escena quedó registrada por decenas de cámaras. La imagen recorrió el país y rápidamente se transformó en uno de los episodios más graves de violencia institucional registrados en manifestaciones públicas en los últimos años.
Grillo, fotógrafo independiente de 35 años, estaba cubriendo la protesta cuando un cartucho de gas lacrimógeno disparado por un efectivo de la Gendarmería Nacional impactó directamente en su cabeza. El proyectil le provocó un traumatismo craneoencefálico severo y pérdida de masa encefálica, una lesión que puso su vida en riesgo inmediato.
Fue trasladado de urgencia al Hospital Ramos Mejía, donde permaneció internado durante casi tres meses.
Una recuperación lenta y compleja
Durante semanas el pronóstico médico fue reservado. Grillo debió atravesar varias intervenciones neuroquirúrgicas y permaneció sedado en terapia intensiva.
Con el paso de los días comenzaron a aparecer señales de recuperación: primero pequeños movimientos, luego la posibilidad de responder a estímulos y finalmente los primeros pasos asistidos dentro del hospital.
Después de 55 días internado, logró levantarse con ayuda del equipo de rehabilitación. Aquella imagen —dando unos pasos en el hospital— se difundió ampliamente y generó un fuerte impacto público.
El 3 de junio de 2025 recibió el alta médica del Hospital Ramos Mejía y fue trasladado al Hospital de Rehabilitación Manuel Rocca para iniciar una etapa prolongada de tratamiento neurológico y físico.
Un año después del ataque, Grillo continúa con sesiones de rehabilitación intensiva para recuperar funciones cognitivas y motrices.
Los médicos describen su evolución como “extraordinaria”, teniendo en cuenta la gravedad de la lesión que sufrió.
Una causa judicial que busca responsabilidades
La agresión contra el fotógrafo dio origen a una investigación judicial que sigue abierta.
La causa intenta determinar responsabilidades penales por el disparo que provocó la herida. Las pericias balísticas realizadas en el expediente indicaron que el cartucho fue disparado en línea horizontal, algo que contradice los protocolos internacionales para el uso de este tipo de armas, que establecen que deben dispararse en parábola hacia el aire para evitar impactos directos.
La investigación apunta al gendarme Héctor Guerrero como autor del disparo, mientras que la Justicia también analiza la cadena de mando del operativo policial desplegado ese día.
La jueza federal María Servini ordenó requerir al Ministerio de Seguridad toda la documentación vinculada al procedimiento y a las órdenes impartidas a las fuerzas de seguridad.
El expediente busca establecer si el hecho fue resultado de una acción individual o de un operativo con protocolos inadecuados.
El contexto
El ataque contra Grillo ocurrió durante una jornada de fuerte tensión frente al Congreso.
Ese día cientos de jubilados se manifestaban para reclamar mejoras en sus ingresos y el acceso a medicamentos. La protesta fue acompañada por organizaciones sociales, sindicatos y otros sectores que buscaban respaldar el reclamo.
El operativo policial para desalojar la concentración terminó con centenares de heridos, entre manifestantes, periodistas y transeúntes.
Entre los casos más graves también se registró el de Jonathan Navarro, quien perdió la visión de un ojo tras recibir el impacto de un proyectil disparado por un arma disuasiva, y el de Beatriz Blanco, una jubilada de 81 años que debió ser hospitalizada tras los golpes recibidos durante la dispersión.
Para organizaciones de derechos humanos, la jornada se convirtió en uno de los episodios de represión más severos registrados en protestas sociales en el país desde la crisis de 2001.
El debate político
El episodio generó una fuerte discusión política. El gobierno de Javier Milei defendió el accionar de las fuerzas de seguridad y respaldó a la ministra Patricia Bullrich, quien sostuvo que el operativo buscaba restablecer el orden frente a disturbios.
En sentido contrario, organismos de derechos humanos, asociaciones de periodistas y sectores de la oposición denunciaron uso desproporcionado de la fuerza y cuestionaron la aplicación del llamado Protocolo Antipiquetes, la normativa impulsada para impedir cortes de calles y rutas.
La controversia llegó incluso a los tribunales: en diciembre de 2025 un fallo judicial declaró la nulidad del protocolo, aunque la decisión fue apelada por el gobierno y el debate continúa abierto.
El caso de Pablo Grillo trascendió el drama personal de un fotógrafo herido. Con el paso de los meses se transformó en un símbolo de una discusión más amplia sobre el equilibrio entre seguridad pública y libertades democráticas.
En cualquier democracia, el derecho a protestar es considerado una garantía esencial. Pero también lo es la obligación del Estado de administrar el orden público.
La pregunta que sigue atravesando el debate argentino —un año después de aquel disparo frente al Congreso— es dónde se traza ese límite.
Mientras tanto, lejos de las cámaras que solía manejar, Pablo Grillo continúa reconstruyendo su vida en sesiones de rehabilitación, convertido involuntariamente en el rostro más visible de esa discusión.
