En el análisis político semanal del espacio gobernante de Misiones comienza a instalarse una idea que se repite en distintas conversaciones de la dirigencia provincial: hay momentos en los procesos políticos en los que el clima social cambia de manera silenciosa, casi imperceptible al comienzo, pero con efectos profundos en la dinámica del poder. Se trata de un desgaste lento y acumulativo que empieza a reflejarse en encuestas, en el tono de las conversaciones cotidianas y en la percepción cada vez más extendida de que la realidad económica no mejora al ritmo esperado.
Domingo 15 de marzo de 2026. En la mirada que empieza a consolidarse dentro del oficialismo misionero, el escenario político nacional podría estar ingresando en una etapa distinta. Se trata de un proceso silencioso y no de hechos puntuales: el desgaste que comienza a aparecer cuando las expectativas generadas por un gobierno chocan con las dificultades que persisten en la economía cotidiana. Encuestas recientes, señales provenientes de las provincias y el impacto de la recesión en la actividad local alimentan esa lectura que hoy circula en el entorno del gobernador Hugo Passalacqua.
En esa lectura, algunos datos recientes sobre la gestión del presidente Javier Milei comienzan a encender señales de atención en el tablero político nacional. Una encuesta de la consultora Brújula Social difundida en marzo de 2026 ubica la imagen negativa del gobierno nacional en 54,8%, mientras que un 40,2% de los consultados califica la gestión como “muy mala”. La valoración positiva alcanza el 37,2%. No se trata de un porcentaje marginal, pero sí queda por debajo de los niveles de rechazo. Además, desde septiembre de 2025 el Presidente habría perdido cerca de siete puntos de apoyo.
En la interpretación que circula dentro del oficialismo misionero, el dato adquiere relevancia por un contraste evidente: apenas unos meses antes, en octubre de 2025, el oficialismo nacional había obtenido una victoria contundente en las elecciones legislativas. Ese resultado electoral, sin embargo, no parece haberse traducido automáticamente en una consolidación del apoyo social.
Algunos analistas explican este comportamiento a partir de la propia dinámica de la figura presidencial. Según el consultor Juan Adaro, director de Pulso Research, la imagen pública de Milei ha sido “históricamente elástica”, lo que implica movimientos bruscos según el contexto político y económico. En otras palabras, el humor social frente al Gobierno puede cambiar con rapidez cuando las condiciones materiales no acompañan las expectativas generadas.
Dentro de esa lectura aparece un factor que la dirigencia provincial observa con atención: la distancia entre los anuncios macroeconómicos y la experiencia cotidiana de la población. En el plano discursivo, el Gobierno nacional sostiene que el orden fiscal y las reformas estructurales sentarán las bases de un crecimiento futuro. Pero en la vida diaria muchas familias continúan enfrentando un escenario de consumo retraído, ingresos deteriorados y mercados laborales inestables.
Ese desfasaje aparece reflejado en otro dato relevante del sondeo. Por primera vez desde el inicio de la gestión, quienes responsabilizan al actual gobierno por la situación económica superan a quienes culpan principalmente a la administración anterior. El 46,9% atribuye el escenario negativo a decisiones actuales, mientras que el 41,6% lo vincula con la herencia recibida.
Durante 2024 y buena parte de 2025, el argumento de la “herencia” funcionó como una herramienta política eficaz para explicar los costos del ajuste. Sin embargo, en la lectura que realizan distintos sectores de la política provincial, ese recurso comienza a perder potencia con el paso del tiempo. No necesariamente porque la sociedad haya dejado de reconocer los problemas acumulados en el pasado, sino porque la expectativa de mejoras empieza a chocar con la persistencia de dificultades en la vida cotidiana.
Algo similar ocurre con la percepción sobre algunas de las reformas impulsadas por la administración nacional. Según el mismo relevamiento, el 52,7% de los consultados considera que el rumbo del país es incorrecto, mientras que el 33% cree que avanza en la dirección adecuada. En relación con la reforma laboral, el 53,6% entiende que beneficiará principalmente a los empleadores y el 66,2% considera que los trabajadores podrían resultar perjudicados.
Las expectativas económicas asociadas a ese paquete de reformas tampoco aparecen mayoritariamente optimistas. El 56,5% cree que podrían derivar en menos empleo y el 56% considera posible una recesión económica. En paralelo, casi la mitad de los encuestados sostiene que el ajuste no se está aplicando en los sectores donde debería concentrarse.
En la mirada que se comparte dentro del oficialismo misionero, estos indicadores sugieren que la llamada “indulgencia social” que suele acompañar a los gobiernos recién electos —ese crédito inicial que permite tolerar decisiones difíciles durante los primeros meses de gestión— podría estar acercándose a su límite. La sociedad comienza a exigir resultados concretos en la economía real, no solamente señales positivas en los indicadores macroeconómicos.
Ese cambio de clima no se percibe únicamente en los números de una encuesta. También se advierte en las provincias, donde el impacto de la recesión se siente con mayor intensidad. Comercios con ventas más bajas, industrias con menor actividad, familias que reducen consumos y municipios que enfrentan demandas sociales crecientes con recursos cada vez más limitados forman parte de un escenario que se repite en gran parte del país.
En ese mapa federal, Misiones tampoco queda al margen. Bajo la gestión del gobernador Hugo Passalacqua, la provincia enfrenta los efectos de una macroeconomía nacional marcada por el ajuste fiscal, la retracción del consumo y la caída de transferencias. La ecuación que deben administrar tanto el gobierno provincial como los municipios se vuelve cada vez más compleja: menos recursos disponibles y mayores necesidades sociales.
En los últimos meses, distintas decisiones del Ejecutivo provincial se presentan como ese intento de ordenar las cuentas públicas y sostener servicios esenciales. Una de ellas fue el Decreto 375, firmado por Passalacqua, que prohíbe la compra de vehículos para la administración pública provincial hasta diciembre de 2026, con excepciones limitadas para áreas críticas como salud y seguridad. La medida forma parte de una estrategia de austeridad orientada a priorizar el uso de los recursos en un contexto económico restrictivo.
Al mismo tiempo, la agenda institucional busca abrir oportunidades en sectores estratégicos. La reciente misión oficial en Perú, vinculada a la promoción del nuevo vuelo entre Lima y Puerto Iguazú, apunta a ampliar mercados turísticos y generar mayor actividad económica en una provincia donde el turismo se consolidó como uno de los motores del desarrollo.
Sin embargo, incluso con estas iniciativas, el desafío sigue siendo significativo. La recesión nacional impacta en la recaudación provincial y municipal, reduce el dinamismo de la economía local y obliga a redoblar esfuerzos para sostener políticas públicas básicas y mecanismos de asistencia social.
En ese contexto también cambian las exigencias sobre la política. La relación entre gobiernos y ciudadanía atraviesa una etapa de mayor demanda de transparencia y responsabilidad pública. Episodios recientes en el escenario local —como la denuncia contra el intendente de Caraguatay y el pedido del gobernador para que se aparte del cargo mientras avanza la investigación judicial— reflejan hasta qué punto la sociedad muestra hoy una tolerancia menor frente a posibles irregularidades.
La combinación de crisis económica, desgaste político y expectativas insatisfechas configura un escenario abierto. En la mirada que se expresa dentro del oficialismo misionero, las encuestas no deben leerse como pronósticos definitivos sino como señales de alerta sobre el estado del humor social.
La política argentina tiene una larga historia de cambios abruptos en la percepción pública. Ninguna tendencia es irreversible. Pero sí hay una señal que empieza a repetirse en distintos diagnósticos: la sociedad observa cada vez con mayor atención la distancia entre las promesas de transformación y los resultados concretos en la vida cotidiana.
Cuando esa brecha se vuelve persistente, suele transformarse en uno de los factores más determinantes para el rumbo de cualquier gobierno. Y en un contexto económico frágil, la capacidad de traducir discursos en soluciones visibles puede convertirse en la verdadera medida del liderazgo político.
Mientras tanto, la crisis económica cada vez es mayor y los afectados alcanzan a todos los rubros de la economía. Desde las industrias que cierran, escupiendo trabajadores a la calle, hasta el kiosco de cercanía que cada vez vende menos y acorta el horario de atención a la noche para ahorrar energía.
