Mientras los medios hablan de «crisis energética global», alguien cuenta billetes. Nombrar al beneficiario es el primer acto de soberanía política que este momento exige, reflexiona el autor.

Por Jorge Víctor Ríos
Licenciado en Comunicación Social
Activista político y social

Martes 24 de marzo de 2026. Un camionero forestal de San Pedro mira el surtidor y hace cuentas. El gasoil le come medio flete. Todavía no sabe —ni tiene por qué saberlo— que el Estrecho de Ormuz está cerrado.
No sabe que un quinto del gas natural licuado del planeta, un tercio del petróleo crudo, casi la mitad del helio y el azufre que necesitan los microchips del mundo quedaron embotellados detrás de una guerra que Estados Unidos e Israel iniciaron contra Irán. Lo que sabe es que no le dan los números. Y que mañana van a darle menos.
Los medios hablan de «shock energético global», de «inflación importada», de «cadenas de suministro rotas». Correctísimo, todo eso. Pero hay preguntas que evitan con llamativa disciplina colectiva: ¿quién gana con esto? ¿Quién factura mientras el camionero de San Pedro recalcula y el tarefero de Oberá decide si sale o no sale a cosechar? ¿Quién brinda mientras el Sur Global se ahoga?
No son preguntas retóricas. Son la pregunta política central y esta pregunta ausente no es un descuido periodístico: es la operación semiótica más eficaz del poder. Llamar «crisis» a lo que para alguien es un negocio extraordinario es producir, exactamente, el tipo de sentido que ese alguien necesita.
Hay quienes lo documentaron con precisión: cuando los precios de los insumos esenciales explotan, las grandes corporaciones no absorben el costo. Lo trasladan. Pero no se limitan a trasladarlo: lo amplifican. Usan el caos como coartada para subir precios por encima de lo que el shock justificaría, protegen sus márgenes y registran ganancias extraordinarias mientras los salarios reales se desmoronan. Lo llamaron sellers’ inflation —inflación de vendedores— y el mecanismo es tan simple como brutal: quien fija precios en un mercado oligopólico aprovecha cualquier disrupción para redistribuir hacia arriba. No es una teoría conspirativa. Es aritmética corporativa con nombre, apellido y cotización en bolsa.
Ahora viene la parte que los titulares no cuentan. Los productores de petróleo y gas no afectados por el bloqueo están viendo cómo sus acciones se disparan. Sus costos no aumentaron ni un centavo, pero el precio de lo que venden se fue por las nubes. El shale norteamericano —esa industria que Milei venera como modelo para Vaca Muerta— es uno de los grandes ganadores estructurales de este caos. La misma potencia que inició la guerra es la que más se beneficia de sus consecuencias energéticas.
Esto no es una paradoja sino lógica imperial. Es rentismo geopolítico con F-35. Es la guerra como política comercial por otros medios.
Sri Lanka declaró semana laboral de cuatro días para conservar combustible. Los pescadores filipinos no pueden pagar el gasoil que cuesta el doble. India, Bangladesh, Vietnam —economías que respiraban con el gas del Golfo— están mirando el abismo. Los medios del norte global lo cuentan como drama humanitario lejano, con la misma compasión desafectada con que se describe una inundación en otro continente. Pero hay algo que ese encuadre oculta también precisión: esos países no son frágiles por accidente. Son frágiles porque décadas de condicionalidades del FMI, de desindustrialización forzada, de dependencia energética diseñada desde afuera, los dejaron sin margen. La vulnerabilidad del Sur Global ante este shock no es una fatalidad geográfica. Es decir, que todo es el resultado de una arquitectura política muy concreta, con arquitectos muy identificables.
Y no son víctimas pasivas del caos sino son el terreno donde el caos se convierte en negocio.
¿Y Argentina? Somos exportadores de gas crudo (Vaca Muerta celebra el shock), pero importamos combustibles refinados, fertilizantes y tecnología. El precio del gasoil ya condicionaba la cosecha yerbatera en Misiones, el transporte forestal, la cadena frutihortícola. Ahora ese precio se va a mover con una guerra que no elegimos, en una geopolítica donde no tenemos ni voz ni voto, bajo un gobierno que confundió soberanía con subordinación voluntaria. ¿Alguien en Balcarce 50 registra que la misma potencia a la que aplauden desde la tribuna es la que nos encarece la cosecha? ¿O el alineamiento incondicional también incluye pagar la factura sin chistar?
Y no es es solo un problema de precios sino es un problema de dignidad estratégica.
Algunos analistas del Norte terminan sus diagnósticos con recetas razonables: liberar reservas estratégicas, poner topes a los márgenes corporativos, racionar con equidad, coordinar multilateralmente. Todo técnicamente correcto. Todo políticamente flotante. Porque no hay clase, no hay movimiento, no hay bloque de poder que haga posibles esas medidas. ¿Contra qué resistencia? ¿Con qué fuerza? Gramsci pregunta desde la tumba y nadie le responde.
Esa flotación no es un detalle menor. Es el síntoma de una izquierda que sabe diagnosticar pero titubea ante la pregunta decisiva: quién transforma y desde dónde. Mientras titubea, la ultraderecha global —Milei, Trump, Meloni— ocupa ese vacío con una narrativa afectiva poderosísima: la culpa es del Estado, de los burócratas, de los que te quieren controlar. Es mentira. Pero es una mentira que tiene forma, calor y destinatario concreto. No se la combate con estadísticas ni con refutaciones. Se la combate con otro relato que también tenga temperatura, rostro y horizonte.
La pregunta para nosotros —para quienes pensamos desde Misiones, desde la periferia de la periferia, desde una provincia que exporta pasta de celulosa y yerba mientras importa gasoil y resignación— no es solo qué pasará con los precios. Es: ¿a qué sujeto político le habla este momento? ¿Quién puede nombrar el caos con su nombre verdadero —no «crisis» sino «negocio», no «shock» sino «transferencia de riqueza»— y hacer de ese nombramiento una fuerza que organice?
El shock energético es real. Las víctimas son reales. Pero el caos también tiene dueño. Tiene dirección, tiene accionistas, tiene lógica. Y mientras no lo nombremos con toda la potencia que ese nombre merece, seguiremos siendo los que pagan la fiesta a la que nunca fueron invitados.