A 50 años del golpe del 24 de marzo de 1976, un sobreviviente de la dictadura argentina vuelve sobre su secuestro en Posadas para narrar desde la memoria el funcionamiento del terrorismo de Estado, las desapariciones y sus huellas persistentes, en un presente donde recordar sigue siendo una forma urgente de defender los derechos humanos.

Por Rulo Báez
Ex desaparecido / ex detenido
Posadas. 24 de marzo de 2026

Martes 24 de marzo de 2026. Tenía más de veinte años cuando entendí que el Estado podía desaparecerte y lo entendí no como una idea sino como un hecho. Me «chuparon» (me subieron) en pleno centro de Posadas. A plena luz del día. El procedimiento fue rápido, profesional. Nadie preguntó. Nadie intervino. Nadie supo —o nadie quiso saber— que en ese instante una vida cambiaba para siempre.
El ruido del baúl que se cierra -cuando estás adentro- es algo que no se olvida, más que nada por lo simbólico, porque ahí, con ese hecho, se terminaba la condición de ciudadano y empezaba otra cosa. Una zona sin nombre, sin derechos, sin garantías.
Cincuenta años después del golpe del 24 de marzo de 1976, todavía me pregunto en qué momento una sociedad empieza a aceptar lo inaceptable. Porque lo que vino después no fue un exceso aislado sino un sistema, un plan organizado de secuestro, tortura, desaparición y muerte, ejecutado desde el Estado y con múltiples complicidades.
Yo fui uno de los que volvió. Pero no volví igual. Nadie vuelve igual.
Lo primero que se rompe no es el cuerpo sino la confianza. En el otro, en las instituciones, en la idea misma de comunidad. Te enseñan —a golpes, a electricidad, a encierro— que cualquiera puede ser tu enemigo, que cualquier palabra puede condenarte, que cualquier silencio puede salvarte o hundirte.
Esa lógica no se queda en los centros clandestinos sino que se derrama, se esparce: llega a las familias, que aprenden a no preguntar, aunque te busquen; llega a los amigos, que dejan de nombrarte, aunque te piensen; llega a las calles, donde el miedo organiza la vida cotidiana.
La dictadura no es un relato sino una forma de vida, o de sobrevida porque ese sistema de gobierno, la dictadura, sea o no sea reconocido como tal, impone el horror y no se limita a desaparecer personas sino a desarmar vínculos.
Por eso, cuando se habla de los 30 mil desaparecidos, no se expresa solo una cifra sino que se presenta la dimensión de una herida social. Cada uno de esos nombres es una historia interrumpida, una familia quebrada, un proyecto colectivo mutilado.
Y todavía hay algo más profundo: lo que no sabemos de los que están desaparecidos.
Porque aún hoy, a 50 años del comienzo de la noche oscura, hay cuerpos que no aparecen; hay madres e hijos que murieron sin saber; unos 500 hijos que nacieron en cautiverio en aquellos años y unos 350 siguen viviendo, suponemos, con otra identidad, lo que significa que la dictadura no es solo un pasado sino un presente, una búsqueda que continúa y que pueden dar fe, también, los 140 hijos y nietos recuperados.
Yo sobreviví. Y con el tiempo entendí que sobrevivir no era suficiente. Entendí que había que hacer algo con eso. Y no desde el odio —que es otra forma de quedar atrapado—, sino desde la responsabilidad. Por eso elegí dedicar mi vida a la defensa de los derechos humanos y a testimoniar aquellos años. No como bandera abstracta sino como práctica concreta: acompañar, denunciar, recordar.
Yo entiendo que el problema no es solo lo que pasó. Es lo que puede volver a pasar si una sociedad se acostumbra a relativizar o al olvidar el horror.
Estamos viviendo nuevos tiempos extraños. Hoy escucho discursos que intentan minimizar, discutir números, reinterpretar lo ocurrido como si fuera una discusión académica. Y entonces vuelvo, inevitablemente, a ese baúl del Ford Falcon verde que muchos festejan. A ese espacio donde el Estado dejó de proteger para convertirse en amenaza.
Y entiendo que no hay discusión posible cuando se trata de desapariciones, torturas y apropiación de niños. Y lo digo como «un límite» por más que muchos quieran acusar de «algo ideológico».
Cincuenta años después, sigo creyendo en lo mismo que me sostuvo en los momentos más oscuros: que la dignidad humana no se negocia. Y aprendí, con los años, que ninguna sociedad está definitivamente a salvo.
La memoria no es un acto del pasado. Es una decisión del presente.

Y yo, Rulo, hablo porque sé lo que pasa cuando nadie habla.