Las movilizaciones del movimiento “No Kings” se replicaron en más de 3.000 ciudades y evidencian el creciente rechazo a la política exterior de Washington y al liderazgo de Trump, en un contexto de caída en su imagen y presión electoral.

Domingo 29 de marzo de 2026. Una nueva ola de movilizaciones masivas sacudió a Estados Unidos y se proyectó en las principales capitales europeas, en rechazo al gobierno de Donald Trump y su política exterior en Medio Oriente, en particular su alineamiento con Benjamin Netanyahu. Bajo la consigna “No Kings”, millones de personas salieron a las calles en más de 3.000 ciudades, en lo que ya se configura como uno de los ciclos de protesta más sostenidos desde el regreso del republicano a la Casa Blanca.
La magnitud de la convocatoria —estimada por los organizadores en alrededor de siete millones de participantes— atravesó todo el país, con manifestaciones desde Nueva York hasta Alaska, incluyendo concentraciones significativas en Washington D. C.. Las protestas combinaron consignas contra la guerra, críticas al endurecimiento de la política migratoria y un rechazo explícito a lo que los manifestantes consideran una deriva autoritaria del Ejecutivo.
El punto de mayor carga simbólica se ubicó en Minnesota, particularmente en Minneapolis y Saint Paul, donde confluyeron reclamos por operativos del Servicio de Inmigración (ICE) tras denuncias por muertes en procedimientos federales. La elección de ese territorio no es casual: se trata de un escenario con antecedentes recientes de conflictividad social vinculada al uso de la fuerza estatal.
La protesta también tuvo un fuerte componente cultural y mediático. Figuras de alto perfil como Bruce Springsteen, Joan Baez, Jane Fonda y Maggie Rogers participaron de actos públicos, mientras que en Nueva York el actor Robert De Niro encabezó una de las columnas y pronunció un discurso con fuertes críticas al presidente y al Congreso, al que acusó de habilitar sus decisiones.
El trasfondo de esta movilización es un deterioro sostenido de la imagen presidencial. De acuerdo con el último relevamiento de YouGov en conjunto con The Economist, Trump registra niveles de aprobación en torno al 38%, con una desaprobación que supera el 50%, en lo que constituye uno de los momentos más bajos de sus dos mandatos. La caída se explica por una combinación de factores: tensiones económicas internas —con inflación persistente y señales de enfriamiento del empleo— y el costo político de su involucramiento en la escalada bélica en Medio Oriente, incluida la confrontación con Irán.
En paralelo, el oficialismo acumula derrotas en elecciones especiales en distritos donde había mostrado fortaleza en 2024, lo que enciende alertas de cara a las legislativas de medio término. Un eventual cambio en la correlación de fuerzas en el Congreso podría abrir un escenario de mayor confrontación institucional y reactivar herramientas de control político sobre la Casa Blanca.
El impacto de las protestas también se sintió en Europa. Hubo manifestaciones en ciudades como París, Roma, Berlín y Madrid, donde se replicaron consignas contra la guerra y críticas al liderazgo de Trump. En ese contexto, también quedaron bajo presión dirigentes alineados o cercanos a su agenda, como Giorgia Meloni y Nigel Farage, lo que sugiere un efecto de arrastre internacional sobre las derechas occidentales.
El escenario geopolítico agrega complejidad. Las tensiones entre Washington y la OTAN por el grado de involucramiento en el conflicto, especialmente en áreas estratégicas como el Estrecho de Ormuz, exponen fisuras en la coordinación occidental y alimentan la percepción de aislamiento de la política exterior estadounidense.
La persistencia y expansión de las protestas indican que no se trata de un fenómeno episódico sino de un proceso en desarrollo, con capacidad de incidir tanto en la dinámica interna de Estados Unidos como en el tablero político internacional.