Por primera vez en más de cinco décadas, la NASA envió seres humanos más allá de la órbita terrestre baja. La misión no alunizará, pero batirá el récord de distancia máxima recorrida por humanos desde la Tierra. Quiénes son los cuatro astronautas que protagonizan el vuelo tripulado más audaz desde 1972.
Jueves 2 de abril de 2026. La NASA lanzó este miércoles 1 de abril de 2026, a las 19.35 (hora argentina), la misión Artemis II, el primer vuelo tripulado hacia la órbita de la Luna desde 1972. El despegue se realizó desde el Centro Espacial Kennedy mediante el cohete Space Launch System, que impulsa la nave Orion spacecraft con cuatro astronautas a bordo.
La partida se produjo dentro de la ventana prevista, abierta a las 18.24 EDT, con salida efectiva a las 18.35 EDT (22.35 UTC), tras ajustes finales en plataforma. La operación restablece la capacidad de enviar tripulación más allá de la órbita terrestre baja, interrumpida desde el cierre del programa Apollo program. A diferencia de aquellas misiones, el vuelo actual no contempla alunizaje: tendrá una duración estimada de diez días y consistirá en una trayectoria de ida, sobrevuelo lunar y retorno con reingreso a alta velocidad en la atmósfera terrestre.
A bordo viajan Reid Wiseman, comandante y exjefe de la Oficina de Astronautas de la NASA; Victor Glover, piloto con experiencia previa en la Estación Espacial Internacional; Christina Koch, ingeniera que posee el récord femenino de permanencia continua en el espacio; y Jeremy Hansen, representante de la Canadian Space Agency. La composición introduce hitos en este tipo de misiones: por primera vez una mujer, un astronauta afroamericano y un no estadounidense integran una tripulación destinada a la órbita lunar.
El perfil de vuelo retoma esquemas utilizados en misiones como Apollo 8, pero con tecnología actualizada en navegación, control y protección térmica. El objetivo no es simbólico sino operativo: validar sistemas de soporte vital, comunicaciones en espacio profundo y comportamiento estructural de la cápsula Orion en fases críticas. Estos datos son indispensables para autorizar misiones posteriores con descenso en la superficie.
En ese marco, Artemis II funciona como el primer ensayo tripulado del programa tras Artemis I, que se realizó sin tripulación. El siguiente paso previsto es Artemis III, que apunta a concretar el regreso humano a la Luna, mientras avanza en paralelo el desarrollo de la estación orbital Lunar Gateway como plataforma logística.
Más allá del logro técnico, el programa arrastra cuestionamientos por costos y demoras, señalados en informes de organismos de control del gobierno estadounidense sobre el desarrollo del Space Launch System y la nave Orion. En ese contexto, el lanzamiento de Artemis II cumple una función concreta: demostrar que el sistema puede operar con tripulación en espacio profundo y sostener el cronograma hacia el retorno a la superficie lunar.
La misión no implica todavía volver a pisar la Luna, pero sí restituye una capacidad perdida durante más de medio siglo. De su desempeño dependerá que ese objetivo deje de ser una proyección y vuelva a convertirse en una operación viable.
Para qué sirve Artemis II: quién se beneficia y en qué
La pregunta admite al menos cuatro respuestas distintas, porque los beneficiarios no son los mismos ni tienen los mismos intereses.
Validación técnica: el propósito inmediato y concreto
En su núcleo, Artemis II es una misión de validación de sistemas. La NASA la utiliza para probar los sistemas de soporte vital de la nave Orion, los vínculos de navegación y comunicaciones, y el desempeño general en el espacio profundo con tripulación a bordo, condiciones que no pueden replicarse plenamente en la Tierra.
Eso no es retórica: la cápsula Orion vuela por primera vez con un conjunto completo de sistemas de soporte vital. El único lanzamiento anterior de un SLS y una Orion fue el vuelo no tripulado Artemis I en 2022, durante el cual el escudo térmico de la nave sufrió daños severos por el calor de la reentrada. Artemis II vuela con el mismo tipo de escudo, aunque con una trayectoria de reentrada modificada para corregir ese problema. Si algo falla ahora, con cuatro personas adentro, el margen de error es cero.
Salud humana en espacio profundo: ciencia con aplicación directa
Los cuatro astronautas serán los primeros humanos en exponer sus cuerpos a la radiación del espacio profundo, fuera del campo magnético protector de la Tierra, desde la misión Apolo 17 en 1972. Sensores de radiación distribuidos por toda la cabina medirán la exposición durante el vuelo.
La misión incluye estudios sobre el bienestar, la actividad y los patrones de sueño de los astronautas en espacio profundo; una investigación con dispositivos de órgano en microchip para estudiar los efectos del aumento de radiación y la microgravedad en la salud humana; y análisis de muestras de sangre y saliva para observar cómo el espacio profundo altera el sistema inmunológico.
Los resultados no son solo relevantes para los astronautas. Las enfermedades asociadas a la radiación, la degradación muscular en microgravedad y los cambios inmunológicos tienen aplicaciones directas en medicina terrestre, oncología y tratamientos para el envejecimiento.
Geopolítica y competencia estratégica: quién gana poder
Este es el beneficiario menos visible en los comunicados de la NASA pero el más determinante en las decisiones de presupuesto.
Artemis II es la segunda misión de un programa cuyo objetivo declarado es llegar a la Luna antes de que lo haga China. Beijing tiene previsto realizar un alunizaje tripulado antes de 2030, y en 2026 su sonda Chang’e 7 explorará el polo sur lunar.
A diferencia de la Guerra Fría, cuando la carrera espacial se reducía a un duelo entre Washington y Moscú, el tablero actual es más complejo: participan varias potencias y empresas privadas con presupuestos gigantescos, y existe un objetivo concreto: llegar primero al Polo Sur de la Luna. El interés en ese polo no es romántico: allí hay evidencia de hielo de agua, recurso crítico para sostener una presencia humana permanente y, potencialmente, para producir combustible de cohetes en el lugar. El que llegue primero y establezca normas de uso tendrá una ventaja geopolítica comparable a la que tuvo Estados Unidos con el sistema GPS o con el control de rutas marítimas estratégicas.
La industria privada: los beneficiarios económicos directos
Los principales contratistas de la NASA para Artemis II son Amentum, Boeing, Lockheed Martin, L3Harris y Northrop Grumman. Lockheed Martin es el contratista principal de la nave Orion; Boeing fabrica la etapa central del cohete SLS; Northrop Grumman fabrica los propulsores; L3Harris construye los cuatro motores RS-25.
Más de 3.800 proveedores en 49 estados de Estados Unidos contribuyen al programa Artemis. La cifra no es menor: distribuye contratos, empleos de alta calificación y transferencia tecnológica a lo largo de casi todo el territorio estadounidense, lo que también explica por qué el programa tiene respaldo político bipartidista en el Congreso.
El SLS probablemente solo lanzará unas cinco veces en total, y Artemis II es posiblemente el último vuelo completamente operado por la NASA sin participación directa de SpaceX o Blue Origin. Las misiones siguientes dependerán en gran medida de esas empresas privadas. Para SpaceX y Blue Origin, el programa Artemis es un contrato de miles de millones de dólares y una plataforma de validación tecnológica que financia su expansión comercial.
La humanidad en sentido amplio: el argumento más difícil de cuantificar
El programa Apolo generó tecnologías que derivaron en avances en medicina, materiales, comunicaciones y computación. El argumento es que la exploración espacial ambiciosa produce conocimiento que mejora la condición humana en formas que no pueden anticiparse en el momento del lanzamiento.
La misión también produce ciencia lunar directa: los astronautas observarán con sus propios ojos zonas del lado oculto de la Luna que ningún ser humano ha visto jamás. La capacidad humana de identificar anomalías geológicas —como el suelo anaranjado de origen volcánico que descubrió Harrison Schmitt en el Apolo 17— no tiene equivalente robótico.

