La película El último gigante exhibe con fuerza el destino misionero y convierte a las Cataratas y la selva en protagonistas de una vidriera global que trasciende sus debilidades narrativas.
Jueves 2 de abril de 2026. Hay películas que uno recuerda por lo que cuentan y otras que, aun sin lograrlo del todo, quedan flotando por lo que muestran. El último gigante entra en esa segunda categoría. Su historia no termina de encontrar espesor, sus diálogos no siempre acompañan la ambición emocional que insinúa, y el vínculo que debería sostenerla se diluye en formas que no alcanzan. Pero sería un error cerrar ahí la lectura, como si todo dependiera de la eficacia del guion.
Porque mientras la trama avanza, a veces con dificultades, hay algo que ocurre por debajo, casi al margen, y que termina siendo más verdadero que el propio conflicto de los personajes. La película abre una ventana sostenida hacia Iguazú, hacia las Cataratas del Iguazú, hacia la ciudad de Puerto Iguazú y esa selva que no necesita relato para imponerse. Y ahí aparece otra dimensión, menos forzada, más honesta.
Quienes son de Misiones lo reconocen de inmediato, no tanto por el paisaje que conocemos de las postales repetidas hasta el cansancio en folletos turísticos sino por la forma en que la luz cae sobre el verde y que nos interpela: también por la humedad que parece salir de la pantalla, por la escala de un territorio que siempre desborda cualquier intento de encuadre. Hay una familiaridad en la forma de ver, de mirar, que no se puede impostar. Las primeras escenas y muchas otras después van pintando una especie de pertenencia que no se explica sino que se siente.
En ese sentido, la película termina diciendo algo que quizás no estaba en su intención original. Mientras intenta construir un relato íntimo que no termina de cuajar, logra algo más potente sin proponérselo del todo. Instala una presencia. Hace visible un lugar en toda su dimensión, sin reducirlo a decorado. Y eso, en una plataforma global como Netflix, no es un detalle menor ni un efecto colateral.
Hay algo de orgullo en ver ese territorio ahí, expuesto sin intermediarios, sin necesidad de traducción. No es un orgullo ingenuo. No se trata de defender la película ni de sobredimensionar sus logros. Se trata de reconocer que, más allá de sus limitaciones (que las tiene, a montones), consigue poner a Misiones en circulación de una manera que no ocurre todos los días. Y lo hace con imágenes que, por momentos, tienen más verdad que los argumentos o los propios personajes que las atraviesan.
Tal vez por eso la sensación que deja es ambigua. Como espectador, uno puede salir con la impresión de que la historia prometía más de lo que entrega o también podés salir emocionado si te quedás con la propuesta del argumento, dejando de lado, claro, los diálogos forzados. Pero como misionero, hay que ser honesto, hay otra lectura que se impone, más silenciosa y más persistente. La de ver ese paisaje propio ocupando un lugar central, respirando en pantalla, recordando que hay territorios que no necesitan ser explicados para ser comprendidos.
La película no termina de emocionar por como dice lo que dice, aunque la propuesta y el tema tengan profundidad y cotidianeidad en miles de historias. Pero si emociona, y de manera inesperada, por lo que deja ver. Y en ese gesto, incluso involuntario, hay una forma de trascendencia que el propio relato no alcanza, pero que el territorio sí.
