De la parodia del Superagente 86 (Get Smart) a la política real, la lógica persiste: enemigos difusos, denuncias sin evidencia y un sistema que necesita explicar sus límites apelando a amenazas externas. Cuando la hipótesis reemplaza a la prueba, lo que entra en crisis no es la gestión, sino el estándar de verdad del debate público.
Lunes 6 de abril de 2026. Durante la década del 60, en pleno clima de Guerra Fría, una comedia televisiva logró lo que los discursos oficiales ni los informes de inteligencia podían: desnudar, desde el absurdo, la lógica profunda del poder. En esos años, Superagente 86 (Get Smart) no fue solo entretenimiento sino, en clave paródica, una radiografía del sistema. Unos 60 años después, la parodia del poder la protagoniza un tal Javier Milei y su elenco de sainete.
En ese universo, la organización KAOS operaba como enemigo global de CONTROL, la agencia estadounidense. Eran el mal (rusificado, aunque sin nombrarlo) y el bien, claramente especificado. La guerra era, entonces, entre KAOS y CONTROL.
La verdadera función era simbólica: KAOS no representaba a un adversario concreto, sino a una amenaza difusa, adaptable, siempre disponible. No tenía ideología clara, ni territorio definido, ni rostro estable. Era, en términos estrictos, un significante vacío que, por la dureza de las expresiones y lo grotesco de las tipografías cargadas, representaba —al menos en el imaginario popular occidental— a la entonces Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS).
Esa indefinición era la mayor potencia del guion. Permitía que KAOS fuera todo lo que el espectador temiera: comunismo, espionaje extranjero, conspiraciones invisibles. Era el molde perfecto del enemigo.
Sin embargo, la serie introducía una anomalía: también ridiculizaba a CONTROL. Maxwell Smart, el agente 86, no era un héroe eficiente sino un personaje torpe, que resolvía misiones más por azar que por capacidad. En ese doble gesto —caricaturizar tanto al enemigo como al propio aparato de seguridad— la serie desactivaba la lógica propagandística tradicional, pero dejaba instalado el eje entre el mal a combatir (KAOS) y el bien combatiente (CONTROL). De todas maneras, en el fondo, la serie no mostraba la lucha entre el bien y el mal, sino la necesidad estructural de esa lucha. KAOS, más que enemigo, era la condición de posibilidad de CONTROL. Sin amenaza, no hay aparato de seguridad. Sin conflicto, no hay legitimidad.
Ese mecanismo no desapareció con el fin de la Guerra Fría. Cambió de forma.
Hoy, la construcción del enemigo sigue operando, pero con otras narrativas y otros soportes. Ya no se trata únicamente de bloques ideológicos enfrentados, sino de amenazas más difusas: operaciones mediáticas, injerencias extranjeras, guerras híbridas. El enemigo vuelve a ser, como KAOS, una entidad difícil de delimitar. Pero, si sirve, como servía entonces, hay que recuperarla.
En ese marco se inscribe la reciente denuncia del presidente Javier Milei, quien afirmó que existiría financiamiento ruso dirigido a medios y periodistas para perjudicar su imagen (aunque él mismo y sus cortesanos perjudican sus propias imágenes). Más allá de la veracidad o no de la acusación —que requiere pruebas concretas y verificables— lo relevante, desde el análisis, es el dispositivo que se activa.
Veamos. La denuncia configura un esquema clásico de tres puntos: una amenaza externa (Rusia), un canal de infiltración (medios y periodistas) y un objetivo interno (desestabilizar al gobierno).
No es una estructura nueva. Es una actualización del mismo principio que sostenía a KAOS: la necesidad de un enemigo que explique tensiones internas.
Pero hay una diferencia clave. Mientras en Superagente 86 esa lógica era expuesta y ridiculizada, en la política contemporánea opera en un terreno de mayor opacidad. El enemigo no se presenta como caricatura, sino como hipótesis plausible (es decir, creíble, verosímil o razonable, aunque no esté comprobado). Y ahí es donde el análisis debe volverse más riguroso.
¿Por qué debe ser riguroso? Porque hay dos riesgos simétricos. El primero, aceptar sin cuestionamiento la existencia de ese enemigo. El segundo, descartarlo automáticamente como construcción discursiva. Ambos extremos empobrecen la comprensión.
Pero, como en aquella comedia de Guerra Fría, lo que sí puede afirmarse es que la figura del enemigo cumple una función: ordenar el conflicto, simplificar la complejidad y, sobre todo, desplazar responsabilidades. Cuando los problemas se explican exclusivamente por agentes externos, el sistema interno queda parcialmente eximido de rendir cuentas.
En ese punto, la vieja comedia de los años 60 ofrece una lección inesperada. Al mostrar que tanto KAOS como CONTROL eran, en última instancia, estructuras atravesadas por la misma lógica absurda, la serie sugería algo incómodo: que el problema no siempre está del otro lado.
Tal vez por eso sigue siendo actual.
Porque entre la parodia y la realidad hay una continuidad inquietante: la necesidad persistente de construir enemigos para sostener el orden. Y la dificultad, cada vez mayor, de distinguir cuándo estamos frente a una amenaza real y cuándo ante una narrativa funcional al poder. En esa frontera, difusa y estratégica, es donde se juega hoy la disputa por el sentido.
El enemigo necesario

Vemos cómo opera la narrativa de la amenaza externa en medio de la crisis.
En política, los momentos de mayor fragilidad suelen coincidir con los relatos más intensos. No es casual. Cuando la realidad económica aprieta y las denuncias comienzan a acumularse, el sistema necesita reorganizar el sentido. Y una de las herramientas más eficaces para hacerlo es la construcción —o amplificación— de un enemigo externo.
La reciente denuncia del presidente Javier Milei sobre un supuesto financiamiento ruso a medios y periodistas se inscribe en ese esquema. La acusación, hasta el momento, carece de pruebas públicas verificables que permitan establecer la existencia de un delito concreto. Sin embargo, su impacto no depende exclusivamente de su comprobación, sino de su capacidad para ordenar el debate.
El mecanismo no es nuevo. En la lógica de la Guerra Fría, ficcionalizada con precisión en Superagente 86, la organización KAOS funcionaba como una amenaza permanente, difusa, difícil de delimitar. Su existencia justificaba la acción de CONTROL, el aparato de inteligencia. Sin enemigo, no hay razón de ser para el sistema.
Hoy, la dinámica es más sofisticada, pero responde a una matriz similar. La figura de la “injerencia extranjera” —sea a través de financiamiento, operaciones mediáticas o influencia digital— permite construir un relato donde los problemas internos encuentran una explicación externa.
En ese contexto, la economía argentina atraviesa tensiones evidentes: caída del consumo, contracción de la actividad en sectores clave y una persistente incertidumbre social. Al mismo tiempo, emergen cuestionamientos y denuncias que interpelan la gestión. La combinación de ambos factores genera un escenario de alta presión política.
Es allí donde la narrativa del enemigo externo adquiere centralidad. No se trata necesariamente de una falsificación deliberada. Las operaciones de influencia internacional existen y fueron documentadas en distintos países. Pero entre la posibilidad y la afirmación hay una distancia que, en términos periodísticos, solo puede cubrirse con evidencia. Y con el tenor de la denuncia, porque asegurar que la intención de la operación internacional era desprestigiar a Milei, cuando el propio Milei se desprestigia sin ayuda, debilita el sentido de la hipótesis.
Sin esa evidencia, la denuncia opera solamente en el plano simbólico. O conspirativo.
En ese plano, su eficacia es clara. La agenda se reordena. El foco se desplaza. La discusión deja de girar exclusivamente en torno a indicadores económicos o cuestionamientos internos, y se traslada hacia una amenaza mayor, más difusa, más difícil de refutar en el corto plazo.
Milei denuncia la intención de desprestigiar, cuando el problema no es solo la veracidad de la denuncia, sino su función, porque cuando la explicación de las dificultades se apoya en factores externos, el margen de responsabilidad interna se diluye. No desaparece, pero pierde centralidad. El conflicto se reconfigura: ya no es únicamente gestión versus resultados, sino también nación versus amenaza.
La comparación con la vieja comedia televisiva no es caprichosa. En Superagente 86, tanto KAOS como CONTROL eran estructuras atravesadas por la torpeza y la ineficiencia. Sin embargo, el sistema se sostenía porque el conflicto en sí mismo era indispensable. La amenaza justificaba la acción, y la acción reafirmaba la necesidad de la amenaza.
En la política contemporánea, esa lógica se vuelve más delicada porque, en sociedades responsables, ya no hay espacio para la parodia explícita, y las consecuencias son reales: afectan la credibilidad institucional, la calidad del debate público y la capacidad de la sociedad para distinguir entre hechos y narrativas.
Por eso, el punto no es negar de plano la existencia de operaciones externas ni aceptar sin más cualquier denuncia. El punto es exigir el único elemento que convierte una acusación en información: la prueba.
Sin pruebas, la amenaza puede ser posible, pero con pruebas se vuelve verificable. Y en ese pasaje se juega algo más que una disputa política: se define la calidad del sistema democrático.
En última instancia, la pregunta ya no es si existe un “KAOS” contemporáneo que el CONTROL denuncia. Esa discusión, sin evidencia, no lleva a ningún lugar.
La pregunta relevante es otra: cuándo una hipótesis deja de ser una línea de investigación legítima y pasa a convertirse en un recurso narrativo para administrar el conflicto político.
Porque en ese desplazamiento -sutil pero decisivo- cambia el eje del debate pero también cambia el estándar de verdad. Lo que no puede probarse empieza a sostenerse igual. Y lo que debería verificarse se reemplaza por convicción.
Ahí es donde el problema deja de ser la existencia o no de una amenaza externa y pasa a ser la degradación del criterio con el que se construye lo público.
Un sistema que necesita explicar sus límites apelando a enemigos sin evidencia no se fortalece: se vuelve dependiente de esa lógica. Y cuanto más depende, menos capacidad tiene de responder sobre lo que efectivamente le corresponde.
No es una cuestión ideológica. Es un problema de funcionamiento.
Y en ese punto, la discusión ya no gira en torno a Milei, a Rusia o a los medios. Gira en torno a algo más básico: si el debate público se organiza sobre hechos o sobre relatos que no necesitan demostración para imponerse.
Cuando esa frontera se diluye, lo que entra en crisis es la calidad misma del sistema, no la gestión.

