Este encuentro de artistas, que lleva 18 años, convierte al interior de Itapúa en un territorio de música, homenajes y silencios.

Martes 7 de abril de 2026. En el corazón del departamento paraguayo de Itapúa, la colonia Hohenau volvió a transformarse, como cada año, en un punto de encuentro donde la música adquiere otra densidad. Allí se desarrolló a fines de febrero y comienzo de marzo la décimo octava edición del Festival Internacional de Cuerdas, un acontecimiento que nació desde el impulso local y que hoy se consolidó como una de las agendas culturales más significativas del Paraguay, con proyección regional y presencia constante de músicos provenientes de la Argentina y distintos rincones del país anfitrión.

Bajo el cielo guaraní, la guitarra respira


El predio del Parque Manantial y también el de la Agrodinámica —este habitualmente ligado al trabajo, la producción y la vida rural— cambian de pulso durante estos días. Entre palmeras, árboles nativos y copas iluminadas que recortan el paisaje nocturno, la guitarra encuentra un escenario distinto, abierto, cercano, casi doméstico. Bajo el cielo guaraní, las primeras notas comienzan a expandirse mientras el público guarda un silencio de expectativa compartida.
Porque por estos día en Hohenau -departamento paraguayo de Itapúa- no se asiste únicamente a conciertos sino que se participa de una celebración colectiva alrededor de un instrumento que parece comprender el idioma emocional de quienes lo escuchan.
La primera noche estuvo dedicada a los músicos en formación. Alumnos llegados desde distintas regiones del Paraguay y de la Argentina ofrecieron sus interpretaciones ante sus propios pares, docentes y familias. Un escenario discreto sostuvo interpretaciones de notable madurez artística, confirmando el alto nivel alcanzado por el Campus de Guitarras que acompaña al festival desde sus inicios.
Los nombres se suceden como parte de una misma conversación musical: Aylen Rojas, Elías Yd, Leticia Araujo, Fabricio Delgado, Tiago Facundo Ortega, César Vicente Vázquez, Fátima y María, Dante Damián Galeano, Federico Ríos, Alessandro Martínez, María Paz, Damián Torrejón, Germán Ignacio Pradas, entre otros jóvenes intérpretes, muchos más, que ya revelan una identidad propia.
Las manos se convierten en protagonistas. Los dedos avanzan, retroceden, respiran sobre las cuerdas. A veces el sonido fluye como agua corriendo; otras, aparece firme y profundo, con la serenidad de quien conoce el peso exacto de cada nota.
La guitarra clásica —en ese contexto— deja de ser un objeto musical para mostrarse como un cuerpo vivo. Cada cuerda tensada encuentra su voz; cada vibración viaja hacia la madera y desde allí al aire nocturno mientras resuena, dejando, pareciera, una resonancia que se prolonga incluso cuando el sonido termina.
Entonces ocurre algo difícil de describir: el silencio cambia.
Entre una frase musical y otra queda suspendida una memoria sonora que el público percibe casi físicamente. Como si las notas continuaran existiendo en el espacio.

Cuando la guitarra habla
Quienes participan del festival coinciden en una sensación compartida: parece que la guitarra hablar. No se trata de una metáfora romántica. El instrumento articula ataques breves como consonantes, sostiene sonidos que se abren como vocales y deja caer las notas con la naturalidad de una respiración.
Cada técnica modifica esa personalidad emocional. El toque apoyado entrega densidad y gravedad, una voz íntima que recuerda la reflexión o la nostalgia. El tirando, más ligero, abre el sonido y lo vuelve conversacional, cercano.
Los armónicos, que emergen como destellos, generan una sensación aérea, casi luminosa, como si la música flotara entre las estrellas del cielo itapuense. El rasgueo, heredero de tradiciones populares, introduce pulso y comunidad: allí aparecen el chamamé, la danza y la alegría litoral.
En algunos pasajes, las cuerdas imitan el agua; en otros, evocan la cadencia del viento o la energía festiva de la región. El tango que abrió la noche dialogó luego con el chamamé, y las guitarras cantaron ese paisaje compartido entre Paraguay y Argentina donde la música forma parte de la identidad cotidiana.
El cierre, una de las noches, sintetizó la idea de mirar, o percibir a la guitarra como un puente cultural antes que como exhibición técnica.

Música, tiempo y memoria
El Festival Internacional de Cuerdas nació con los conciertos emergentes y fue creciendo hasta reunir artistas de primer nivel que durante las tardes dictan clases magistrales y por las noches comparten escenario con sus alumnos. Ese intercambio genera el visible vínculo afectivo entre generaciones, familias, colegas y amigos que sostienen el proyecto año tras año.
Hay emoción en el ambiente. También conciencia.
En algunas interpretaciones aparecen resonancias del tiempo presente: la pandemia, los encierros, las tensiones sociales, la voz femenina ganando espacio, las disonancias que expresan conflictos contemporáneos. Son sonidos graves, intensos, que conviven con momentos de celebración y danza ofrecidos por el trío paraguayo que devolvió alegría y movimiento al cierre de la jornada.
El festival confirma así que la guitarra reproduce ciclos profundamente humanos: tensión, vibración, expansión y descanso. Como un latido.
Sin exageraciones, el Festival es un encuentro para festejar la guitarra, donde Hohenau se convierte, durante estas noches, en algo más que una sede cultural. Es un encuentro de amigos, de aprendizaje compartido y de transmisión de legado. Un espacio donde maestros y estudiantes habitan el mismo territorio musical sin jerarquías visibles.
La sala vuelve a llenarse cada noche. La entrada libre y gratuita refuerza el espíritu abierto de esta actividad. Nadie queda afuera de esta experiencia que embellece las noches paraguayas y proyecta su identidad hacia la región.
Cuando la última nota se apaga, el público tarda unos segundos en aplaudir porque la magia, una vez más, quedó suspendida, con cuerpos emocionados, donde la música, o esos sonidos de la guitarra, todavía la habita. Porque en Hohenau, la guitarra parece que no terminara de sonar nunca.