La misioneridad es una identidad cultural viva y verificable, forjada en la matriz guaraní, el legado jesuítico de Antonio Ruiz de Montoya y una dinámica trinacional con Paraguay y Brasil, donde lengua, costumbres, migración y economía cotidiana configuran una arquitectura social propia; en ese entramado, figuras como el mensú, el colono y el tarefero condensan valores de arraigo y trabajo, mientras la experiencia personal traduce esa construcción colectiva en querencia, pertenencia y narrativa con identidad definida frente al resto de la Argentina.

Por Raúl Puentes

Lunes 13 de abril de 2026. ¿Por qué me atrae tanto la misioneridad? Creo que porque es una identidad cultural activa, mestiza y funcional, que se expresa en prácticas concretas que se pueden ver, corroborar: Misiones, como un pedazo de esta región, tiene una base civilizatoria guaraní que está integrada a la vida cotidiana. La cultura guaraní estructura formas de hablar (presencia del guaraní y jopará), vínculos comunitarios, relación con la tierra y hasta sistemas de creencias, una matriz que fue sistematizada en las reducciones jesuíticas, con referentes como Antonio Ruiz de Montoya, que hoy se mantiene en hábitos, rituales e, incluso, en códigos sociales.
Pero Misiones funciona además como una región trinacional de hecho, con circulación constante con Paraguay y Brasil, intercambio económico cotidiano, consumo compartido de música, gastronomía y medios. Siempre digo que yo, como misionero, tengo mucho más que ver con los pobladores de Paraná, Santa Catarina o Río Grande Do Sul (de Brasil) o con los de los departamentos paraguayos de Misiones, Itapúa o Alto Paraná, que con mis connacionales de Córdoba, Salta o Neuquén (solo por citar ejemplos), porque la identidad se construye en flujo, con adaptación permanente y, en esta región, existe ese flujo o, incluso, un sistema cultural transfronterizo operativo.
En esta construcción de identidad que tanto me gusta, hay incluso un costumbrismo que sirve como método de lectura social. Nuestro costumbrismo, el costumbrismo misionero, registra conductas que podemos observar e internalizarlas: desde la concepción de grupos, familias, hermanos de la vida que tienen una identidad mucho más marcada en todo el pequeño territorio provincial que en Posadas (que se esfuerza por diferenciarse siempre del resto, en todo lo que pueda), hasta en prácticas que son como naturales (aunque no lo sean): cooperativas, ferias francas, mate compartido, fiestas patronales, circuitos informales de comercio, lógicas familiares extendidas que incorporan a vecinos y amigos al grupo de afectos profundos y permanentes. Acá, en Misiones, cada práctica social funciona como dato cultural y como indicador de organización comunal, con fuerte impronta de identidad.
Pero a diferencia de los dos países vecinos, acá la configuración migratoria es verdaderamente heterogénea. La provincia articula descendientes de europeos (alemanes, polacos, ucranianos, entre otros), poblaciones paraguayas y brasileñas, y criollos del norte argentino, como un grupo identificado con la argentinidad sin cuestionamientos y con profundo orgullo. Esta composición genera una identidad plural con repertorios culturales superpuestos: comidas, acentos, festividades y formas de trabajo, sin el “ellos y nosotros”, como sucede allende los ríos.
Misiones es la única provincia argentina que no tiene gauchos, digo desde hace años. Me refiero a que no tiene gauchos con la impronta pampeana que es tan característica de casi todo el territorio nacional, y sin embargos nos destacamos por nuestras figuras socioeconómicas propias, como el mensú, el colono y el tarefero, que representan modelos históricos de relación con el monte, la tierra y la producción. Esta, nuestra gente, a la que no podemos definir como nuestros gauchos, definen valores fuertes que son orgullo social, como referentes de esfuerzo, arraigo y economía familiar, aunque muchas veces sean excluidos o invisibilizados.
En esa misioneridad que tanto me apasiona, hay estética y narrativa diferenciadas del resto de la Argentina, aquella Nación que se conformó después de la existencia de los territorios provinciales: nuestra identidad se expresa en relatos, músicas y símbolos propios, lenguaje, tonada y expresiones bien nuestras que la academia encasilló como “asperón basáltico”, pero que no es otra cosa que la idiosincrasia y el costumbrismo local aflorando con tonada, expresiones y tiempos profundamente regionales. Tenemos referencias comunes, claro que si, como la bandera, el himno, el fútbol, las canciones patrias, las comidas y los dioses mundanos, con referencias literarias nacionales como el Martín Fierro, sí, funcionando como contraste para dimensionar nuestra especificidad.
¿Qué es la misioneridad, entonces? Esa forma de ser, Raúl (sí, me hablo a mi mismo), que tanto te apasiona, es una arquitectura cultural en funcionamiento, donde lengua, territorio, historia y migración operan de manera simultánea y producen una identidad visible, medible, narrable y degustable, porque hasta tenemos sabores propios. Y en esa misioneridad tenemos historias concretas, personajes verificables y conflictos reales.
Es decir, entonces, que hasta tenemos narrativa. Pero yo tengo querencia, familia, amigos y afectos que son mi arraigo emocional, son mi referencia existencial y mi punto de retorno.