La demonización de Puerta es un recurso electoral que viene utilizando todo el arco de las oposiciones aunque al mismo tiempo se los escucha defender políticas neoliberales, proponer desregulaciones y ajustes en el gasto social. Se sientan a negociar desde posiciones de izquierda a la extrema derecha, con las multinacionales y sindicatos, pero cuando se les muestra las contradicciones, todos al unísono dicen: “mi límite es Puerta”. En esta nota se analiza el fenómeno. La frase “mi límite es Puerta” es, en sentido estricto, un significante sin significado. Parangonando a Ernesto Laclau: “un significante vacío”. Es una forma de nominación que no da cuenta de las exigencias identitarias del que la pronuncia. La gente para votar quiere saber de qué lado está el candidato. Proponer políticas neoliberales y decir que el límite es Puerta, es no decir nada de sí mismo. “Mi límite es Puerta”, es utilizada como frase vacía de contenido, para decir una cosa u otra. Encierra una evidente indigencia teórica que arrastra a desastres estratégicos.
“Mi límite es Puerta”, se ha convertido en un latiguillo con el que frecuentemente terminan las declaraciones de referentes de las oposiciones en nuestra provincia.
Apurados por los entrevistadores, hemos escuchado la frase salir de la boca de ucerreístas, pejotistas, socialistas, del partido de Wipplinger, de los desprendimientos del kirchnerismo y la renovación y hasta de gente del macrismo. “Mi límite es Puerta”, se utiliza como último recurso para disimular el fundamentalismo pragmático que ha ganado a todos los aparatos de los partidos de las oposiciones.
La urgencia del poder económico en juntar todo lo que hay para enfrentar al gobierno en su disputa por desregular el mercado, ha legitimado desde los medios hegemónicos acuerdos impensados entre tribus que no podrán convivir en un gobierno. Aquí en la provincia, se ha visto a Cacho Barrios (que maneja ya desembozadamente las riendas del comité provincia) proponer alianzas con la derecha del Pro de los hermanos Schiavoni, a éstos con el partido de los tabacaleros de Cacho Bárbaro y la CTA de Michelli, tentar también a los Wipplinger, y la disidencia K como Alex Ziegler. Sentar también en la mesa a los grandes comerciantes, los molineros de la yerba, a gerentes de las multinacionales y del Banco Macro.
Cuando los periodistas aluden a la falta de sintonía de intereses y en las ideas, y cuando se pregunta por la representación y las convicciones, es el momento de repetir, como si fuera un libreto, “mi límite es Puerta”. Plantan ahí convicciones políticas y éticas.
¿De qué límite hablan? Cuando Cacho Barrios sostiene que se terminaron las ideologías, cuando Bárbaro se pasea por la alfombra roja de las fundaciones de Macri y la Naumann por la libertad de los mercados (que en Misiones tiene el nombre de Nosiglia), cuando los intransigentes de la CTA Michelli se suman a la multisectorial con las multinacionales y los grandes evasores, cuando los partidos tradicionales trenzan con el poder financiero, y cuando el partido Socialista anuncia que es posible en Misiones acuerdos con Macri y Massa, todos los límites ya se han cruzado.
Eliminados los límites, la otra referencia del latiguillo es Ramón Puerta. Pero, no se entiende, porque Puerta está de ese lado desde siempre.
Puerta expresa abiertamente las políticas neoliberales. Las que todo ese arco de gente ahora defiende.
Podríamos afirmar entonces, que la frase “Mi límite es Puerta” es, en sentido estricto, un significante sin significado. Parangonando a Ernesto Laclau: “un significante vacío”. Es una forma de nominación que no da cuenta de las exigencias identitarias del que la pronuncia. La gente para votar quiere saber de qué lado está el candidato. Proponer políticas neoliberales y decir que el límite es Puerta, es no decir nada de sí mismo. “Mi límite es Puerta”, es utilizada como frase vacía de contenido, para decir una cosa u otra.
Demonizar para
convertirse en un dios
Con más de treinta años de ejercicio de la democracia, cuando hubo marchas y contramarchas en nuestra provincia, cuando se probaron rumbos diferentes, los cuestionamientos a la gestión de los 90, es resultadista. Lo ideológico hoy es una construcción que tiene base empírica en los efectos sociales de los ejes de los dos gobiernos neoliberales de Puerta.
No son cuestionamientos que surgen desde la academia, sino de la movilización social, y los conflictos al interior de la burguesía nacional.
Es muy diferente poner en debate el modo de acumulación y reproducción del capital –si desde la esfera financiera o productiva-, o discutir los pilares de una economía que apuesta al consumo como motor de la inversión y la defensa estratégica de la economía familiar o discutir también de la vieja tensión nacional entre inflación y ocupación; muy diferente decíamos, debatir estas sustancias, que basarse en la demonización de los actores de esos años.
La demonización es una mera técnica retórica de instalación y de campaña, que más bien desinforma y oscurece la interpretación de los hechos. Es un recurso de campaña basado en categorías morales y no políticas. Se demoniza, se emparenta con el demonio al adversario, para mostrarse, en contraste, como ángeles. Si el otro es el malo, yo soy el bueno.
La demonización de Ramón Puerta en la provincia, tiene esas dos vertientes. La que hace encarnar en él los lastres de los 90, como la deuda y el empobrecimiento de vastos sectores sociales y la que lo señala como persona. La primera diferenciación, que siempre es necesaria en la oferta electoral pretende poner en contraste modelos, si se quiere, simplificadamente, diferenciadas por la naturaleza del Estado: regulador de los mercados o socio de los grandes inversores.
La segunda utilización del demonio, es una manera de esconder ambigüedades, y posicionamientos. Decir “mi límite es Puerta” y al mismo tiempo alentar o permitir alianzas con las derechas explícitas como el macrismo, el sector más gorilizado del ucerreísmo o la burocracia sindical, constituye, una manera desenfada de doble discurso y de utilización de una retórica de campaña, que sin ideas, pretende convertir al demonizador en alguien tan indiscutible como un dios. La naturaleza de las razones ocultas casi siempre sostiene a las invocaciones morales.

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