Tras 47 años de búsqueda, fue restituida la identidad del hijo de Cristina Navajas y Julio Santucho. Acompañada por la familia Santucho, la titular de Abuelas de Plaza de Mayo, Estela de Carlotto, anunció el hallazgo del nieto de Nélida Gómez de Navajas, fallecida en 2012. Fue criado por un integrante de las fuerzas de seguridad y una enfermera, quienes le ocultaron que no era su hijo biológico. Antes de la pandemia él mismo se acercó a Abuelas, con dudas sobre su origen. “Hizo todo lo posible por recuperar su identidad”, celebró Julio Santucho, su papá. “Lo esperé tanto tiempo que me cuesta creer lo que estoy viviendo”, dijo Miguel «Tano» Santucho, su hermano. (En la foto, Miguel Santucho, Julio Santucho y Estela de Carlotto, titular de Abuelas, en la Casa por la Identidad. Imagen: Bernardino Avila.)

Sábado 29 de julio de 2023 (Luciana Bertoia para Página 12). El auditorio de la Casa por la Identidad desbordaba de gente cuando, pasadas las 13, se abrió una puerta lateral y apareció Miguel Santucho. La sonrisa del “Tano” Santucho –como todos lo conocen en el movimiento de derechos humanos– delató una noticia que hacía tiempo se esperaba: había encontrado finalmente a su hermano, el hijo que su mamá, Cristina Navajas de Santucho, había parido en el Pozo de Banfield. El Tano saludó con el puño en alto un aplauso que envolvía la sala. Con el otro brazo, apretó a su papá, Julio Santucho –sobreviviente de una familia diezmada por el genocidio–, y los dos se acomodaron en una mesa junto con Estela de Carlotto para contar que dos búsquedas habían tenido un final feliz: la suya y la de un muchacho que tiempo atrás se había acercado a Abuelas de Plaza de Mayo con dudas. “Él hizo todo lo posible por recuperar su identidad”, celebró Julio.
Todo era emoción en el edificio de las Abuelas en el Espacio Memoria y Derechos Humanos, la exESMA. “Parece que la vida nos quiere regalar un momento de alegría en un tiempo difícil en la Argentina”, arrancó Estela mientras en la mesa apoyaban un retrato de Nélida Gómez de Navajas, una de sus compañeras que fue durante muchos años secretaria de la institución. “Estoy emocionada. Es demasiado para mis 92 años”, se disculpó la presidenta de Abuelas y le pidió a su hija Claudia Carlotto, titular de la Comisión Nacional por el Derecho a la Identidad (Conadi), que leyera el comunicado sobre el encuentro que terminó con la bienvenida al nuevo nieto. «Sos un triunfo de nuestra democracia», lo saludaron desde Abuelas.
“Lo esperé tanto tiempo que me cuesta creer lo que estoy viviendo”, se aflojó el Tano, que es fundador de la Comisión de Hermanos que funciona dentro de HIJOS y que colabora con Abuelas. Es parte también de la dirección de este organismo y, como tal, suele participar en visitas de estudiantes a la Casa por la Identidad. “Los chicos me abrazan y me dicen ‘lo vas a encontrar’. Me decían, porque ya lo encontré –largó la carcajada–. Ése es el secreto de nuestra búsqueda: que no estamos solos, que es totalmente colectiva”.
Su papá, Julio, estaba al lado y tampoco dejaba de sonreír. “Ya he hablado con mi hijo recuperado”, contó. Un rato antes habían estado juntos en la exESMA. “Es hermoso”, se animó a decir Estela. Entre los nietos e integrantes de la familia Santucho comentaban que el muchacho había estado escuchando la conferencia de prensa.
“Es una derrota de la dictadura porque ellos nos querían quitar los hijos y los estamos recuperando”, festejó Julio –después de 47 años de sufrimientos.

Los secuestros

Julio es el décimo hijo de los Santucho, hermano menor de Mario Roberto “Roby” Santucho, líder del Partido Revolucionario de los Trabajadores-Ejército Revolucionario del Pueblo (PRT-ERP). El destino de Julio era tomar los hábitos, algo que Roby criticó con una fiereza semejante a la que opuso, años después, cuando su hermano menor le comunicó que iba a dejarlos.
En la Universidad Católica Argentina (UCA), Julio había conocido a Cristina Navajas, una chica que se había criado en el barrio de Caballito y recibido de maestra normal. Los dos se comprometieron con la militancia dentro del PRT. En 1971 se casaron. Dos años después nació su primer hijo, Camilo, y, en 1975, el Tano.
La familia Santucho estuvo bajo asedio durante toda la década de 1970, pero ese julio de 1976 fue especialmente fatídico. Primero secuestraron a Carlos Santucho, que era contador, desde su lugar de trabajo. Una patota llegó el 13 de julio al departamento de la calle Warnes donde vivía otra de las hermanas Santucho, Manuela, que era abogada y estaba con su hijito Diego. En ese momento también estaban en la casa Alicia D’Ambra y Cristina Navajas con sus dos chiquitos.
La patota se llevó a las tres mujeres y dejó a los tres chiquitos. Nélida Navajas supo por un llamado lo que había sucedido y fue a buscarlos. En una cartera de su hija encontró una serie de cartas que Cristina iba escribiendo para mandarle a Julio, a quien el PRT había destinado al ámbito internacional. Como él estaba en Argelia, todavía no le había dado una dirección a la que escribirle. En una de esas notas que nunca llegó a mandarle, le decía que sospechaba que estaba embarazada.
Julio se enteró de que habían secuestrado a su compañera al día siguiente cuando llamó para saludar a su cuñado por su cumpleaños. Se desesperó. Quiso volver a la Argentina a buscar a sus hijos, pero el partido diseñó un esquema para sacar a los dos chiquitos. Dos militantes los hicieron pasar por sus hijos y los llevaron a Europa. Cuando se reunieron con Julio, él les dijo: “A mamá se la llevaron los militares y no sabemos dónde está”. Con el tiempo formó pareja con Susana Fantino, la militante que había sacado a sus hijos del país.

El terror
Cristina estuvo en el centro clandestino conocido como Automotores Orletti, que era regenteado por la Secretaría de Inteligencia del Estado (SIDE). A los pocos días de llegar, los captores –integrantes de la banda de Aníbal Gordon– le hicieron leer a Manuela la noticia de que su hermano Roby había sido asesinado en un operativo en Villa Martelli en el que también estaba su cuñada, Liliana Delfino. En simultáneo, en Orletti mataron brutalmente a Carlos Santucho.
Para el 13 de agosto de 1976, Cristina Navajas, Alicia D’Ambra y Manuela Santucho fueron trasladadas a Puente 12. Allí, Cristina le dijo a una compañera: “Soy Cristina Navajas, soy militante del PRT-ERP, soy cuñada del Roby Santucho y estoy embarazada”.
En diciembre, las trasladaron al Pozo de Banfield. No hay testimonios del momento del parto. Se estima que el nacimiento se produjo en febrero de 1977. En abril de ese año, cuando llevaron a Adriana Calvo a ese centro clandestino –después de parir a su hija Teresa en el asiento trasero de un patrullero mientras estaba maniatada y con los ojos vendados– se encontró con Cristina. Ya no estaba embarazada.
Cristina, que conoció el dolor de que le arrebataran a un hijo, fue una de las mujeres que armaron una muralla humana cuando los represores de la Policía bonaerense quisieron llevarse a Teresa. Adriana y Teresa sobrevivieron. Cristina sigue desaparecida. Adriana estimó que fue “trasladada» para el 25 de abril de 1977.
Adriana Calvo no pudo estar en la conferencia de prensa: falleció en diciembre de 2010. Teresa Laborde Calvo sí estuvo: se enjugaba las lágrimas mientras escuchaba contar la historia del encuentro del nieto 133.

La búsqueda
Nélida Navajas buscó a su nieto hasta su muerte en 2012. Para ese momento, el Tano se integró a la Comisión Directiva de Abuelas y se puso sobre los hombros la búsqueda que había motorizado su abuela.
Su hermano fue criado por un integrante de las fuerzas de seguridad y una enfermera. Una hermana, 20 años mayor, fue quien le confesó que no era hijo biológico de la familia. El muchacho se enfrentó en dos oportunidades a su apropiador para saber cuál era su origen, pero nunca consiguió la verdad. Antes de la pandemia, se acercó a Abuelas. Después se hizo la presentación ante la Conadi y, en abril, lo convocaron para sacarse sangre en el Banco Nacional de Datos Genéticos (BNDG).
En ese ínterin, había cambiado de número de teléfono y en la Conadi no sabían si leería el correo electrónico que había dejado. Manuel Goncalves Granada, otro de los nietos restituidos por Abuelas que ejerce como coordinador de la Comisión, fue en su búsqueda. Pidieron datos actualizados a la plataforma Mi Argentina y Goncalves salió a hacer el contacto a la vieja usanza. Lo encontró en su lugar de trabajo y lo convocó para el día siguiente en la Conadi.
Lo recibieron con Claudia Carlotto, le mostraron la caja con la información de su familia y le dijeron que tenían que avisarle a su familia. Manuel le adelantó que iba a llamar al Tano y que lo pondría en altavoz. Él después podía decidir si quería hablar.
– ¿Dónde estás? –le preguntó Manuel.
– Acá, en Roma, paseando con la perra –contestó el Tano mientras iba cayendo en la cuenta de la noticia que tenían que darle–. No me digas, no me digas –repetía.
Esa comunicación se cortó y, al minuto, se inició una segunda comunicación en la que los hermanos se vieron las caras por primera vez. Después hubo una videollamada entre todos los hermanos Santucho y más tarde sumaron a Julio, que se encontraba en Tucumán presentando un libro.

Abuela-la-la-la
Abuelas había anunciado la última restitución en diciembre pasado. En ese momento, todo era alegría porque Argentina acaba de alcanzar su tercer campeonato mundial de fútbol. En las calles, se entonaba una canción que vivaba a una señora mayor que se sumaba a los festejos de los pibes en un barrio. “Abuela-la-la-la”, se entonaba como una reversión del himno de la alegría en versión argento.
Por un rato, en la Casa por la Identidad, se volvió a vivir el júbilo de diciembre. En el hall, donde está el contador con el número de los nietos que restituyen su identidad, se congregaron decenas personas para ver cómo aparecía el número 133. El Tano Santucho saltaba mientras cantaba “abuela-la-la-la”. Estela de Carlotto –con su bastón a cuestas– y Buscarita Roa hacían una ronda y bailaban. La alegría de haber vencido a la muerte, la desaparición y los secuestros se hacía palpable en el ambiente que se calentaba con los rayos de sol que entraban por los ventanales.
Uno de los que caminaban por esos pasillos era Guillermo Pérez Roisinblit, nieto de Rosa Roisinblit, histórica vicepresidenta de Abuelas. “Este nieto que acaba de encontrar su verdadera identidad –reflexionaba Guillermo– se encuentra con una familia inmensa, enorme, muy unida, pero además con uno de los mejores hermanos que le podría haber tocado, un tipo comprensivo, un tipo comprometido, un tipo paciente. La verdad, uno de los mejores”.

Los Santucho, una familia diezmada por el terrorismo de Estado

La familia Santucho sigue librando batallas. A 47 años del asesinato de Mario Roberto Santucho, cuyos restos el Ejército expuso en su “museo de la subversión” en Campo de Mayo pero nunca se dignó a entregar a sus deudos, la recuperación de la identidad de un sobrino del jefe del PRT-ERP apropiado durante el terrorismo de Estado marca otro hito de una larga historia familiar signada por secuestros, torturas y ejecuciones con la marca registrada de las fuerzas armadas argentinas, de la que se consignan a continuación unos pocos capítulos.
Ana María Villarreal, militante del PRT-ERP y esposa de Santucho, fue acribillada por la Armada en la base Almirante Zar, junto con otros 15 militantes de FAR, ERP y Montoneros, el 22 de agosto de 1972. La Masacre de Trelew fue la respuesta de la dictadura de Lanusse a la fuga del penal de Rawson que la ridiculizó ante el mundo. Recién en 2012 un tribunal patagónico condenó a algunos de los homicidas. El fusilador Roberto Bravo, fugado a Estados Unidos, fue condenado en un juicio civil en Miami el año pasado, aunque sigue pendiente su extradición para juzgarlo en el país.
Oscar Asdrúbal Santucho, uno de los once hermanos de “Roby”, murió en una emboscada del Ejército en Monteros, Tucumán, a mediados de 1975, en el marco del “Operativo Independencia” ordenado por el gobierno de Isabel Perón para enfrentar a la Compañía de Monte “Ramón Rosa Jiménez” del ERP. Había sido uno de los fundadores de la organización y antes del Frente de Izquierda Revolucionario Popular (FIRP).

Los chicos como rehenes
El 8 de diciembre de 1975 una patota del Batallón de Inteligencia 601 irrumpió en una casa de Morón donde se celebraba un cumpleaños infantil. Allí secuestraron a Ofelia Ruiz de Santucho (viuda de Asdrúbal) y a nueve niños: cuatro hijos del jefe del PRT-ERP (Ana Cristina, de 14 años; Marcela Eva, de 13; Gabriela Inés, de 12, hijas de Ana María Villarreal; y Mario Antonio, de nueve meses, hijo de Liliana Delfino, segunda compañera de “Roby”), cuatro sobrinos, hijos de Asdrúbal (María Ofelia, de 15 años; María Susana, de 14; María Silvia, de 12, y María Emilia, de 10), y Esteban Abdón, que cumplía cuatro años y era hijo del jefe de logística del ERP, Elías Abdón, secuestrado el día anterior.
Al frente del grupo operativo estaba Carlos Españadero, un oficial retirado en 1970 y reincorporado años después como personal civil de inteligencia del 601, donde se abocaría a armar una red de infiltrados en el ERP, según reconstruyó el periodista Ricardo Ragendorfer.
El primer destino de los flamantes rehenes del Ejército fue el centro clandestino Protobanco/Puente 12, donde el propio Españadero, que se hacía llamar “mayor Peirano”, se encargó de interrogar a niños y niñas para arrancarles información que permitiera dar con Santucho.
El derrotero de las víctimas siguió por el Pozo de Quilmes, pero la noticia del secuestro de nueve niños se difundió por agencias internacionales. Españadero los llevó entonces a un hotel del barrio de Flores, siempre con el objetivo de atrapar el jefe guerrillero, pero su cuñada logró contactarse con familiares y el PRT organizó un rescate que burló a la custodia y permitió trasladar al grupo a la Embajada de Cuba, donde estuvieron más de un año hasta poder exiliarse. En 2021 Españadero fue condenado a 16 años de prisión por los secuestros, tormentos y abusos.

Los Santucho desaparecidos
La etapa siguiente del calvario para la familia comenzó el 13 de julio de 1976 con el secuestro del contador Carlos Híber Santucho en la empresa donde trabajaba y el operativo en la casa de calle Warnes que ocupaba Manuela Santucho (abogada, docente) con su hijo Diego, de un año.
Allí también serían secuestradas Cristina Navajas (hermana de Julio Santucho y madre del hombre que acaba de conocer su identidad) y Alicia D’Ambra. Los familiares de Santucho fueron torturados con especial saña en Automotores Orletti, donde una semana después Manuela sería obligada a leer en voz alta la noticia del asesinato de “Roby”. La patota de la SIDE que operaba en Orletti sumergió una y otra vez a Carlos en un tanque de agua, hasta su muerte, y abandonó el cuerpo en un baldío.
Cristina y Manuela fueron trasladadas al centro clandestino Protobanco hasta fines de diciembre de 1976, y más tarde al Pozo de Banfield. Ambas permanecen desaparecidas. El 19 de julio de 1976 fue el operativo en Villa Martelli en el que acribillaron a Santucho y a Benito Urteaga. Entre quienes fueron secuestrados con vida y trasladados a Campo de Mayo estaba Liliana Delfino, última compañera de Santucho, quien continúa desaparecida.