Buscó a su hijo durante más de medio siglo y nunca dejó de exigir justicia. Taty Almeida murió a los 95 años después de dedicar gran parte de su vida a mantener viva la memoria de los desaparecidos y a enfrentar cualquier intento de reconciliación con el terrorismo de Estado.
Domingo 14 de junio de 2026. La histórica dirigente de Madres de Plaza de Mayo Línea Fundadora falleció este domingo a los 95 años. La desaparición de su hijo Alejandro en 1975 la llevó a abandonar el mundo del que provenía para convertirse en una de las figuras más influyentes de la lucha por los derechos humanos. Durante más de cuatro décadas sostuvo el reclamo por los desaparecidos, acompañó los juicios a los represores y defendió la memoria colectiva como una tarea permanente de la democracia.
La muerte de Taty Almeida cierra uno de los capítulos más significativos de la historia argentina contemporánea. Tenía 95 años y hasta sus últimos días mantuvo intacto el compromiso que había nacido del hecho más doloroso de su vida: la desaparición de su hijo Alejandro, secuestrado en 1975, un año antes del golpe de Estado que instauró la dictadura más sangrienta de la historia nacional.
Lidia Estela Mercedes Miy Uranga, conocida por todo el país como Taty Almeida, no llegó a los organismos de derechos humanos desde la militancia política ni desde los movimientos sociales. Llegó desde el dolor. También desde una profunda transformación personal. Había nacido en una familia vinculada al ámbito militar y durante buena parte de su vida compartió muchas de las ideas predominantes en esos sectores. La desaparición de su hijo derrumbó esas certezas y la empujó a recorrer un camino que terminaría convirtiéndola en una de las voces más respetadas de la democracia argentina.
Alejandro Almeida tenía apenas 20 años cuando fue secuestrado el 17 de junio de 1975. Trabajaba en la agencia estatal Télam, se desempeñaba en el Instituto Geográfico Militar y estudiaba Medicina en la Universidad de Buenos Aires. Salió de su casa y nunca regresó. Desde entonces, su madre inició una búsqueda que ya no tendría final.
Durante años golpeó puertas, recorrió oficinas públicas, consultó a autoridades militares y buscó respuestas allí donde creyó que podían encontrarse. El silencio fue la única respuesta. Como ocurrió con miles de familias argentinas, la ausencia terminó convirtiéndose en una forma cotidiana de existencia.
En 1979 se incorporó a las Madres de Plaza de Mayo. Desde ese momento su historia personal quedó entrelazada con una de las experiencias colectivas más trascendentes de la resistencia civil argentina. Aquellas mujeres que comenzaron a caminar alrededor de la Pirámide de Mayo en plena dictadura se transformaron con el tiempo en un símbolo mundial de la defensa de los derechos humanos.
Cuando en 1986 se produjo la división de la organización, Almeida pasó a integrar Madres de Plaza de Mayo Línea Fundadora. Desde ese espacio desarrolló una intensa actividad política, educativa y social que la llevó a recorrer escuelas, universidades, sindicatos y organizaciones populares de todo el país.
Su figura trascendió el ámbito de los organismos de derechos humanos. Con una combinación poco frecuente de firmeza y cercanía, logró construir un vínculo profundo con varias generaciones de argentinos. Participó de movilizaciones, acompañó los juicios por delitos de lesa humanidad, denunció los intentos de impunidad y sostuvo una presencia constante cada vez que la memoria histórica entró en debate.
Su voz se volvió familiar en actos públicos, marchas y conmemoraciones. También en momentos de tensión política, cuando consideraba que los consensos construidos alrededor del Nunca Más enfrentaban riesgos o retrocesos. Nunca abandonó la defensa de los principios que guiaron su militancia: memoria, verdad y justicia.
A diferencia de muchos dirigentes públicos, Taty Almeida nunca buscó protagonismo personal. Su liderazgo surgió de la coherencia entre su historia y sus convicciones. La búsqueda de Alejandro continuó siendo el centro de su vida hasta el último día. Cada intervención pública, cada discurso y cada marcha mantuvieron viva la misma pregunta que formuló durante más de medio siglo: dónde están los desaparecidos.
Su fallecimiento ocurre cuando la generación de madres y familiares que enfrentó a la dictadura transita sus últimos años. Con cada partida desaparecen testigos directos de una de las etapas más oscuras del país. Permanece, sin embargo, el legado político, ético y humano de quienes transformaron el dolor privado en una causa colectiva capaz de atravesar décadas y gobiernos.
Taty Almeida murió sin conocer el destino final de su hijo. Murió también convertida en una referencia moral para buena parte de la sociedad argentina. La mujer que salió a buscar a Alejandro terminó encontrando una misión mucho más amplia: impedir que el país olvidara. Esa tarea, que sostuvo durante más de cuarenta años, constituye hoy una parte inseparable de la historia democrática argentina.

