La Selección sigue produciendo algo que pocas instituciones consiguen: una identidad compartida. Durante el tiempo de juego desaparecen las diferencias y emerge una idea sencilla pero poderosa: la camiseta, la nuestra, nos representa a todos.
Miércoles 15 de julio de 2026 (RP – Misiones Plural). La historia tiene una extraña costumbre: cada tanto decide regresar disfrazada de presente. Ocurrió este miércoles, cuando Argentina volvió a enfrentarse con Inglaterra en una semifinal del Mundial. El resultado dirá que fue 2 a 1. Las estadísticas registrarán la posesión de la pelota, los remates al arco, los goles de Enzo Fernández y Lautaro Martínez. Los archivos incorporarán una nueva final para la Selección de Lionel Scaloni. Pero habrá algo que ninguna planilla podrá medir. Porque Argentina e Inglaterra nunca juegan solamente un partido de fútbol. Al menos no desde 1982. No después de Malvinas.
Conviene decirlo con claridad para evitar las simplificaciones que tanto abundan en estos tiempos. Nadie en su sano juicio puede comparar una guerra con un partido de fútbol. Sería una falta de respeto hacia quienes combatieron y, sobre todo, hacia quienes nunca regresaron. La guerra pertenece al terreno del dolor. El deporte pertenece al de la competencia y al de los festejos porque alguien, siempre, va a festejar. La guerra y el deporte son mundos distintos. Sin embargo, negar que entre ambos existe un puente construido por la memoria colectiva sería desconocer cómo funcionan las sociedades.
Los pueblos también recuerdan a través de los símbolos.
Por eso México 1986 ocupa un lugar que ningún otro Mundial consiguió desplazar. Al menos para la Argentina y también, quizás, para Inglaterra. Aquella tarde en el estadio Azteca, Diego Maradona marcó dos goles que todavía hoy siguen siendo objeto de libros, documentales y discusiones interminables. La Mano de Dios y el Gol del Siglo no modificaron la soberanía sobre las islas ni alteraron una sola resolución de las Naciones Unidas. Tampoco borraron el sufrimiento de la guerra. Lo que hicieron, si, fue devolver la autoestima a un país que todavía caminaba entre las ruinas emocionales que había dejado el conflicto del Atlántico Sur. De hecho, 40 años después, aquel 1982 todavía es una herida abierta.
Maradona entendió antes que nadie que el fútbol, cuando representa a una nación, deja de ser un simple espectáculo. No es sólo fútbol. Claro que no. En numerosas oportunidades explicó que aquel partido tenía una carga especial para los argentinos. Nunca habló de revancha militar. Habló de sentimientos. De memoria. De identidad. De una emoción colectiva imposible de separar de la historia reciente.
Desde entonces, cada vez que Argentina enfrenta a Inglaterra, la pelota carga un peso que ningún reglamento puede explicar. Y seguirá así, aún después que este país recupere las islas que por derecho legítimo le corresponde.
Por eso el gesto de los futbolistas argentinos al terminar el partido adquiere un valor que trasciende la fotografía. ¡Otra vez la foto! Desplegar una bandera con la leyenda «Las Malvinas son argentinas» no recupera territorio, no reemplaza la diplomacia ni modifica el derecho internacional. Su significado es otro. Nos recuerda, delante de millones de personas, frente al mundo entero, que Malvinas sigue ocupando un lugar central en la identidad argentina y que esa convicción atraviesa generaciones.
Algunos dirán que el deporte debe permanecer al margen de cualquier mensaje político. Suena razonable hasta que se observa la historia del deporte mundial. Jesse Owens derrotando el discurso racial del nazismo en Berlín. Tommie Smith y John Carlos levantando el puño contra la discriminación en México 68. Nelson Mandela utilizando el Mundial de Rugby para reconciliar una nación partida por el apartheid. El deporte nunca vivió aislado de la historia. Siempre dialogó con ella.
También el fútbol construyó su propio lenguaje a partir de metáforas que nacieron lejos de los estadios. Los equipos lanzan ofensivas, levantan murallas defensivas, ganan territorio, resisten el asedio, planifican estrategias, ejecutan contraataques, tienen capitanes y libran batallas… deportivas si, pero batallas al fin, con lenguaje bélico. Ahí está el vocabulario heredado del mundo militar que el deporte resignificó para describir una competencia donde, afortunadamente, nadie pierde la vida.
Esa diferencia resulta esencial. Precisamente porque el fútbol no es la guerra. La guerra dejó una herida que el fútbol jamás podrá cerrar. Tampoco puede reemplazar a la diplomacia ni modificar un solo centímetro de un territorio en disputa. Su fuerza reside en otro lugar. El fútbol es uno de los grandes rituales civiles de las naciones, un espacio donde los pueblos proyectan su memoria, su identidad y sus emociones colectivas. Allí donde la historia dejó cicatrices, el deporte conserva la capacidad de mantener viva una causa a través de los símbolos. Por eso, cada vez que Argentina enfrenta a Inglaterra, millones de personas saben que están viendo mucho más que un partido. No porque un gol recupere las Malvinas ni porque una victoria altere el derecho internacional, sino porque algunos encuentros condensan una parte de la memoria de un país. Y esa memoria, expresada en una camiseta, una bandera o un gesto sobre el césped, también forma parte de la historia argentina.
Quizá por eso las imágenes de esta tarde recorrieron el país con tanta fuerza. A la alegría de la victoria se sumó la emoción de ese trapo con esa leyenda. Mientras los jugadores levantaban la bandera sobre el césped, en Posadas -y en toda Misiones- miles de personas ocupaban la Costanera, la plaza 9 de Julio y las principales avenidas. Lo mismo ocurría en Rosario, Córdoba, Mendoza, Tucumán, Salta, Neuquén y, otra vez, en el Obelisco. Nadie necesitó una convocatoria oficial. Nadie organizó la celebración. Como tantas veces ocurre cuando juega la Selección, la Argentina volvió a reconocerse a sí misma en el espacio público.
Exacto. En el espacio público.
Ese fenómeno merece una lectura más profunda que la del simple festejo futbolero. En un país atravesado por discusiones permanentes, crisis económicas y fracturas políticas, la Selección sigue produciendo algo que pocas instituciones consiguen: una identidad compartida. Durante unas horas desaparecen las diferencias y emerge una idea sencilla pero poderosa. La camiseta representa a todos.
Tal vez allí resida la dimensión más importante del gesto de los futbolistas. No en la bandera como objeto sino en la decisión de recordar que existen causas que sobreviven al paso de los gobiernos, a las coyunturas y a los calendarios electorales. Malvinas es una de ellas. No porque pertenezca a un partido político. Precisamente porque pertenece a la historia argentina.
El domingo volverá a rodar la pelota. España será el último obstáculo para un equipo que busca defender el título mundial. Habrá análisis tácticos, estadísticas y pronósticos. Todo eso forma parte del juego.
Pero algunas imágenes ya quedaron grabadas antes de la final: la remontada frente a Inglaterra. La bandera desplegada sobre el césped.
Y un país entero celebrando, no solamente un triunfo deportivo, sino la persistencia de una memoria que, cuarenta y cuatro años después de la guerra y cuatro décadas después de México 1986, sigue encontrando en el fútbol una manera de decir, frente al mundo, que hay historias que el tiempo no consigue borrar.
Y que nos emocionan al punto de hacernos llorar, de alegría o de tristeza, por nuestras vivencias, esas que no vamos a olvidar.
