Por Carlos A. D´Onofrio
Fue unánime. En los funerales de Mario Losada toda la dirigencia puso de relieve su espíritu conciliador. Por supuesto la referencia fue inevitable: “un hombre que en estos tiempos es difícil de encontrar”. Es cierto que la trayectoria de “Marito” se caracterizó por una permanente disposición al diálogo para resolver los conflictos que, inherentes a la vida en sociedad se trasfieren al interior de las instituciones. Pero lejos estaba de los consensos que hoy se predican desde el poder mediático de las derechas. Su trayectoria, su legado, no es un “significante vacío”, abusando quizá de las formulaciones conceptuales de Ernesto Laclau, ya que hablamos de legados.
Marito, consensuaba, dialogaba, mediaba, si se quiere, pero siempre con un claro objetivo político: preservar a la Unión Cívica Radical como institución de la República, mantenerla en su cauce como movimiento nacional y popular. Ante todo, Marito fue un hombre de partido y convencido de que el sistema democrático se sostiene en partidos fuertes, masivos, con la identidad ideológica como baluarte de referencia para los afiliados, los simpatizantes y los adversarios. No fue casual entonces que en 2003 pusiera el pecho en las primeras elecciones después de la debacle del gobierno de la Alianza. Cuando la mayoría, entre los que se cuentan a quiénes hoy manejan el partido, huían como ratas y desvergonzadamente votaban por López Murphy o Lilita Carrió, se hizo cargo y puso su nombre junto a Leopoldo Moreau en la Lista 3 para mantener plantada la bandera. Hubieran sido las primeras elecciones sin la presencia de la UCR.
PARTIDOS VS. CORPORACIONES: Hombre de la transición alfonsiniana fue protagonista de las luchas marcadas por la contradicción democracia-dictadura, que en el terreno lidiaban por fortalecer los partidos como expresiones de la soberanía popular ante la feroz presencia de las corporaciones, militar, religiosa y económicas. Por eso, la capitulación de Gualeguaychú lo encontró en la vereda de enfrente, a su estilo, pero no por ello menos decidido. La expulsión de su hija por seguir sus principios fue una herida que se llevó sin cerrar. Empezar a recordarlo como un simple “conciliador” es un paso para olvidar su verdadera significación en el radicalismo misionero. Fue un luchador. Ya a principios de los 90 advirtió la crisis que hizo estallar las tradiciones partidarias en 2001. En un recordado discurso pronunciado en el Teatro Español describía la naturaleza de esa crisis que tenía un nudo en la tendencia de los partidos a cerrarse sobre sí mismos. Marcaba los defectos de lo que se denomina partidocracia. Las sucesivas derrotas electorales fueron alertas para la conformación de un círculo cerrado integrado por pocos dirigentes en defensa de cargos y de los negocios políticos. La respuesta de Losada fue la creación del Movimiento Amplio de Participación, Mapar, intentando abrir un espacio de confluencia de las agrupaciones internas. Entonces la UCR, que respondía a la dirección unívoca de Cacho Barrios, sufría periódicas rebeliones que eran sofocadas con fraudes y el manejo antojadizo de la Carta Orgánica, de los padrones y la ocupación de los tribunales como el inquisidor que debe pronunciarse por la moral de los dirigentes. En esos años apareció también la Línea Itapúa, que si bien era expresión de un amplio sector de afiliados, se movía en la frontera de la antipolítica por el estilo cuasi anárquico de su referente, Tulo Llamosas, que lograba más adhesiones de los sectores independientes que al interior del radicalismo.
UN HOMBRE DE PARTIDO: ¡Había que mantener el partido unido en esas rencillas!, las más de las veces promovidas por los egos e intereses personales. Mario Losada lo lograba, pero cediendo. El “jefe” de los Verdes le jugaba siempre al extremo, con hechos consumados y trampas. Lograba ponerlo en la disyuntiva de denunciar las maniobras o ceder. Mario cedía para mantener el partido unido. Y salía a poner paños fríos a los perjudicados, justificadamente enojados. No se sabe cómo, pero lograba pacificar los ánimos. De allí lo de conciliador. Pero, hay que reiterarlo, consensuaba para sostener el partido como instrumento institucional de participación de los ciudadanos. Cedía hacia adentro para no ceder ante el poder real. Tuvo cargos públicos para los que fue siempre electo desde 1983 hasta el 2005, pero no se convirtió ni en yerbatero, ni en forestador, ni en fabricantes de muebles. No se dejó tampoco tentar por las internacionales políticas europeas para abrir fundaciones u otras organizaciones no gubernamentales. Fue un hombre de partido. Entonces, cuando se habla de “conciliador” se puede caer en el error de considerar el término como una categoría relativamente simple, lo cual realmente no lo es. Dicho así, por correligionarios que se benefician con el statu-quo, se muestra como un concepto indeterminado, sin contenido. Para entenderlo no se puede disociar la conciliación del discurso losadiano, en el cual las relaciones de poder, al interior del partido y en el Senado, donde lo desarrolló, cobran un grado de significación más preciso. Losada no era un “conciliador” sin significación. Su praxis y su discurso estaban firmemente ligados a las demandas partidarias y sociales. Lejos estaba hoy de entender la alianza de la UCR con Macri. Recordando las luchas contra el régimen, que tuvo a don Mario en las trincheras combatiendo a la dictadura de Uriburu, con tristeza presagiaba el fin de un ciclo.

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