
Uno de los primeros textos que componen este libro, que acaba de publicar la cooperativa Superficie, se llama Quedarse en casa y el protagonista, lejos de permanecer en su hogar, se sienta a tomar algo, en el bar que funcionaba en el Club Unión, e “intenciona” brinda al aire, en soledad, por el futuro de cierta actriz y del teatro posadeño en general. Igual brindis vale este libro para intencionar que la literatura misionera de calidad, si existe, se promueva, no se quede en casa y logre difundirse como logró Sergio Alvez.
En todo el texto circulan palabras, usos lingüísticos y temas arriesgados, innovadores, pocos propios del canon, como el uso del verbo intencionar. Clamor de siesta larga es una instantánea de ese oasis de zombies que es la siesta misionera, remite a Carver, así como el texto Chivato, sobre sus raíces que crecen circundando una tumba y la repetida observación de la esposa en tono de reclamo, remite a Quiroga. Siempre es mejor, capaz inevitable, que aparezcan en la mente del lector otros buenos escritores, sin abrir inoportunas comparaciones, simplemente porque los mejores libros son esos que hacen levantar la mirada entre párrafo y párrafo y pensar mirando al vacio. ¿Qué verdadero lector no recuerda, al levantar la mirada, viejas lecturas? Esa levantada de cabeza es como la meditada del sanador del cuento Valle adentro, y conlleva, favorablemente, a meditar sobre el uso de la palabra meditada en vez de meditación; a intencionar, en esa meditada, que se escriban más cuentos como Aparición de tito Ordoñez o la prosa sucia de Ni maíz paloma; y que los literatos de la región aborden a los mitológicos como al kurupí que pide una Rima. Para conocer Misiones, sus leyendas, sus costumbres, su pueblo, su idioma, su paisaje, lea este libro. Para conocer sobre árboles, lea este libro: orbitan quebrachos, lapachos, eucaliptus, guayubiras, robles, inciensos. Árbol de todos los suelos es un poema en prosa imperdible para leer bajo un árbol o para quedarse en casa.
En el texto Niebla, el mismo narrador se adelanta y roba las palabras para una adecuada exégesis cuando dice “me gusta todo aquello que no implique la repetición inacabable del protocolo humano”. Libro valiente, heterogéneo y al final, libro de misterio para quienes esperaban encontrar, en el último relato, que da nombre al libro, al Urú, a un exótico pájaro que transita el verde paisaje. No es tan así. No hay pájaro, no hay bucolismo, no hay final feliz. Esa agradable sorpresa torna irónica la tapa (la de la primera edición, cuyo diseño es un pájaro colorido) para no olvidar que la belleza de la fauna de nuestro entorno esconde la crudeza de un submundo de explotación.
Por Santiago Morales
