Mario murió hoy. Referente de una generación que forjó el oficio en la calle y en la redacción, dejó una huella decisiva en el diario El Territorio y en la vida pública misionera, con una mirada crítica, independiente y comprometida con la interpretación rigurosa de la realidad y la defensa del debate de ideas.

Por Iván Ortega

Viernes 17 de abril de 2026. Docente, periodista y hombre de redacción, formó parte de una generación que atravesó el cambio del papel a lo digital sin perder el oficio. Falleció hoy. Fue compañero de trabajo de mi padre. En 2006 le tocó despedirlo. Hoy, el turno es otro.
Hubo un tiempo en que escribir no era reaccionar, sino sostener. Y en ese tiempo se formó Mario Wilde.
Su muerte no cierra solo una trayectoria personal. Señala, también, el repliegue de una forma de ejercer el periodismo en Misiones: la de quienes aprendieron el oficio cuando cada línea tenía consecuencias, y cada edición se jugaba, entera, en una hoja de papel.
Wilde integró esa generación. La de las redacciones donde la noticia se pensaba antes de publicarse, donde la corrección era previa, no posterior, y donde lo escrito debía sostenerse sin posibilidad de rectificación inmediata. Era un tiempo más lento, sí, pero también más exigente.
Ahí se formaron.
Ahí trabajaron.
Y, a diferencia de otros, no quedaron detenidos en ese mundo.
Wilde fue parte de la transición. Vio cómo la tecnología alteraba los ritmos, cómo la velocidad desplazaba a la pausa, cómo la lógica digital modificaba, incluso, la jerarquía de lo noticioso. No todos atravesaron ese cambio con la misma consistencia.
Él sí.
No desde la adaptación superficial, sino desde algo más difícil de sostener: el criterio.
No era un periodista ornamental. Tampoco buscaba agradar. Había en su manera de decir una firmeza que podía resultar áspera, pero que nunca caía en la vaciedad. Esa forma directa —sin rodeos, sin concesiones— es la que hoy, a la distancia, adquiere valor.
En la redacción, ese carácter también se filtraba en los detalles. Mientras muchos resolvían su apellido con un apuro fonético —“Wilde”—, mi padre insistía, siempre, en pronunciarlo “Waild”. No era una corrección académica. Era, en todo caso, una forma de reconocer al otro en su singularidad, incluso en lo mínimo.
Son escenas menores. Pero, en el periodismo, muchas veces, lo que define a una generación no son los grandes títulos, sino esos gestos.
Como también lo fue aquella escena en mi casa, en una de las reuniones que organizaba mi madre, Numy Silva y que convocaban a buena parte de la prensa misionera. Una fiesta de disfraces cuya consigna había sido levantada a último momento. No todos recibieron el aviso.
Wilde y su esposa llegaron disfrazados.
No hubo corrección, ni incomodidad exagerada. Sostuvieron la situación con naturalidad. Sin explicaciones. Sin necesidad de acomodarse.
Ese tipo de escenas, con el tiempo, dicen más que cualquier definición.
En 2006 le tocó escribir sobre mi padre. Lo hizo con la sobriedad de quien conoce el oficio y no necesita subrayarlo.
Hoy la escena se invierte.
Pero no se trata de repetir aquel gesto, ni de responderlo.
Se trata, en todo caso, de señalar lo que queda.
Y lo que queda no es solo el recuerdo personal. Queda una forma de entender el periodismo, en un momento donde esa forma ya no es predominante.
Porque Wilde perteneció a una generación que no solo sobrevivió a los cambios: los atravesó, sin perder su eje.
Eso —en estos tiempos— no es poco.