Desde la revolución de 1959 hasta hoy, el turismo fue el eje de la economía cubana y el campo de disputa con Estados Unidos. Un recorrido por las etapas del sector muestra cómo las decisiones de Washington moldearon —y ahora amenazan con destruir— la principal fuente de divisas de la isla.

Cuando Donald Trump declaró en 2025 que Cuba «está lista para caer», no hablaba solo de política: hablaba de aviones que no llegan, de hoteles vacíos y de una economía que depende del turismo internacional para sobrevivir. La historia de cómo Cuba construyó ese sector durante más de un siglo —desde la Ley Seca norteamericana hasta el «deshielo» de Obama y el embargo de Trump— es también la historia de una vulnerabilidad estructural que hoy se vuelve casi terminal.

Primera parte: El turismo en Cuba

Por Oscar Alejandro Degiusti, docente y licenciado en Turismo

Lunes 20 de abril de 2026. Lo que compartimos constituye un artículo dividido en dos partes, por cuestiones de extensión y a los fines de una mejor exposición del tema. Este artículo completo persigue el objetivo de comprender algunas de las variables, condicionantes y responsabilidades locales ante una crisis casi terminal del turismo en Cuba.
Antes de emprender el viaje, es interesante apelar a la memoria trayendo a colación un artículo de la Universidad estadounidense de Harvard del año 2005 que repasó los episodios en los que Estados Unidos intervino en América Latina para cambiar gobiernos, concluyendo que de 1898 a 1994 eso había ocurrido en 41 ocasiones: una vez cada 28 meses.
En esta primera parte analizamos el proceso de desarrollo del turismo en la isla, utilizando una tipología que permite comprender el proceso desde antes de la revolución cubana hasta nuestros días. Luego intentaremos responder por qué Trump ataca a Cuba con características hasta deshumanizantes.

Nadie lo imaginaba en las aulas
Corría la segunda mitad de la década del 80 y estudiaba turismo en la Universidad Nacional de Misiones. Una de las unidades obligadas de Introducción al Turismo refería a los efectos e impactos que la actividad podría tener en los ámbitos económico, ambiental y sociocultural. En la clase de «servicios turísticos» se abordaban los medios de transporte y cómo el avión constituía el transporte esencial para movilizar el turismo internacional hacia los destinos. Los ejemplos de que una guerra reconfiguraba el movimiento turístico en el núcleo y en la zona de influencia de la misma eran parte de las clases. Y, por otro lado, que lleguen aviones o no a un lugar se debía más bien a decisiones empresariales y no a decisiones personales.
Aún estábamos en plena Guerra Fría y, si bien el neoliberalismo se encontraba en las gateras, próximo a salir y a derrotar al Estado de Bienestar, ya había síntomas de una metástasis causada por las deudas internas y los déficits fiscales de los países. Cuba ya era una nación socialista desde 1959 y afrontaba sanciones de todo tipo por parte de Estados Unidos.
Volviendo a las clases, ningún ejemplo que recuerde sobre los impactos abarcaría a la totalidad del planeta. Y allí llegó el año 2020 con la pandemia de coronavirus, que inmovilizó todo el turismo mundial. Con ello, entre otras cosas, aprendimos que sin transporte no hay turismo; que sin turismo se resienten las economías de muchos países, principalmente si dependen de él para el ingreso de divisas; y que el transporte necesita combustible para poder funcionar.
Tampoco nadie imaginaba, que yo recuerde, que la decisión de un presidente condicionara totalmente el movimiento turístico hacia un destino, incluso uno con el desarrollo de Cuba. Claro, todo esto si olvidamos que el turismo es un vector del sistema capitalista, pero eso lo veremos más adelante.

Cuba
Inmediatamente después de que Donald Trump acordara la continuidad institucional de Venezuela mediante la presidencia de Delcy Rodríguez, declaró que «literalmente Cuba está lista para caer» y que haría felices a «muchos cubanoamericanos excelentes». Cuba no tiene petróleo como Venezuela o Irán, pero la obsesión de Estados Unidos tiene raíces ideológicas, de revancha histórica y también comerciales.
Para reconstruir la evolución del contexto cubano poniendo el foco en la actividad turística, hemos adoptado la tipología de etapas sugerida por autores como Chávez y Cerdán, porque permite entender más apropiadamente el crecimiento del turismo y su importancia dentro de la economía de la isla.

Periodo Prerrevolucionario (1902-1958)
La economía de Cuba antes de la revolución se asentaba en el cultivo del azúcar, el tabaco y el turismo. Los historiadores consideran que es a partir del 8 de agosto de 1919, cuando se crea la Comisión Nacional para el Fomento del Turismo, que queda institucionalizada la actividad como sector económico en la isla.
Ya para el período 1924-1925, el 36% del turismo en el Caribe tenía como destino a Cuba, favorecida por la cercanía a Norteamérica, la implementación en Estados Unidos de la denominada Ley Seca —que prohibía la fabricación, venta, importación y exportación de bebidas alcohólicas desde el 17 de enero de 1920 hasta el 5 de diciembre de 1933— y los niveles de salubridad comparados con los de otras islas.
Con el correr de las décadas, La Habana se convirtió en el lugar predilecto de juego y prostitución de los sectores adinerados de La Florida. Hacia 1958 aumentaron las inversiones hoteleras y se mejoró la conectividad entre La Habana y Varadero, las dos ciudades turísticas más importantes. Es central resaltar que, ante las dificultades que presentaba la Ley Seca para las familias mafiosas de Estados Unidos, muchas de ellas se trasladaron a Cuba, controlando el juego, la prostitución y el tráfico de drogas en connivencia con la cúpula del gobierno de Batista y grupos de la oligarquía cubana, aunque sin inmiscuirse formalmente en asuntos de gobierno.
El crecimiento del turismo queda elocuentemente ilustrado en los números: de 166.000 turistas recibidos en 1950 se pasó a 275.000 visitantes en 1957. Y como resultado de ese conjunto de ventajas, hacia 1959 el 87% del total de visitantes eran norteamericanos.

Primer Período Revolucionario (1959-1976)
El 1 de enero de 1959 triunfó la Revolución Cubana tras derrocar al dictador Fulgencio Batista, quien huyó del país. Este acontecimiento fue el inicio de un gobierno que transformó la estructura política, social y económica de la isla: la Reforma Agraria, las nacionalizaciones de tierras y empresas, las nuevas alianzas con la Unión Soviética y los conflictos con la oligarquía cubana marcaron la nueva etapa.
El 20 de noviembre de 1959 se creó el Instituto Nacional de la Industria Turística (INIT), a cuya cabeza se colocó Fidel Castro, que implementó una política turística con una matriz totalmente diferente al modelo que se venía explotando. Por un lado, en sintonía con el nuevo contexto, se nacionalizaron los hoteles ligados al juego y a la mafia; por otro, se impulsó el turismo nacional mediante la baja de precios y la construcción de nuevos alojamientos. Así, los cubanos pudieron tener libre acceso a todas las playas, que se encontraban parcialmente privatizadas.
En paralelo, a partir de los años 60 y ante las sanciones de Estados Unidos, el turismo internacional fue cayendo en picada. La década del 70 se caracterizó por la llegada de grupos de turistas canadienses y latinoamericanos movilizados por razones políticas y de solidaridad, además del aumento de visitantes provenientes de la Unión Soviética y Europa Oriental.

Segundo Período Revolucionario (1977-1993)
En 1977 se creó el Instituto Nacional de Turismo y Recreación (INTUR) para continuar con el fomento del turismo nacional y el aumento lento del turismo internacional iniciado en el período anterior. En 1982 se aprobó el Decreto Ley 50, que reguló la asociación económica entre entidades cubanas y extranjeras, y a partir del cual surgieron empresas mixtas como la Corporación Cubacán de Comercio Exterior y Turismo en 1987 y el Grupo Gaviota S.A. en 1988, con el objetivo de comenzar a captar el turismo internacional.
El crecimiento del sector fue sostenido: de 96.600 turistas internacionales en 1978 se pasó a 275.000 en 1989, y en 1990 Cuba ya recibía el 30% de todo el turismo caribeño.
El 26 de diciembre de 1991 se produjo la desintegración de la Unión Soviética y con ella la caída del campo socialista. Esto representó un golpe muy duro para la economía de la isla, que dependía mayormente de la ayuda y los subsidios de esa potencia. Este nuevo e inesperado contexto llevó a ver al turismo no ya como una actividad complementaria, sino como la opción para la recuperación económica, razón por la cual se invirtió en infraestructura y equipamiento turístico y se estimuló el ingreso de capitales extranjeros en la actividad.

Tercer Período Revolucionario (1994-2009)
El 21 de abril de 1994 se creó el Ministerio de Turismo de Cuba, que continúa vigente, como señal de que se intensificarían los esfuerzos para captar al turista internacional. Ya en 1995, el turismo superaba a la industria del azúcar como principal fuente de ingresos.
Para este período, el sector de alojamientos se había triplicado: el 89% del total de habitaciones era propiedad del Estado cubano y el 11% restante correspondía a asociaciones al 50% con compañías extranjeras. En el contexto del Caribe, una de cada seis habitaciones de la región estaba en Cuba.
El turismo dejó de ser visto como un elemento perjudicial para el modelo socialista cubano y el patrón de desarrollo adoptado fue el «todo incluido» de sol y playa. Un modelo que ofrece ganancias en el corto plazo, pero a riesgo de perder competitividad ante la estandarización de servicios, sin lograr diferenciarse del resto de los destinos caribeños.

Cuarto Período Revolucionario (2009 hasta la actualidad)
Esta etapa concentra varios acontecimientos trascendentales. En 2008 se eliminó la prohibición por la cual los cubanos no podían hacer uso de las instalaciones turísticas comercializadas en divisas para el turismo internacional. En sintonía con esa apertura, en 2009 se habilitó la incorporación de casas particulares a la oferta de alojamientos. El año 2012 registró un total de 2.838.652 visitantes, cifra récord para la isla.
En 2014, Barack Obama y Raúl Castro, presidentes de Estados Unidos y Cuba respectivamente, firmaron un acuerdo conocido como el «deshielo cubano», que restableció relaciones diplomáticas. Entre sus puntos centrales se destacaron la flexibilización de los viajes, la ampliación de los límites a las remesas y la autorización para vender algunos materiales a empresas privadas cubanas, además de otros compromisos políticos y comerciales.
En 2015, con la mirada puesta en la potencialidad del turismo internacional para la captación de dólares, se actualizó la estructura del Ministerio de Turismo incorporando nuevas funciones y responsabilidades.
Sin embargo, el 9 de noviembre de 2017, ya con Donald Trump en la presidencia de Estados Unidos, se restablecieron —con mayor dureza— las sanciones y restricciones para los viajes a Cuba. El demócrata Joe Biden asumió la presidencia el 20 de enero de 2021 tras derrotar a Trump en las elecciones de noviembre de 2020. Biden continuó con las sanciones a Cuba, aunque el tema no ocupó un lugar prioritario en su agenda. En las elecciones de noviembre de 2024, Trump derrotó a la candidata demócrata Kamala Harris y asumió nuevamente la presidencia el 20 de enero de 2025. Cuba y su régimen socialista volvieron a quedar en el centro de la mira.

¿Y ahora, por qué Cuba?
Cuba es territorialmente una isla y, por lo tanto, el turismo internacional depende casi exclusivamente del transporte aéreo. Y los aviones dependen, hasta ahora, de los combustibles fósiles, al igual que parte del sistema eléctrico que sostiene el funcionamiento del alojamiento, la gastronomía, el esparcimiento y el transporte interno.
Surge entonces una pregunta inevitable: ¿por qué Cuba, si no tiene petróleo, es un objetivo casi obsesivo para Trump en su propósito de derrocar al gobierno?
Son varios los motivos. Primero, la necesidad de resguardar lo que Washington interpreta como su patio trasero frente a influencias comunistas y, más puntualmente en la actualidad, frente a la presencia de China. Segundo, el deseo de revancha: al momento de la revolución, las empresas que se nacionalizaron —refinerías de petróleo, la industria azucarera, la compañía telefónica, bancos, hoteles, casinos— eran en su mayoría propiedad de norteamericanos. A eso se suma el fracaso de la invasión en Bahía de Cochinos en 1961 y los reiterados intentos fallidos de la CIA de asesinar a Fidel Castro. También en 1961, el presidente Kennedy impuso un embargo total a Cuba, impidiéndole comprar cualquier producto en el comercio internacional. Tercero, los deseos de la comunidad de exiliados cubanos radicada en La Florida, de tradición anticastrista, cuyo referente en el actual gobierno es Marco Rubio —hijo de padres exiliados antes de la Revolución Cubana—, quien ocupa los cargos de Secretario de Estado y Asesor de Seguridad Nacional en la administración Trump.
Como podemos deducir, los motivos son múltiples. Si hay o no petróleo es, en este caso, lo de menos.
En la segunda parte nos centraremos en las estrategias históricas y las tácticas actuales del imperio para estrangular a Cuba, la necesaria mirada autocrítica hacia adentro del sistema cubano, la realidad del turismo hoy y unas reflexiones finales.

Fin de la primera parte.