Millones de argentinos analizan formaciones, recuerdan arbitrajes y detectan operaciones en el fútbol con una precisión admirable. Esa misma capacidad crítica rara vez se aplica con igual rigor a la política, el ámbito que define salarios, jubilaciones, educación, salud y el rumbo cotidiano de toda la sociedad.
Por Raúl Puentes
Sábado 9 de mayo de 2026. El fútbol y la política, en la Argentina, son el pan de cada día.
En este país, millones de personas discuten fútbol -donde sea, cómo sea-, con una profundidad que pocas sociedades alcanzan en cualquier otro tema. Conocen trayectorias, estilos de juego, rendimientos, contextos familiares, historias de ascenso y caída. Recuerdan partidos de hace veinte años, formaciones completas, goles decisivos, tácticas y errores de los jueces del campo de juego. No se olvidan nunca del árbitro “bombero”, aquel que según el lunfardo futbolero ayuda a “apagar incendios” de un equipo en problemas, de los penales dudosos, de las expulsiones discutibles, del excesivo tiempo adicional.
El argentino promedio escucha programas deportivos, leen análisis, consumen estadísticas, comparan opiniones y sostienen debates durante horas. El fútbol ocupa tiempo, energía y atención. Y sobre todo ocupa pensamiento.
Ese involucramiento logra también conocimiento acumulado. El típico hincha promedio sabe por qué un jugador rinde en un esquema y fracasa en otro. Entiende cuándo un técnico potencia un plantel y cuándo lo destruye. Puede advertir operaciones mediáticas, exageraciones periodísticas y relatos armados alrededor de figuras infladas. El fútbol genera pasión, y a la vez, con mucha profundidad, genera observación, memoria y contraste de datos.
La política, en la Argentina, despierta una intensidad emocional parecida. Este país vive la política con la misma visceralidad con la que vive el fútbol. Las discusiones familiares, las divisiones sociales y las identidades partidarias muestran ese nivel de pasión, pero sin conciencia de una diferencia enorme: mientras el fútbol moviliza emociones dentro de un juego que termina en noventa minutos, la política organiza la vida real y cotidiana de toda la sociedad.
La política define salarios, jubilaciones, acceso a la salud, a la educación; define trabajo o desocupación, infraestructura, impuestos y oportunidades.
El fútbol altera estados de ánimo. La política altera destinos.
Entonces, resulta llamativo que una sociedad capaz de analizar con detalle el rendimiento de un lateral derecho acepte, muchas veces, discursos políticos sin someterlos al mismo nivel de examen. El hincha exige pruebas. El votante suele conformarse con consignas. En el fútbol, la palabra aislada pierde valor frente a la evidencia del campo de juego. En la política, la puesta en escena reemplaza con frecuencia al dato concreto. La propaganda ocupa el lugar del análisis.
Acá, creo que parte del problema surge de la estructura misma de ambos mundos. El fútbol ofrece resultados visibles y verificables. Cada fin de semana expone rendimientos, aciertos y fracasos. La política opera sobre procesos largos, complejos y muchas veces deliberadamente opacos. Los gobiernos construyen relatos para administrar percepciones. Los medios amplifican climas emocionales. Las redes sociales aceleran reacciones instantáneas y fragmentan la capacidad de análisis.
En ese ecosistema, la discusión pública pierde profundidad y gana superficie.
Aun así, el problema central no está en la pasión. La pasión constituye una fuerza social poderosa. El problema aparece cuando esa energía se divorcia de la información concreta. El argentino demuestra todos los días que posee capacidad para comprometerse emocional e intelectualmente con un tema. El fútbol lo prueba. Lo que falta en la política es el mismo hábito de seguimiento, comparación y memoria.
No hay que perder la capacidad de análisis porque si bien el fútbol, como la política, también funciona como un gran negocio concentrado en pocas manos. La diferencia -entre el negocio del fútbol y el de la política- radica en el impacto colectivo. Un mal campeonato no destruye el sistema educativo, ni pulveriza salarios, ni redefine el acceso a medicamentos. La política sí. Cuando las decisiones públicas favorecen de manera sistemática a grupos económicos reducidos (concentrados o monopólicos), el costo se distribuye sobre millones de personas. Y ahí aparece la dimensión más delicada del problema: sectores enteros de la sociedad votan y discuten desde impresiones fragmentarias mientras las consecuencias materiales de esas decisiones atraviesan toda la vida cotidiana. De todos, de todas. De todes.
La pasión, la discusión, o el conocimiento, de la política (en los simples mortales que somos los destinatarios de sus acciones) debería despertar un compromiso mucho más riguroso que el fútbol, precisamente porque sus efectos alcanzan a todos. Haría falta observar a los dirigentes como se observa a los jugadores: seguir trayectorias, revisar antecedentes, medir resultados, comparar promesas con hechos concretos. Haría falta exigir balances, estadísticas, rendimientos y coherencia con la misma intensidad con la que se exige un buen mercado de pases o una explicación táctica después de una derrota.
La democracia necesita ciudadanos involucrados, pero sobre todo necesita ciudadanos informados. La participación sin análisis deja espacio para la manipulación emocional, el marketing político y las construcciones artificiales de liderazgo. Cada campaña electoral demuestra hasta qué punto enormes sectores sociales consumen slogans con una fragilidad crítica que jamás aceptarían en el fútbol. El hincha sospecha de las operaciones. El votante muchas veces las incorpora como verdad.
Tal vez ahí esté una de las grandes paradojas argentinas. Una sociedad que desarrolló una cultura extraordinaria para leer partidos (deportivos) todavía busca herramientas para leer el poder. Y sin embargo, lo llamativo, es que la capacidad existe. La memoria existe. La pasión existe. También existe el deseo de participar. La política podría transformarse profundamente si ese mismo compromiso cotidiano que hoy se vuelca a una cancha comenzara a trasladarse, con igual intensidad, hacia el control de quienes administran el Estado y toman decisiones sobre la vida de todos.
Y hay que hacerlo, porque la política -así como el fútbol-, es parte de nuestra profunda identidad, porque están en nuestro ADN y son nuestras pasiones.
Ilustración generada con inteligencia artificial.
