Carlos Valenzuela escribe desde una larga trayectoria de militancia peronista y una convicción que sostiene su lectura del presente: la lealtad compromete a la dirigencia con el pueblo. En el aniversario del 17 de Octubre, recupera la memoria de sus compañeros y plantea qué responsabilidad tiene el peronismo frente a los cambios de época.

Por Carlos Valenzuela

Sábado 17 de octubre de 2026. Cada 17 de Octubre me moviliza las emociones más profundas y me sacude la memoria. Recuerdo a los compañeros y las compañeras con quienes compartí tantos años de militancia. Algunos siguen estando; otros ya se fueron. Todos permanecen presentes en una convicción que el tiempo reafirma: la lealtad es con el pueblo.
Cuando lo digo, pienso también en nuestras responsabilidades, sobre todo porque resulta fácil pronunciar esa palabra en un acto y bastante más difícil sostenerla cuando obliga a discutir una decisión propia, a cuestionar a un dirigente cercano o a reconocer que nos equivocamos. Ahí se conoce la consistencia de las convicciones.
A esta altura de mi vida, sigo creyendo en una patria libre, justa y soberana. Me interesa discutir qué hacemos con esas banderas frente a los problemas actuales. Qué significa la justicia social para quien trabaja y apenas consigue sostener su casa. Qué libertad puede ejercer una persona que vive pendiente de la próxima cuenta. Qué decisiones debe tomar un país para que su gente pueda imaginar un futuro acá.
Esas preguntas exigen respuestas políticas. Una familia necesita resolver cómo llega a fin de mes y espera que quienes aspiran a representarla comprendan esa preocupación. Si nuestra conversación empieza y termina en las diferencias entre dirigentes, difícilmente encontremos algo que decirle.
La memoria tiene valor cuando nos ayuda a entender lo que pasa. A mí me devuelve los nombres y las voces de muchos compañeros, pero también me obliga a preguntarme qué estamos haciendo nosotros con aquello que defendimos juntos. Recordarlos supone asumir una responsabilidad con quienes viven hoy y con quienes vienen después.
Por eso creo que el peronismo tiene que discutir sus errores con franqueza. Cada vez que un dirigente pide lealtad, debería explicar a qué decisiones y a qué compromisos la reclama. El acompañamiento político exige razones. La pertenencia a un movimiento tampoco exime a nadie de responder por lo que hace cuando gobierna.
Entiendo que quien recibe una responsabilidad pública tiene que aceptar el cuestionamiento de sus propios compañeros. Debemos poder señalar una injusticia aún cuando la cometa alguien de nuestro espacio. Si callamos por conveniencia, terminamos exigiéndole al pueblo una paciencia que nosotros usamos para conservar posiciones.
Estamos en un mundo que está cambiando mucho y por lo tanto, también tenemos que comprender esos cambios. El trabajo cambia, las formas de producir cambian y las nuevas generaciones construyen sus expectativas en condiciones distintas de las nuestras. Nuestra experiencia puede servir si estamos dispuestos a escuchar pero cuando la usamos para clausurar o cancelar una discusión, les quitamos la palabra y nos privamos de entender.
Actualizar las leyes requiere conocer esas realidades y discutir a quién beneficia cada modificación. Yo voy a mirar siempre qué ocurre con el trabajador: cuánto gana, en qué condiciones cumple su tarea, qué protección tiene si se enferma y con qué horizonte llega a la vejez. Desde ahí juzgo una reforma. La novedad de una propuesta jamás alcanza para justificarla.
La misma exigencia corresponde al Estado. Quiero un Estado capaz de garantizar derechos y de cumplir sus responsabilidades. Defenderlo nos obliga a examinar cómo funciona, a corregir lo que hace mal y a responder ante quien espera una solución. Cada incumplimiento afecta a una persona concreta y debilita la confianza en una herramienta que considero indispensable para construir justicia social.
Nuestro compromiso tiene que expresarse en esas decisiones. El derecho a la salud compromete a quien administra un hospital. La educación pública compromete a quien define sus recursos. La defensa del trabajo compromete a quien decide una política económica. Las convicciones adquieren sentido en el ejercicio de una responsabilidad.
El peronismo necesita recuperar capacidad para convocar. Creo en una construcción nacional amplia, con acuerdos que se puedan explicar y compromisos que se puedan exigir. Para eso hace falta discutir un rumbo antes de repartir lugares. Una coincidencia electoral puede reunir dirigentes; sostener un proyecto de país exige mucho más trabajo y una relación permanente con la sociedad.
Hoy, nuevamente, quiero que podamos hablarles a quienes se alejaron y escuchar las razones de ese alejamiento. También a quienes nunca se sintieron peronistas, pero comparten la aspiración de vivir de su trabajo y de darles una oportunidad a sus hijos. Nadie nos debe su voto por nuestra historia. Tenemos que merecer su confianza con lo que hacemos en el presente.
La permanencia de tantos compañeros y compañeras me conmueve. Hay avances y retrocesos, hay discusiones y desencuentros, y sigue existiendo esa voluntad de encontrarnos cada 17 de Octubre. Para mí, esa pertenencia reclama una tarea: convertir el compromiso en organización y la organización en una propuesta que mejore la vida del pueblo.
Sigo siendo peronista y sigo creyendo que tenemos una responsabilidad por delante. A los compañeros que están y a los que recuerdo les debo la honestidad de decir lo que pienso. A quienes esperan una respuesta de la política les debemos algo más difícil: demostrar, con nuestras decisiones, de qué lado estamos.
Hoy evoco a esa permanencia de millones de Peronistas a lo largo y ancho de la Patria, que están presentes. Son los que mantienen la llama encendida no solo de la liturgia Peronista sino también los que llevan en alto las banderas siempre vigentes de una Patria Libre Justa y Soberana, esa que nos merecemos todos.
No nos han vencido. ¡Viva Perón Carajo!