Nadie lo esperaba. Ni los manifestantes piden disculpas ni los policías lloran. Nunca.

Por Raúl Puentes.

Posadas (Un inolvidable miércoles 22 de marzo). Unos de los policías que estuvo de guardia en la puerta del Instituto Nacional de la Yerba Mate, durante los siete días de la protesta de los productores, se quebró cuando don Mario, aquel viejo alto y desgarbado, se acercó a pasarle la mano y pedirle disculpas por las tensiones de estos días.
El hombre lo miró fijo y sonrió. Quiso agradecer el gesto del colono pero el nudo le vino desde el estómago y solo apretó los labios; apenas controló esas lágrimas traicioneras que delataron sus ojos grandes, y ahora rojos, y le extendió la mano, esta vez con la guardia baja.
Nadie lo esperaba. Ni los manifestantes piden disculpas ni los policías lloran. Nunca.
Se miraron un par de segundos a los ojos, sinceros, reconociéndose –supongo- uno en el otro e intercambiaron una charla tranquila, breve, que nadie se animó a interrumpir. El hombre del uniforme y el hombre del sombrero se sostenían de la mano, reconociendo uno la labor del otro. Lo breve no le quitó lo intenso.
Minutos después, una mujer productora se acercó al mismo grupo de policías apostados en la puerta del Inym y también, en un gesto que pareció de agradecimiento, intercambió palabras con el mismo hombre de azul. Esta vez, él no logró contener las lágrimas y cubrió sus ojos con los dedos de una mano mientras el temblor de su estómago delató la emoción que pretendía disimular. Su compañera, también policía, testigo silenciosa de un momento pocas veces vividos, atinó a contenerlo, tímida, con una evidente sonrisa de satisfacción en los labios.
Alrededor, cientos de productores y tareferos alistaban los bártulos para emprender el regreso. El cronista de esta nota disparó la cámara y tomó una foto un poco contagiado por la emoción del momento. Para distender, miró hacia otro lado, como escapando del cuadro y se topó con otra escena fuerte: un colono, jovencito, quizás tarefero, barría la vereda para dejar todo limpio antes de volver a casa.
Pensó en los gestos que pocas veces se ven y que casi nunca se pueden captar en una cobertura periodística.

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