Son tiempos donde empiezan a socavarse ciertas categorías que venían funcionando normalmente. Por ejemplo, nuestra experiencia en relación con el tiempo; o las que tienen que ver con las certezas y las incertidumbres; hay algo de las estructuras binarias que se están deconstruyendo y van eliminando ciertos límites. Por ejemplo, los límites entre lo productivo e improductivo, o qué es el afuera y qué es el adentro. Esas estructuras, en estos tiempos, empiezan a colapsar y nos exigen repensar, más metafóricamente, qué es estar confinado, a pensar simbólicamente sobre el confinamiento más allá del confinamiento material.

Viernes 14 de mayo de 2021. En tiempos oscuros como los actuales, la filosofía suele ser la grieta por donde se cuela la luz. Quizás por ello, las ciencias demandan filósofos por sus experiencias en el análisis de teorías y su consistencia lógica. También los demanda la alta política, por su visión holística de la sociedad y la realidad.
Desde el análisis, la investigación y los estudios filosóficos sobre los grandes problemas contemporáneos se puede responder mejor a los desafíos que enfrenta la humanidad, sobre todo para la pospandemia, todavía lejana.
Por ahora, con la vigencia del coronavirus y su crisis sanitaria, los filósofos están en las preguntas inteligentes antes que en las respuestas tranquilizadoras.
Tomamos en esta editorial las palabras del mediático filósofo argentino Darío Sztajnszrajber que cree que una de las claves filosóficas para pensar el actual confinamiento pasa por no romantizar el pasado y, por lo tanto, tampoco romantizar el futuro. Esta idea –dice- de que este mientras tanto que está sucediendo es una especie de insert que, en algún momento, puede terminar y entonces vamos a volver todos a febrero de 2020, y a que la vida continúe, supone no generar una indagación y un cuestionamiento filosófico sobre lo que había antes y qué suponíamos antes que iba a venir después. Porque si algo genera esta pandemia -el acontecimiento- en el que estamos ahora inmersos es a replantearnos de fondo, a socavar fuertemente las estructuras y formatos que venían constituyendo el sentido de lo cotidiano. Entonces, la romantización del pasado o del futuro lo que busca es minimizar esto que estamos viviendo.
Pero la filosofía advierte con “la forma del acontecimiento”, algo que genera un desplazamiento no en los contenidos, sino en las formas en las que veníamos viviendo. En ese sentido, empiezan a socavarse ciertas categorías que venían funcionando normalmente. Por ejemplo, nuestra experiencia en relación con el tiempo; o las que tienen que ver con las certezas y las incertidumbres; hay algo de las estructuras binarias que se están deconstruyendo y van eliminando ciertos límites. Por ejemplo, los límites entre lo productivo e improductivo, o qué es el afuera y qué es el adentro. Esas estructuras, en estos tiempos, empiezan a colapsar y nos exigen repensar, más metafóricamente, qué es estar confinado, a pensar simbólicamente sobre el confinamiento más allá del confinamiento material.
La cuarentena busca la prevención y la interrupción del contagio. Pero la filosofía nos permite repensar la idea de confinamiento, desde el punto de vista simbólico. Paul Preciado dice que, de algún modo, ya existía una predisposición social a este tipo de formas de reordenamiento social, porque ya existían previamente maneras de confinamiento que tienen que ver con los disciplinamientos sociales, con los modos en que nos concebimos como individuos a nosotros mismos.
-¿Molesta ese reordenamiento, por ejemplo, a determinado establishment? Le preguntan.
Darío responde: -Hoy vivimos en una incertidumbre que no nos permite vislumbrar hacia dónde puede dirigirse lo que hoy está pasando. Está claro que estamos viviendo una suerte de “mientras”, de “durante”, una experiencia del tiempo diferente a lo que estamos acostumbrados, porque la idea de tiempo lineal está colapsada. Entonces, estamos en una cierta espera. Y se trata de una espera que si la unimos con cierta proyección, obviamente contamina lo que sea. Le parece al filósofo argentino que la espera, lo que tiene de angustiante, es su relación con la incertidumbre. Las posibilidades de resolución son varias y son muy antinómicas. En ese sentido, cree también que a todos nos molesta lo que estamos viviendo y que no saldremos indemne de esta situación. Lo que podemos hacer es que mientras padecemos el confinamiento, primero no dejar de analizar y visualizar todas las relaciones conceptuales que genera con formas de conocimiento de nosotros mismos, de lo social, de lo político. Esto es clave para no reducirlo únicamente a una cuestión médico-institucional. Porque eso sería hasta decretar, incluso en el mal sentido del término, la inutilidad de las ciencias sociales. Bienvenidas las ciencias sociales para indagar acerca de todos esos otros aspectos que, en general, en el discurso de los medios se solapan porque se visualiza sólo una única variable, que tiene que ver con cuarenta sí o cuarentena no.
Pero ello no excluye a todo el resto.
El filósofo cree que esta pandemia/cuarentena es una oportunidad para ir a fondo con ciertas discusiones teóricas y filosóficas que, tal vez, en el mundo prepandémico las teníamos muy dentro del conjunto de las potencialidades y se veían como metáforas.
Pero este tiempo es, claramente, el fin de la metáfora.