¿Por qué Milei necesita a la Scaloneta más de lo que la Scaloneta necesita a Milei?
Jueves 18 de junio de 2026. El debut de la Selección Argentina en el Mundial 2026 abrió una nueva temporada de ilusión colectiva. Como ocurrió en cada Copa del Mundo desde hace décadas, el fútbol volvió a ocupar el centro de la conversación pública. Sin embargo, esta vez existe una pregunta política inevitable: ¿puede el Mundial desplazar las preocupaciones económicas y los conflictos que enfrenta el gobierno de Javier Milei?
Los primeros indicios sugieren que no.
Una encuesta nacional de Giacobbe Consultores mostró que la inmensa mayoría de los argentinos mantiene sus preocupaciones económicas incluso durante el desarrollo del Mundial. Según ese relevamiento, el 46,9% afirmó que el torneo lo distrae parcialmente, aunque sin dejar de pensar en los problemas del país, mientras que otro 37,9% sostuvo que directamente no se olvida de ellos. En conjunto, el 84,8% continúa concentrado en las dificultades cotidianas más allá del evento deportivo. Además, otro estudio de la misma consultora reveló que el 48,8% preferiría una mejora económica antes que una nueva consagración mundialista de la Selección.
Los datos adquieren relevancia porque llegan en un contexto complejo para la Casa Rosada. Las encuestas recientes de Giacobbe muestran un deterioro en la imagen del Gobierno, una percepción económica predominantemente negativa y una creciente asociación entre la gestión libertaria y la palabra «corrupción», que apareció como la definición más repetida por los consultados al describir al oficialismo. Más de la mitad de los encuestados considera que lo peor de la crisis todavía está por venir.
En paralelo, Manuel Adorni aparece como uno de los dirigentes con mayores niveles de rechazo dentro del oficialismo, mientras persisten controversias políticas y judiciales que mantienen abierto un frente de desgaste para el Gobierno.
La historia argentina ofrece antecedentes que invitan a la prudencia frente a la idea de que un triunfo futbolístico puede garantizar estabilidad política.
La experiencia de 1978 suele ser citada como el ejemplo clásico del intento de utilización política del fútbol. La dictadura militar encontró en la organización y conquista de aquel Mundial una oportunidad para mejorar su imagen interna y externa. El éxito deportivo produjo una fuerte movilización popular y generó un clima de euforia nacional.
Sin embargo, la victoria no modificó los problemas estructurales del régimen. Menos de un año después comenzaron a profundizarse las tensiones internas entre los sectores militares, crecieron los cuestionamientos al modelo económico de José Alfredo Martínez de Hoz y la CGT lanzó en abril de 1979 el primer paro general contra la dictadura. El campeonato no evitó el desgaste político. Apenas lo postergó en la conversación pública durante un tiempo limitado.
La experiencia de 1986 resulta igualmente reveladora. Argentina conquistó el Mundial de México con Diego Maradona como figura excluyente. Raúl Alfonsín transitó entonces uno de los momentos de mayor legitimidad de su presidencia. Sin embargo, apenas un año más tarde el radicalismo sufrió una dura derrota en las elecciones legislativas y perdió distritos estratégicos, entre ellos la provincia de Buenos Aires y Misiones.
La euforia futbolística tampoco alteró la trayectoria de los problemas económicos ni las dificultades políticas que enfrentaba el gobierno democrático.
La historia más reciente ofrece otro caso llamativo. La Selección obtuvo el título en Qatar en diciembre de 2022. Pocas veces un triunfo deportivo generó semejante nivel de adhesión emocional. Sin embargo, menos de un año después el oficialismo perdió las elecciones presidenciales y el peronismo abandonó el poder nacional.
El patrón se repite. Los mundiales pueden modificar el estado de ánimo. No suelen modificar las condiciones materiales que terminan definiendo el comportamiento electoral.
La explicación es relativamente sencilla. El fútbol produce emociones intensas, pero temporales. La inflación, el empleo, los salarios, las tarifas y el consumo forman parte de la experiencia cotidiana. Cuando las dificultades económicas se instalan durante períodos prolongados, terminan imponiéndose sobre cualquier estímulo externo, incluso sobre el acontecimiento deportivo más importante del planeta.
Por eso la encuesta de Giacobbe adquiere una relevancia particular. Lo que muestra no es simplemente una preferencia deportiva. Expone una jerarquía de preocupaciones. Los argentinos pueden celebrar un gol de Lionel Messi, emocionarse con una clasificación o ilusionarse con una nueva estrella. Pero al mismo tiempo siguen observando los precios del supermercado, el valor de los servicios y las perspectivas de su economía familiar.
El Gobierno probablemente necesite una Selección ganadora para mejorar el clima social. Lo que los números indican es que ni siquiera una gran actuación de la Scaloneta alcanzaría para resolver los problemas políticos de fondo.
La lectura hacia adelante exige cautela. Si Argentina avanza en el Mundial, es probable que aumente la atención pública sobre el torneo y que el fútbol domine la agenda durante algunas semanas. Eso ocurrió siempre. Pero la experiencia histórica demuestra que los campeonatos del mundo tienen una capacidad limitada para alterar procesos políticos ya en marcha.
La dictadura ganó el Mundial y siguió desgastándose. El país de Alfonsín ganó el Mundial y este perdió las legislativas. La Argentina peronista de 2022 ganó el Mundial de Qatar y perdió la presidencia.
El dato constante es otro: cuando llega la hora de votar, los ciudadanos suelen evaluar gobiernos y economías. Los campeonatos quedan en la memoria colectiva. Las urnas, en cambio, suelen reflejar la realidad cotidiana.
Esa es la noticia que probablemente menos quiera escuchar Javier Milei mientras le reza a la Scaloneta.

