El fútbol profesional se volvió una industria global atravesada por marcas, contratos y algoritmos, mientras en su base persiste una práctica comunitaria que todavía organiza identidad, pertenencia y vida social. Entre la élite y el potrero se abre una distancia cultural cada vez más profunda: arriba, el espectáculo financiero; abajo, el juego como experiencia humana. En ese contraste, el fútbol conserva su núcleo simbólico en los barrios, donde la pelota sigue siendo vínculo, aprendizaje y forma de encuentro, ajena a la lógica de la rentabilidad.

Por Raúl Puentes

Miércoles 24 de junio de 2026. Preguntar si todavía juegan al fútbol quienes ocupan la cima del fútbol mundial quizás sea la pregunta más incómoda del deporte contemporáneo. Esta inquietud no apunta a la calidad técnica porque nunca hubo atletas tan preparados, tan veloces, tan monitoreados por -al menos- algoritmos, nutricionistas, psicólogos, preparadores físicos y equipos médicos. El problema es que, en algún punto del camino, el fútbol dejó de ser solamente un juego para convertirse en una industria global de entretenimiento valuada en miles de millones de dólares.
Y cuando una actividad se transforma en una industria de semejante magnitud, las reglas del mercado comienzan a imponerse sobre las reglas de la cultura. Y sobre todo, sobre las reglas del juego y los códigos que manejan los seres humanos.
Las grandes estrellas ya no pertenecen a los clubes y mucho menos a sus barrios. Son la propiedad privada de marcas, fondos de inversión, patrocinadores, plataformas digitales y contratos publicitarios. Sus cuerpos son activos financieros. Sus palabras son productos cuidadosamente administrados por departamentos de marketing y a veces de comunicación. Sus opiniones atraviesan filtros comerciales antes de llegar al público. En realidad, sus opiniones se banalizan tanto que parece que solo pueden pensar en torno al fútbol o a las modas. Y en nada más.
Por eso resulta cada vez más difícil encontrar en las élites deportivas figuras capaces de incomodar al poder, discutir injusticias o involucrarse en conflictos humanos que excedan sus propios intereses. El futbolista globalizado suele ser una celebridad perfectamente entrenada para no decir nada; para no entender o para fingir demencia frente a los problemas de ese pueblo que los legitiman como estrellas.
Y esa posición adoptada no siempre quiere decir que carezcan de sensibilidad. Probablemente muchos la tengan. Pero el sistema premia el silencio y castiga la disidencia. Un patrocinador puede tolerar una derrota deportiva pero rara vez va a tolerar una posición política, social o ideológica que afecte negocios; a veces juega también la autocensura: «mejor no digo, no pienso, no sea cosa que a YPF, Gillette, Nike, Adidas, Puma, Pepsi, Mercado Libre o MasterCard (y otras marcas) no les guste y pierdo contratos».

Los cuerpos de los futbolistas de élite son activos financieros


¿Qué vemos entonces? Vemos una generación de íconos mundialmente famosos y simultáneamente desconectados de las realidades que alguna vez los formaron.
Paradójicamente, mientras el fútbol profesional se aleja de sus raíces, el juego sigue sobreviviendo exactamente donde nació: en los barrios, en la canchita de tierra donde dos latas o dos piedras hacen de arco; sigue en la esquina donde los chicos juegan hasta que oscurece.
Sigue en el potrero, una palabra profundamente argentina. El potrero no es solamente un espacio físico sino una escuela social, donde se aprende a convivir con reglas imperfectas, a negociar conflictos, a soportar derrotas, a compartir liderazgos, a integrar al más chico, al más lento o al menos habilidoso. Allí no existe el VAR, ni los millones, ni las campañas de marketing. Allí existe lo más elemental que es el encuentro humano.
El sociólogo francés Pierre Bourdieu sostenía que los deportes expresan estructuras sociales. Mirar el fútbol actual bajo esa perspectiva resulta revelador. En la cúspide aparece un espectáculo global atravesado por el consumo, la publicidad y la rentabilidad, con seres insensibles. En la base subsiste una práctica comunitaria que todavía conserva valores culturales, afectivos y territoriales.
Esos dos mundos utilizan la misma pelota, pero cada vez hablan idiomas diferentes. En esos mundos de contrastes se producen contenidos frente a pertenencia; uno fabrica celebridades mientras el otro construye identidad; uno vende emociones mientras que el otro las vive.
Quizás sea el peso de esos contrastes que logre que -todavía- millones de personas sigan enamoradas del fútbol incluso cuando desconfían cada vez más de su negocio.
Porque el amor hacia el juego y la ilusión de las victorias por tantas guerras perdidas no está, no estuvo nunca, en los contratos televisivos ni en las camisetas vendidas por millones, ni en los influenciadores deportivos ni en los salarios obscenos de las estrellas globales. El amor está en la pertenencia a un mismo «equipo»; en el padre que enseña a patear; en los amigos que se juntan después del trabajo; en la cancha improvisada de un barrio periférico; en el chico que vuelve a su casa embarrado; en el gol que nadie filmó; en la vieja que banca; en los abuelos que acompañan.
Hace mucho que las élites deportivas ya no juegan al fútbol sino solo administran una industria mientras el fútbol sigue jugando solo, donde siempre estuvo: entre la tierra, el polvo, las risas y los sueños de quienes todavía entienden que una pelota no cotiza en bolsa sino en el corazón de un pueblo capaz de convertir un juego en una pasión.

RP – Misiones Plural