“Mucho se habla del fracaso de las encuestas en todas las últimas elecciones, pero nada se dice del fracaso del periodismo argentino”, observa el diputado mandato cumplido Hugo Escalada. Pero lejos de denostar el oficio, subraya que “la democracia necesita para su funcionamiento efectivo, que fluya información seria, relevante y verificada y que, por tanto, si bien pueden cambiar los formatos y algunas modalidades, el periodismo puro y duro, realizado por profesionales competentes, tiene larga vida por delante frente a un oficio invadido por fake news, bots y trolls”.


Por Hugo B. Escalada (*)

Sábado, 17 de octubre. El proceso electoral en marcha y el resultado de las PASO han dejado al descubierto mucho más que la fragilidad económica argentina.
Una serie de, factores tecnológicos, de falta de recursos, de desinterés en temas relevantes, de fuerte presencia de temas frívolos en el periodismo, de retorno a un periodismo de tribuna –sesgado y militante– se han juntado en un mismo momento y espacio para causarle una fuerte crisis al periodismo profesional.
La democracia necesita para su funcionamiento efectivo, que fluya información seria, relevante y verificada y que, por tanto, si bien pueden cambiar los formatos y algunas modalidades, el periodismo puro y duro, realizado por profesionales competentes, tiene larga vida por delante frente a un oficio invadido por fake news, bots y trolls.
Mucho se habla del fracaso de las encuestas en todas las últimas elecciones, pero nada se dice del fracaso del periodismo argentino.
El periodismo actual vive dos tipos de crisis: la primera es la económica que lleva décadas reflejándose en todos los ámbitos de la sociedad, y la segunda, el cambio de hábitos que se ha producido en los receptores de la información a la hora de acudir a los medios de comunicación.
Falta de rigor, falta de calidad de la información, no contrastar información, intereses económicos, políticos y falta de independencia y objetividad entre otras causas evidentes para el público en general.
El retroceso de la calidad y el aumento de la banalización tienen como gravísimo resultado el menoscabo de la credibilidad y de la reputación que atesora cada marca periodística, hoy seriamente cuestionada. Una cualidad, la de ser creíble, de poder ser o merecer ser creído y considerado como una fuente fiable, absolutamente vital para los periodistas y para los medios.
Este tsunami -en el que las distintas causas de la crisis se han retroalimentado- ha tenido como consecuencia la reducción del número de grandes medios de referencia en la parte alta de la pirámide mediática, donde crece la concentración; la parte media ha quedado relegada a la mínima expresión, porque las empresas informativas de tamaño mediano son las que más han desaparecido durante esta crisis; y la parte baja se ha visto ensanchada, agigantada, por la eclosión de nuevos y pequeños medios.
Como consecuencia de las diversas crisis solapadas se produce la precarización que han sufrido y sufren los periodistas que han mantenido el empleo, dando lugar a un terrible círculo vicioso con peores condiciones laborales, que deteriora la calidad del producto informativo y, por ende, hay menos posibilidades de supervivencia de cada empresa informativa y del mantenimiento del empleo de cada trabajador.
El modelo de negocio tradicional, centrado casi exclusivamente en los ingresos publicitarios, se ha mostrado inservible y obsoleto. En el actual escenario, la gran mayoría de los medios de comunicación no puede subsistir solo con publicidad. Tienen que diversificar obligatoriamente las fuentes de ingresos, abriendo la puerta a los intereses políticos y económicos que utilizan al periodismo para manipular la opinión pública y los procesos electorales.
Esta precariedad informativa y la disminución del pluralismo informativo afectan a todos los estamentos de la sociedad, con unas consecuencias perversas para esta generación y para las siguientes. Significa un retroceso en la evolución del progreso de la ciudadanía y un empeoramiento de la toma de decisiones en la vida democrática.
La credibilidad de los medios y periodistas viene desapareciendo producto de estas causas y costará mucho recuperar.
A su vez el poder político debería tomar nota que esto a la larga o a la corta deteriora todo el sistema.
La gran paradoja de nuestros días: suena extraño hablar de precariedad informativa en la conocida como “sociedad de la información”, a la que se ha añadido en los últimos años las redes sociales y los nuevos medios. Pero la sobreabundancia informativa en la sociedad 2.0 termina por convertirse en desinformación.
Ha muerto el periodismo? Contestar a la pregunta con un “sí” implica hacerse heredero de ese viejo lamento de inspiración conservadora: “Todo tiempo pasado fue mejor”.
Lo que le está pasando al periodismo es, simplemente, que se encuentra inmerso en un profundo proceso de transformación, del mismo modo que muchas otras dinámicas sociales. ¿O no está cambiado el mundo del trabajo, del ocio o de la administración pública cuando lo que predomina es Internet? ¿Desaparecerán trabajo, ocio o administración pública? Pues yo creo que no. Lo que sucede es que se están transformando de raíz.
Lejos de ver el cambio como amenaza, sería bueno contemplarlo como una oportunidad.
El periodismo puede ser ahora más plural, al ampliarse el eco de voces disponibles a las que dar cobertura. Puede y debe seguir siendo de utilidad, sobre todo a la hora de organizar un mundo informativamente caótico. En este sentido, el “criterio periodístico” se hace más necesario que nunca ante la amenaza del facilismo y la obsecuencia.

(*) Abogado diputado MC