Alexander Páez, un escritor colombiano residente en Paraguay, es el ganador del primer premio del Concurso Latinoamericano de Entrevistas Imaginadas, convocado por la Fundación para la Libertad de Prensa (FLIP), de Colombia. Se trata de una conversación figurada con la periodista Yamila Cantero, quien integra la lista de 22 comunicadores paraguayos asesinados desde 1989. El texto fue premiado entre 197 postulaciones de 17 países, que recrearon las voces de 95 periodistas ausentes, expresó el periodista paraguayo Andrés Colman Gutiérrez, al presentar esta nota en el portal El Otro País.
Por Alexander Páez
«El silencio es el documento más permanente«
Nota del autor:
Esta entrevista imaginada se desarrolla en la comisaría de San Patricio, Misiones, Paraguay, el mismo lugar donde Yamila Cantero fue encontrada muerta el 6 de julio de 2002. El encuentro ocurre entre un escritor que llega a hacer un trámite administrativo y la voz de Yamila, que se manifiesta como una frecuencia radial —coherente con su oficio de locutora— que busca romper el silencio impuesto por la impunidad.
La narrativa adopta la forma de un diálogo interrumpido por descripciones del entorno, replicando la experiencia de sintonizar una emisora en una zona rural: la señal va y viene, se pierde y se recupera, el mensaje persiste.
Este formato responde a una convicción: las voces asesinadas no desaparecen. Siguen transmitiendo, esperando a quien sepa sintonizarlas. La entrevista es un acto de sintonía. La reconstrucción se basa en testimonios de su hermano Camilo Cantero, informes de derechos humanos (CODEHUPY, SPP), investigaciones periodísticas (Forbidden Stories, ABC Color), y el contexto documentado del periodismo paraguayo entre 1989 y 2024. Las fuentes completas se detallan en la bibliografía.

San Patricio, distrito fronterizo de Misiones, a veinte kilómetros de la frontera kurepa. Un pueblo donde los secretos pesan más que las verdades.
El hombre entra a la comisaría de San Patricio un martes de julio. Hace frío. No el frío seco de las montañas donde nació, sino otro, húmedo; una baba climática que sube del Paraná y se mete en los huesos como agua sucia. Hace ocho años que vive en Paraguay y todavía no se acostumbra.
Lleva una carpeta con documentos irrelevantes. Una denuncia por extravío de cédula. Trámite menor. Cosa de diez minutos, le dijeron en la posada. Lleva cuarenta y cinco.
Baldosas grises. Olor a yerba mate rancia. Un afiche sobre violencia doméstica: «Denuncia. No te calles». La ironía no se le escapa. Nunca se le escapan las ironías, es su maldición.
Un policía joven mira el celular. Scroll. Like. Scroll. La burocracia del desinterés.
Él espera en una silla de plástico blanco que ha perdido la dignidad y el color. Coloca el bolso que carga siempre a un costado y la carpeta sobre su regazo. Un ventilador de techo cuelga inmóvil, suspendido, esperando un verano que tarda en llegar. Una mosca golpea contra el vidrio de la ventana. Una y otra vez. El sonido es estúpido y constante. No aprende.
Él tampoco.
Hay un zumbido bajo, casi imperceptible. Como la interferencia de una señal que busca dónde posarse.
—¿Vos también venís a hacer un trámite que no va a llegar a ningún lado?
Levanta la vista. La voz es femenina, joven, pero tiene la textura de una grabación reproducida demasiadas veces. Viene de la estática.
El policía sigue con el celular. No hay nadie más. La mosca sigue golpeando el vidrio.
—¿Hola? —dice él. Se siente ridículo.
—No busques. No me vas a ver. Soy una frecuencia, no una aparición.
—¿Quién sos?
—La pregunta es aburrida. La respuesta ya la tenés. La pregunta correcta es: ¿qué hacés acá, colombiano?
—Vine a escribir.
—Ah. Escribir. —La voz suelta una risa seca—. Todos vienen a escribir. ¿Qué vas a escribir vos? ¿Que fui valiente? ¿Que fui mártir? ¿Qué mi muerte fue una tragedia? ¿Vas a poner mi nombre en un papel para que gente que nunca me conoció se sienta triste cinco minutos?
—No sé qué voy a escribir —admite él.
—Al menos sos honesto.
El colombiano parpadea, incrédulo, tieso en su silla.
—Si vas a escribir, dale, anotá.
Se mueve con torpeza. Saca la tableta, intenta desbloquear la pantalla. El sensor falla. Maldice. Abre Evernote. El ícono gira, cargando, lento, absurdo en medio de una comisaría rural congelada en el tiempo.
—¿Qué hacés? —pregunta ella. Hay burla en su tono—. ¿Crees que vas a grabarme con esa tele chica?
La tecnología, que siempre utiliza como escudo, ahora es un juguete inútil. La guarda. Busca un bolígrafo en el fondo del bolso. Saca uno mordido. Abre un cuaderno cualquiera.
La mano sigue temblando. La letra le sale chueca, urgente.
—Anotá —repite ella—. Antes de que se te acabe la tinta, o la valentía.
—Estoy listo.
—¿Qué sabés de mí?
—Sé que tenías veintiséis años. Sé que eras la voz más crítica de San Ignacio. Sé que te mataron el seis de julio de dos mil dos, acá mismo.
—¿Y qué dice la versión oficial?
—Crimen pasional. Seguido de autoeliminación.
—Pasional. —La palabra sale sucia—. La semántica de la impunidad. Si es pasional, es privado. Si es privado, no es político. Y si no es político, nadie investiga qué había en mi libreta. —La voz femenina se interrumpe unos segundos—. En julio de dos mil dos, ¿vos qué hacías?
La pregunta es un bisturí. Julio de 2002. Diecisiete años. Bogotá.
—Entraba a la universidad —contesta—. Primer semestre. Estaba tan perdido que recién a los seis meses me enteré de lo que estaba estudiando.
—¿Y mirabas hacia acá?
—No. Nadie mira hacia acá.
—Claro. En Colombia tienen sus propios muertos.
—Es distinto —dice él, sin levantar la vista del papel—. Allá, cuando matan a un periodista, a veces ponen el nombre y el apellido en los titulares. Hay ruido. Hay escándalo. A veces. —De su voz sale un énfasis apenas leve.
—Acá también hay ruido a veces —dice ella, reflexiva—. Pero conmigo fue distinto. Conmigo usaron el silencio.
—El silencio selectivo.
—Exacto. Me mataron en una comisaría llena de gente y nadie escuchó nada. Me mataron y al día siguiente yo ya no era periodista, era «la pareja del policía». Me borraron el oficio antes de enterrarme. Eso es lo interesante, ¿no? La eficiencia del borrado.
Él escribe rápido: Eficiencia del borrado. La tinta se corre un poco.
—¿Trajiste tu libreta esa noche? —pregunta él.
—Traje. Y grabadora. De cinta, no esas porquerías futuristas que usás vos. ¿Sabés dónde están?
—No.
—Nadie sabe. Se evaporaron. Como los nombres de los que desviaban fondos municipales. Pesaba mucho esa libreta. Pesaba más que el arma del policía.
El policía del mostrador tose. El sonido rompe la atmósfera. Él se sobresalta, el bolígrafo rasga la hoja. El policía ni lo mira. Like. Scroll.
—¿Y mi hermano? —pregunta ella. La voz pierde el filo por un instante—. ¿Camilo?
—Sigue preguntando.
—Pobre Camilo. Él sabía lo que pasaba en este pueblo. Sabía lo que yo investigaba. Y lleva más de veinte años preguntando por ese expediente que nunca aparece. Veintitrés años después, en julio de 2025, sigue hablando públicamente. Pidiendo justicia. Él se convirtió en juez, ¿sabías? Dr. Camilo Javier Cantero Cabrera. Abogado, magistrado. Pero ni siquiera con la toga puede conseguir que aparezca mi expediente.
El colombiano espera. La voz se ha cortado como señal que se pierde. Como transmisión que alguien interrumpe desde afuera.
—¿Yamila?
Nada. Pasan treinta segundos. Un minuto. El silencio tiene peso. El silencio tiene la forma de todo lo que no se pudo decir.

La voz regresa. Más débil, con interferencia.
—¿Sabés lo que hacen con nosotras? Nos matan dos veces.
Él escucha. La mano quieta sobre el cuaderno.
—Primero el balazo. O la puñalada. O el accidente que no fue accidente. La primera muerte es rápida. Duele un momento y después nada. —Pausa por dos segundos—. La segunda muerte es lenta. Es la versión oficial. «Crimen pasional». «Lío de faldas». Como si una mujer que denuncia corrupción muriera por amor. Como si el amor matara con un disparo en el rostro. —Se calla y una milésima de segundo después, vuelve a hablar—. Ángela Acosta. Dos mil seis. Mayor Otaño, Itapúa. Veintiséis años, como yo. Locutora de Radio Naipí FM. Hacía programas en guaraní. Daba voz a organizaciones campesinas. La encontraron el 21 de diciembre con una herida de bala en un camino vecinal. Acusaron al novio, un policía. «Crimen pasional», dijeron. El expediente se perdió. Como el mío. ¿Ves el patrón?
—Lo veo.
—Antonia Almada. Dos mil catorce. Curuguaty. Diecinueve años. Estudiante de periodismo. Viajaba con Pablo Medina, corresponsal de ABC Color. Los emboscaron el 16 de octubre. Los acribillaron a ambos. A Pablo lo recordaron como «el periodista valiente». A Antonia, como «la asistente». Tenía diecinueve años y nombre propio: Antonia Maribel Almada Chamorro. Pero el sistema la borró antes de enterrarla.
—Tres mujeres —él anota—. Interior del país. Periodismo comunitario. Muertas con saña y silencio.
—Y las tres, desaparecidas dos veces. Primero con las balas. Después con la semántica. ¿Cuántos periodistas varones fueron catalogados como «crímenes pasionales»? Ninguno. Cuando matan a un hombre periodista, es «atentado contra la libertad de prensa». Cuando nos matan a nosotras, es «drama sentimental». Nos matan por lo que decimos, pero nos entierran por lo que supuestamente sentimos. —Esta vez la pausa es más larga—. ¿Ves el patrón?
Él lo ve. Lo anota. La mano ya no tiembla. Ahora está fría. Anota: periodismo femenino guaraní… Ella parece ver el cuaderno, carraspea.
—¿Por qué creés que un periodismo campesino era tan amenazante? —Él no se percata de la retórica, cree que puede responder, cuando ella dice—: ¡Acá en el interior, asunceno! Una mujer con micrófono ya era rara. Una mujer con micrófono hablando en guaraní a organizaciones campesinas era una amenaza; llegábamos donde los intendentes, los comisarios y los terratenientes no querían que llegáramos: a la gente que trabaja la tierra, que habla guaraní en su casa, que no lee los diarios de Asunción. Por eso nos mataban y después… después ya sabés. —Carraspea nuevamente. Guarda un silencio que hiela el ambiente, incluso la mosca parece sentirlo. Él se apresura a decir algo.
—No fue tu culpa. —Se arrepiente apenas lo dice, nunca ha sabido tener estas conversaciones.
—No me hables de culpa. Hablame de responsabilidad. —La voz recupera el filo—. El Estado no falló, escritor. El Estado funcionó perfectamente. Su función era proteger el esquema. Éxito rotundo.
Él quiere preguntar más. Quiere saber qué había en la libreta. Quiere nombres, fechas, pruebas. Quiere algo que pueda usar.
—Anotá esto —dice ella, como si le leyera el pensamiento—: [Expediente fiscal completo extraviado por la Fiscalía paraguaya —según el informe Rompiendo el Silencio (CODEHUPY, 2025), nunca se contactó a la familia—, archivado en diciembre de 2004 como «homicidio seguido de suicidio / crimen pasional». No se realizaron pericias de pólvora en las manos de la víctima ni del presunto victimario. No se investigaron las llamadas telefónicas previas al hecho. No se tomó declaración a los compañeros de trabajo de las emisoras Arapysandu, Libertad FM, San Roque González de Santa Cruz, Radio Nuevo Amanecer de Santa María. La familia Cantero solicitó copias del expediente en tres ocasiones (2004, 2009, 2015). Las tres solicitudes fueron denegadas por «imposibilidad material». El expediente jamás fue encontrado.] Eso es lo que falta —dice ella—. Eso es lo que tendrías que escribir. Pero no podés. Porque no existe. Porque lo borraron.
—¿Entonces qué escribo?
—Lo que queda. Los huecos. Las preguntas sin respuesta. Eso también es un documento, el silencio es el documento más permanente. Se acabó el tiempo —dice la voz. Suena cada vez más lejana, interferida por el ruido de la calle.
—Tengo más preguntas.
—No importan las preguntas. Importan los hechos. Y los hechos son que el expediente no existe. Que mi libreta no existe. Que yo, para el Estado paraguayo, «morí de amor». La ironía, la maldita ironía que no se escapa, la maldición.
—¿Qué querés que diga?
—No me hagas santa. No me hagas mártir de bronce. No me pongas en un altar donde nadie me toque.
—¿Entonces?
—Decí que me gustaba el tereré con menta y limón. Que usaba yerba Indega, la más barata. Que me recogía el pelo en una cola de caballo cuando estaba frente al micrófono, para que no me molestara. Que odiaba la mentira más que a la muerte. Y que esa noche, cuando entré acá, no tenía miedo. Tenía rabia.
—¿Rabia?
—Rabia de saber que me iban a ganar. Rabia de saber que iban a usar mi cuerpo para contar una historia de amor barata. Rabia de que mi hermano iba a pasar veinte años preguntando y nadie le iba a contestar. —Pausa larga. Él deja de escribir. La mano le duele de la tensión—. Y decí que me reía mucho —continúa ella, y por primera vez la voz suena más suave—. Augusto Dos Santos, un colega, dijo que yo tenía «sonrisa conciliadora». Me gustaba eso. Creía en la palabra que une, no en la que destruye. Pero hay verdades que no se pueden decir con sonrisas. Por eso me mataron. —Pausa—. No escribas sobre cómo morí. Escribí sobre por qué me callaron.
—Lo haré.
—Y una cosa más.
—¿Sí?
—La próxima vez, dejá esa tele chica en la posada, que a los fantasmas se nos escribe con tinta.
La voz se corta. Seca. Definitiva.
—Señor.
El policía joven lo llama, sacándolo de su ensimismamiento. Tiene un documento, una fotocopia con algunos sellos. Le señala.
—Listo. Firme acá.
Él se acerca. Guarda el cuaderno con torpeza, casi se le cae el bolígrafo. Firma sin leer. La mano le tiembla un poco.
—¿Todo bien? —pregunta el policía, notando el sudor en la frente, los movimientos torpes.
Él lo mira. Mira el uniforme. Mira el arma en la cintura. Mira el afiche torcido. Piensa en cuántos policías había esa noche de julio de 2002. En cuántos no escucharon nada.
—No —dice—. Nada está bien.
Sale sin despedirse. Detrás, la mosca sigue golpeando el vidrio. Golpe. Pausa. Golpe. Pausa. Incansable. Molesta. Viva.
Como Yamila. Como su hermano. Como todos los que siguen preguntando.
Camina sin rumbo. San Patricio es un pueblo chico con calles de tierra. La gente lo mira porque es forastero, porque camina como quien no sabe a dónde va.
Porque no sabe a dónde va.
Llega al auto. Siente el peso de la tablet inútil y el peso real del cuaderno garabateado. No va a escribir una novela. Va a escribir un informe de daños. Una lista de ausencias. Un expediente de lo que el expediente no dice.
Antes de entrar, mira hacia atrás, hacia la ventana de la comisaría.
La mosca sigue ahí. Golpeando el vidrio. Insistente. Molesta. Viva.

***
Seis cosas sobre Yamila Cecilia Cantero Cabrera que no constan en ningún expediente porque el expediente se extravió:
Uno. Tenía el pelo largo y oscuro. Lo llevaba suelto cuando no estaba trabajando. Cuando estaba frente al micrófono se lo recogía en una cola de caballo, rápida, sin espejo, con la goma que siempre llevaba en la muñeca.
Dos. Le gustaba el tereré con menta y limón. Usaba yerba Indega, la más barata. Se burlaba de los que tomaban tereré sin yuyos. Decía que eran gente sin imaginación.
Tres. Creía que el periodismo servía para algo. Que decir la verdad en voz alta, aunque fuera desde una radio comunitaria en un pueblo chico del departamento de Misiones, podía mover las cosas. Murió creyendo eso. Tenía veintiséis años.
Cuatro. Estudiaba Derecho en las noches, después de terminar sus programas de radio. Cursaba el cuarto año cuando la mataron. Soñaba con ser abogada de organizaciones campesinas. Su tesis quedó inconclusa, como su vida.
Cinco. Trabajó en las emisoras Arapysandu, Libertad FM, San Roque González de Santa Cruz, Radio Nuevo Amanecer de Santa María. Escribió columnas en los semanarios La Jornada y Página 10 del departamento de Misiones. En cada lugar dejó esa marca: la voz que no se callaba, la pregunta incómoda, la risa franca.
Seis. Fue secretaria de la Comisión Directiva del club Ytororó FBC cuando ganaron su primer título de campeón en la Federación Deportiva Misionera en 1997. El poeta local Marino Ciro Rodríguez la llamó «la diosa morena del Ytororó» en un poema que le dedicó el día de su cumpleaños, el 28 de enero de 2000. Ella se rio cuando lo escuchó. Siempre se reía. Hasta que ya no pudo. Una versión preciosa de la Guarania puede escucharse en este enlace.
Hay casos que se cierran sin haber sido nunca abiertos.
Esta entrevista imaginada no cierra nada. No resuelve. No trae justicia. Es apenas un acto de sintonía con una frecuencia que sigue transmitiéndose veintitrés años después.
Las voces asesinadas no desaparecen. Siguen hablando para quien sepa escuchar. Para quien esté dispuesto a anotar con tinta lo que las nubes no pueden guardar.
Lo que prescribe no es el crimen. Lo que prescribe es la palabra que intenta contarlo.
Pero la insistencia —como la mosca contra el vidrio— no prescribe.
Una voz que no tiene cuerpo, pero todavía habla. Un expediente que no existe, sin embargo, todavía pesa. Un nombre que debería estar en todas las listas figura solo en algunas.
Yamila Cecilia Cantero Cabrera
1976 – 2002
Periodista
No es redención. No es justicia. No es cierre.
Es apenas lo que queda.
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Nota sobre el expediente judicial:
El expediente completo del caso Yamila Cantero fue oficialmente extraviado por la Fiscalía paraguaya. Según el informe Rompiendo el Silencio (CODEHUPY, 2025), la familia nunca fue contactada durante la investigación. El caso fue archivado en diciembre de 2004 con la carátula «homicidio seguido de suicidio / crimen pasional». No se realizaron pericias de pólvora en las manos de la víctima ni del presunto victimario. No se investigaron las llamadas telefónicas previas al hecho. No se tomó declaración a los compañeros de trabajo de la víctima en las emisoras donde trabajaba.
El caso permanece impune.
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[Declaración sobre uso de inteligencia artificial:]
Esta obra fue elaborada con asistencia de inteligencia artificial (Claude, Anthropic) para tareas de investigación documental, organización de fuentes y revisión estructural. La concepción narrativa, las decisiones creativas, el tono y la escritura final son responsabilidad exclusiva del autor. Esta declaración se realiza en cumplimiento de los términos del Concurso Latinoamericano de Entrevistas Imaginadas de la Fundación para la Libertad de Prensa (FLIP).
Edición y corrección de estilo: Dafne Bustos

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El autor:
Alexander Páez es ante todo un narrador de vivencias. Su escritura emerge del tránsito por diversos países, experiencias personales y silencios prolongados. Escribe para nombrar el dolor, explorar los márgenes del afecto y registrar lo que se rompe antes de desaparecer: las historias sin nombre. Su trabajo cruza la crónica, el ensayo y la ficción, siempre detrás de los muertos que no se rinden. Ha sido ganador del Concurso Latinoamericano de Entrevistas Imaginadas de la FLIP (2026), del premio Pushkin 2025 a mejor ensayo (Rusia) y del premio Club Centenario 2025 a mejor cuento en español (Paraguay). Es miembro de la Escuela de Artes Literarias del ISBA (Paraguay), miembro de ALCIFF y de CIFFATE. Sus textos pueden leerse en su blog Crónicas para las Masas o en diversas publicaciones.
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Yamila Cecilia Cantero Cabrera (1976–2002) fue periodista radial y de prensa escrita en el departamento de Misiones, al sur de Paraguay, cerca de la frontera con Argentina. Trabajó en las emisoras Arapysandu, Libertad FM, San Roque González de Santa Cruz y Radio Nuevo Amanecer de Santa María, y escribió columnas en los semanarios La Jornada y Página 10. Era considerada la voz más crítica de San Ignacio, capital del departamento: daba micrófono a organizaciones campesinas y denunciaba corrupción municipal en guaraní y en español. Estudiaba Derecho por las noches y cursaba cuarto año cuando fue asesinada el 6 de julio de 2002 en la localidad de San Patricio. Tenía veintiséis años. Su caso permanece impune.
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Acerca del premio
En 2025, la Fundación para la Libertad de Prensa (FLIP) promovió el Concurso de entrevistas imaginadas: el retorno de periodistas ausentes, una iniciativa de memoria que propone reconstruir, desde el arte y la investigación, las voces de periodistas asesinados o desaparecidos por razones vinculadas a su oficio en América Latina. Cada pieza es un ejercicio de memoria activa que busca recuperar, a partir de la ficción sustentada, lo que estas personas pensaban, cuestionaban o soñaban.
La convocatoria recibió 197 postulaciones de participantes y colectivos de 17 países de la región, que recrearon las voces de 95 periodistas ausentes mediante distintos formatos: texto, audio, video y gráfico. Estas entrevistas son ejercicios de reconstrucción narrativa basados en hechos documentados, archivos y testimonios, que buscan honrar la dignidad y el pensamiento de quienes hicieron del periodismo una forma de defensa de la verdad. Esta iniciativa recibió el apoyo de Reporteros Sin Fronteras, la Fundación Gabo y de la Agencia Sueca de Cooperación Internacional (ASDI) a través de ForumCiv.
Cuando a Alexander le comunicaron que había ganado el único primer premio, le propusieron publicar el trabajo también en un medio de Paraguay. Alexander eligió a El Otro País.

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Nota relacionada: El informe sobre los 22 periodistas asesinados que ayudamos a realizar para Codehupy
