En medio de la crisis yerbatera y la desregulación impulsada por el gobierno de Javier Milei, el productor Juan Carlos Furlán denuncia -a través de una nota pública- un modelo que favorece el extractivismo, debilita la agricultura familiar y amenaza con vaciar el territorio. La agroecología y los mercados locales emergen como alternativa frente al colapso de los insumos y la volatilidad global, plantea, en el texto titulado «Los colonos de Misiones le decimos NO a los ingenieros del caos», que reproducimos a continuación.
Viernes 24 de abril de 2026. La disputa por el futuro productivo de Misiones dejó de ser sectorial para convertirse en una batalla de modelo. De un lado, colonos, feriantes y productores que sostienen redes agroecológicas y mercados locales como estrategia de supervivencia ante un escenario de escasez y encarecimiento de insumos. Del otro, un esquema de desregulación que eliminó herramientas como el Instituto Nacional de la Yerba Mate y, según denuncian, abre la puerta a la concentración de tierras, el avance de monocultivos y el desembarco de capitales extractivos en la provincia. A continuación, la reflexión del productor misionero Juan Carlos Furlán.
Los colonos de Misiones le decimos NO a los ingenieros del caos
Por Juan Carlos Furlán
Una frase resuena como un diagnóstico de época en el sur global: terminamos produciendo lo que no consumimos y consumiendo lo que no producimos. No es solo una rareza del comercio internacional, sino la síntesis de un modelo que nos condena a la fragilidad perpetua. Cuando uno la cruza con el contexto del pico del petróleo, un eventual bloqueo en el estrecho de Ormuz que encarecería hasta los fertilizantes, y la necesidad ineludible del decrecimiento, la frase se vuelve un espejo brutal de nuestra realidad en Misiones. Pero en Misiones hay una historia silenciosa y obstinada que va en sentido contrario, una historia que muestra que aquí ya nos estábamos preparando para lo que la comunidad científica internacional advierte desde hace décadas. Muchos productores, feriantes, cooperativas y familias campesinas vienen apostando hace décadas a la diversificación, a la certificación agroecológica, a los mercados locales y a las ferias francas. No son una excepción pintoresca; son una red viva que demuestra que es posible producir lo que consumimos y consumir lo que producimos, aunque el sistema entero empuje en dirección opuesta. No producimos solo yerba, té y madera: esa sería una mirada que borra el esfuerzo de quienes ya están construyendo la posmodernidad con las manos en la tierra. Ellos son la prueba de que el decrecimiento no es una teoría de académicos europeos, sino una práctica cotidiana de resistencia en el sur global, y de que Misiones, desde hace mucho, viene ensayando las respuestas que el colapso nos exige.
Frente a ellos, sin embargo, tenemos enfrente a los que deberíamos llamar por su nombre: los ingenieros del caos, esos que diseñan desregulaciones, recortan institutos de control, eliminan pisos de precios y después se sorprenden o, peor aún, festejan cuando el productor sale a la ruta desesperado. Porque ese caos no es un error de cálculo, es un método. Y hay que decirlo con todas las letras: el propósito real de los libertarios no es aliviar la situación del pequeño productor ni defender la familia rural. Su objetivo es expulsar al colono y a su familia de la chacra. Quieren vaciar el territorio de los que lo habitan y lo cuidan para aumentar los latifundios, expandir la frontera agrícola a costa del monte y los pequeños predios, implantar transgénicos en tierras que históricamente fueron diversas, y abrir la puerta a inversiones extractivistas de todo tipo. En Misiones eso no significa megaminería —al menos no hoy—, pero sí significa algo que conocemos muy bien porque ya lo padecemos: más plantas de pasta celulósica, esas fábricas que traen consigo un desastre ambiental y comunitario del que ya sabemos todo. Significa represas que anegan tierras productivas y desplazan familias. Significa extranjerizar la tierra bajo el cuento de que el capital internacional viene a desarrollarnos, cuando en realidad viene a llevarse nuestros recursos sin dejar más que ríos contaminados, bosques reemplazados por monocultivos de pino o eucalipto, y comunidades enteras enfermando por el aire y el agua. Significa, en definitiva, el RIGI: ese régimen de incentivos que los libertarios defienden como la solución mágica para «exportar más», pero que en los hechos es una licencia para que las grandes corporaciones hagan lo que quieran sin controles ambientales ni obligaciones sociales. La motosierra no es solo un símbolo de ajuste fiscal; es la imagen perfecta de lo que quieren hacer con nuestras comunidades: cortar de raíz la agricultura familiar, la agroecología y la vida en el campo para reemplazarlas por el extractivismo más salvaje.
Esa resistencia silenciosa de los colonos y feriantes no ha tenido un camino fácil. La provincia de Misiones consiguió aprobar un sinnúmero de leyes pro agroecología y viene apuntalando la diversificación de la producción como política de Estado desde hace muchísimo tiempo. Se intentó prohibir el glifosato para el uso rural, una medida que habría blindado legalmente a esos productores agroecológicos y expandido sus prácticas a más territorios. Pero el lobby de Bayer, con su poder financiero y su capacidad de tejer alianzas mediáticas y políticas, logró hacer dar marcha atrás a la iniciativa. Es importante destacar esto porque los que estuvieron detrás de la propaganda para que no se prohíba el glifosato son, en buena medida, los mismos que hoy financian y alimentan la conflictividad del sector yerbatero. No es casualidad: el modelo del agronegocio y el modelo de la agroecología son incompatibles, y el primero no duda en usar el dolor del pequeño productor como ariete para desmantelar al segundo. Así, la misma mano que inundó Misiones de avisos pagados defendiendo el veneno es la que ahora empuja a los productores de yerba a la desesperación y luego redirige su bronca hacia el gobierno provincial, cuando la motosierra que los está dejando en la ruina viene de la Casa Rosada.
Hay algo que estos ingenieros del caos no quieren que entendamos: el encarecimiento y la cada vez más evidente escasez de combustibles e insumos químicos no es un fenómeno pasajero. No es una tormenta que va a amainar si ajustamos el cinturón o desregulamos un poco más. Es una tendencia de fondo que llegó para quedarse y que, en los próximos años, solo va a profundizarse. El petróleo barato se terminó, los fósforos y nitrógenos para los fertilizantes sintéticos dependen de un gas que ya no será abundante ni accesible, y cada guerra en Medio Oriente nos recuerda lo frágil que es el cordón umbilical que une nuestra producción con los combustibles fósiles. Ignorar esto no es pragmatismo, es suicidio colectivo. Y en ese suicidio colectivo, los libertarios ven una oportunidad de oro: cuando el pequeño productor ya no pueda sostener su chacra por la falta de precios, de insumos y de combustible, estarán ahí para comprarle su tierra por monedas y sumarla al latifundio, o para presionar por más represas, más plantas de celulosa y más RIGI que terminen de arrasar con lo que quede del tejido social y ambiental de Misiones. Ese es el plan, y la desregulación de la yerba es solo el primer engranaje.
Esta crisis de sentido productivo se solapa con la crisis política y social que atraviesa el país, y Misiones no es ninguna excepción. Vivimos bajo un gobierno nacional que muchos califican como neoliberal a ultranza, un gobierno que no solo ahoga a las provincias reteniendo fondos de coparticipación y otros recursos legítimos, sino que convierte esa deuda en una herramienta de extorsión para comprar voluntades en el Congreso. Es una trampa mortal para las economías regionales, porque se nos exige que produzcamos sin acompañamiento y que resistamos sin financiamiento. Lo más doloroso, sin embargo, es ver cómo muchos en Misiones, especialmente pequeños campesinos y productores de yerba mate, creyeron en las promesas destellantes de Milei: aquel relato de que el ajuste solo lo pagaría la casta política, que las reformas traerían libertad y no sacrificio para el que trabaja la tierra. La realidad terminó siendo más cruda que la ficción electoral. La verdadera casta no solo no se desmanteló, sino que engrosó las filas del gobierno nacional, y las reformas que llegaron trajeron un ajuste demoledor sobre la producción y las provincias. El caso de la yerba mate es paradigmático y trágico. La desregulación del mercado impulsada por Nación, con la consiguiente eliminación del Instituto Nacional de la Yerba Mate (INyM), dejó a los pequeños productores sin piso de precios, sin herramientas de negociación y sin representación. Hoy, muchos de esos campesinos que votaron ilusionados a Milei están cortando rutas, exigiendo respuestas que no llegan, arruinados por una política que ellos mismos ayudaron a legitimar en las urnas.
Y aquí es donde el intento de la derecha se vuelve más peligroso. En lugar de reconocer que el modelo de los insumos externos, los combustibles baratos y los mercados desregulados es el que nos está llevando al abismo, estos ingenieros del caos redoblan la apuesta. Nos dicen que el problema es el Estado, que el problema son las regulaciones, que el problema es el INyM, cuando la evidencia más cruda muestra que exactamente lo contrario es lo que nos permitiría navegar la tormenta. Mientras el productor se desangra en la ruta, ellos ya están trazando los mapas de los nuevos latifundios, negociando con las multinacionales de la celulosa y los transgénicos, delineando proyectos de represas y zonas de aplicación del RIGI que terminarán de arrasar con la agricultura familiar y el monte misionero. Y en esa misma ruta, aparece lo paradójico, casi kafkiano: militantes libertarios, los mismos de Milei, se cuelgan de las protestas legítimas para intentar desestabilizar a la provincia, desviando el reclamo hacia el gobierno local. A todas luces, la responsabilidad es nacional, pero la estrategia es clara: usar el dolor del productor como combustible para una guerra política interna, mientras el origen del problema sigue intacto en las resoluciones de la Casa Rosada. Lo que estos militantes no dicen es que el gobierno provincial de Misiones tiene una trayectoria larga y consistente de promoción de la agroecología y defensa de la producción diversificada. No es perfecta, porque la presión del lobby de Bayer fue más fuerte y logró frenar la prohibición del glifosato, pero la dirección de las políticas misioneras ha sido sistemáticamente más amigable con el pequeño productor y con la tierra que las políticas nacionales que ahora los ahogan.
Por eso duele tanto ver que quienes vienen construyendo ferias francas, certificaciones agroecológicas y mercados locales desde hace años tengan hoy que mirar cómo sus vecinos yerbateros son empujados al abismo por una motosierra que nunca distinguió entre casta y laburante. Por eso, los colonos de Misiones tenemos que decir basta y llamar las cosas por su nombre: no vamos a permitir que los ingenieros del caos nos sigan dividiendo, no vamos a caer en la trampa de culpar al vecino cuando el enemigo está sentado en los escritorios de Nación y en las oficinas de los laboratorios transnacionales. Porque sabemos que lo que realmente buscan es nuestra tierra, no nuestro bienestar. Quieren chacras vacías para llenarlas de soja y transgénicos, más plantas de pasta celulósica aunque ya conozcamos el olor a podredumbre que dejan en el aire y el agua, represas que aneguen nuestros campos, extranjerizar la tierra al amparo de un RIGI que convierte a Misiones en una colonia de nuevas colonias. Quieren colonos expulsados para que no haya quien se oponga a nada, y familias destruidas para que el único derecho que importe sea el de los grandes capitales a hacer lo que se les antoje sin controles ni demandas sociales.
Esta jugada me conecta directamente con la campaña No Normal que lanzó Antonio Turiel en España, junto a medio centenar de académicos y expertos. Recorren el país con conferencias urgentes para explicar el origen del caos que se avecina por la escasez de combustibles, crisis que la guerra en Medio Oriente solo ha empeorado. Turiel llama a la campaña No Normal porque sabe que, en medio del desorden y el colapso social, los grupos y partidos de derecha intentarán capitalizar la conflictividad con una promesa imposible: volver a la normalidad. Pero como él mismo repite, avalado por la comunidad científica internacional, no hay retorno posible. La normalidad que conocimos era insostenible, y pretender restaurarla solo nos hundirá más rápido. La única salida sensata es adaptarnos mediante un decrecimiento planificado, ordenado, justo, que ponga por delante la vida y los bienes comunes antes que la ficción del crecimiento perpetuo. En ese sentido, las redes de producción diversificada, certificación agroecológica y ferias francas que ya existen en Misiones no son un adorno pintoresco ni una nostalgia romántica: son la infraestructura real de ese decrecimiento deseable. Son los brotes de un mundo que, contra toda la lógica del capital, ya está funcionando. Por eso es tan grave que el gobierno nacional los ignore, que el lobby de Bayer los obstaculice y que los militantes libertarios los utilicen como carne de cañón para una guerra que no es la suya. Porque la agroecología no es una preferencia estética ni una moda de clase media ilustrada: es la única alternativa real frente al devenir que ya está golpeando nuestras puertas. Cuando los combustibles se vuelvan inaccesibles y los fertilizantes químicos dejen de llegar, los únicos que seguirán comiendo, produciendo y sosteniendo la vida serán aquellos que nunca dependieron de ese circuito: los que certifican agroecológico, los que venden en las ferias francas, los que diversificaron sus chacras en lugar de apostarlo todo a un solo cultivo atado al precio internacional y al gasoil barato. Y esos mismos son los que los ingenieros del caos quieren eliminar primero, porque son el ejemplo viviente de que otro mundo es posible y no necesita pedir permiso.
Misiones es un laboratorio perfecto de esta contradicción. Aquí tenemos productores de yerba en la ruina, cortando rutas, rodeados de militantes que les dicen que el enemigo es el gobierno provincial, mientras el ajuste real viene de la motosierra nacional contra los institutos de regulación, los fondos de coparticipación y todo aquello que permitía cierta estabilidad en un mar de incertidumbre. Pero al mismo tiempo, aquí tenemos ferias francas que no cerraron, productores agroecológicos que siguen certificando sus tierras, mercados locales que resisten a la lógica del supermercado y la exportación. No son islas felices en un océano de miseria; son trincheras activas. Lo que está en juego en esta disputa no es solo el precio de la yerba o el futuro del INyM, sino si vamos a permitir que el caos que se viene —el del pico del petróleo, la escasez de fertilizantes, el estrecho de Ormuz bloqueado— sea administrado por los mismos que nos metieron en este atolladero. Los libertarios de Milei no solo propiciaron este caos con sus políticas de desregulación salvaje, sino que ahora ejecutan al pie de la letra lo que Turiel advierte: intentan dirigir la ira social hacia adentro, fragmentar la solidaridad territorial y presentarse como los únicos capaces de restaurar un orden que ellos mismos dinamitaron. Pero no hay orden posible hacia atrás. El decrecimiento, nos guste o no, ya está ocurriendo. La única decisión que nos queda es si lo vamos a enfrentar con organización colectiva y planificación democrática —aprendiendo de esos productores que hace años vienen produciendo lo que consumen y consumiendo lo que producen— o si vamos a permitir que los ingenieros del caos, con su recetario de ajuste y desregulación, conviertan la escasez en una nueva trampa mortal, esta vez con nuestros cuerpos y territorios como combustible.
Los colonos de Misiones tenemos memoria, tenemos tierra, tenemos ferias y tenemos agroecología. Sabemos lo que significa defender la chacra familiar porque la heredamos, la trabajamos y la cuidamos. Sabemos lo que pasa cuando el latifundio se come al pequeño productor: lo vimos en otras provincias, con sus pueblos fantasmas, su tierra envenenada y su gente engrosando los cordones de pobreza en las periferias urbanas. También sabemos lo que significan las plantas de celulosa, porque el olor, el humo y los ríos manchados ya nos enseñaron que ese no es desarrollo, es destrucción. Sabemos lo que significan las represas que prometen energía barata y terminan ahogando la producción local. Sabemos lo que significa el RIGI: un caballo de Troya para que las empresas extranjeras hagan y deshagan sin que nadie les pregunte nada. Ese destino no lo queremos para Misiones. Por eso, y solo por eso, le decimos no a los ingenieros del caos. Porque sabemos que el futuro no se construye con motosierra, sino con raíces.
