El endurecimiento de las sanciones impulsadas por Donald Trump, la crisis estructural de la economía cubana y el derrumbe del sistema energético empujan a la isla hacia un escenario de colapso inédito. El turismo, principal fuente de divisas, quedó atrapado en el centro de la disputa geopolítica.

Primera parte de la nota

La crisis cubana ingresó en una fase de máxima tensión. La combinación entre el endurecimiento del bloqueo estadounidense, la asfixia sobre el turismo y la energía, la caída de las remesas y las propias limitaciones del sistema económico de la isla configuran un escenario que muchos ya describen como el más delicado desde el triunfo de la Revolución de 1959. En medio de apagones de hasta 22 horas diarias, vuelos cancelados, hoteles vacíos y una creciente presión internacional, Cuba enfrenta un presente marcado por el aislamiento, la incertidumbre y una pregunta inevitable: cuánto tiempo más podrá sostenerse el actual modelo político y económico.

Segunda parte del artículo “Cien años de turismo en Cuba vaciados por la política de Washington”

Por Oscar Alejandro Degiusti, docente y licenciado en Turismo

Las estrategias del imperio: látigo versus sociedad de consumo capitalista
Desde el triunfo de la Revolución Cubana en 1959, las estrategias de Estados Unidos para terminar con el régimen de la isla —interpretado como la intromisión del comunismo en “el patio trasero” norteamericano— se configuraron en dos modelos: el del “látigo y el garrote”, predominante durante décadas, y el de exponer las “mieles” de la sociedad de consumo capitalista. Todo ello acompañado, permanentemente, por la aplicación de severas sanciones económicas y el desconocimiento de resoluciones y llamados de atención de organismos internacionales.
La historia comenzó en 1960, cuando Estados Unidos inició las sanciones contra Cuba a medida que avanzaban las expropiaciones y nacionalizaciones de empresas norteamericanas en la isla. En 1961 se produjo el primer intento de derrocar al régimen cubano mediante lo que se conoció como “la invasión de Bahía de Cochinos” o “Playa Girón”, que terminó en un fracaso militar para Washington.
Inmediatamente después, el gobierno de John F. Kennedy impuso un embargo total a Cuba que limitó severamente la posibilidad de adquirir bienes en el mercado internacional. Incluso, tras aquella invasión, se estima que Fidel Castro sufrió más de 600 intentos de asesinato a lo largo de su vida, principalmente organizados por la CIA y grupos de exiliados cubanos entre 1959 y el año 2000. Solo látigo y garrote.
Décadas más tarde, luego de meses de negociaciones secretas, Barack Obama y Raúl Castro anunciaron el 17 de diciembre de 2014 el llamado “deshielo cubano”, o proceso de normalización de relaciones entre Estados Unidos y Cuba. La instancia permitió la reapertura de embajadas, la salida de Cuba de la lista de Estados patrocinadores del terrorismo y la flexibilización de restricciones para viajes y remesas.
El acuerdo no respondió a una resolución internacional ni a una decisión humanitaria. Obama entendió que la estrategia del “látigo y el garrote” no había funcionado. Era momento de intentar otro camino. La idea consistía en acercar a los cubanos al sistema de consumo capitalista: internet, celulares, viajes, negocios privados y turismo internacional. La hipótesis indicaba que el contacto con otras formas de vida detonaría aspiraciones de cambio político y económico que derivarían en rebeliones populares.
Tampoco funcionó esa estrategia. Hubo mayor movimiento turístico, pero muy pocos cambios aperturistas dentro de la isla. Entonces llegó el primer gobierno de Donald Trump y cambió nuevamente el escenario. Como parte de una lógica republicana más dura, el objetivo volvió a ser el ahogo económico total: menos turismo, menos remesas y menos posibilidades de negocios. Al finalizar aquel mandato, ya se acumulaban más de 240 resoluciones y medidas que afectaban directamente a Cuba. Otra vez, látigo y garrote.
Luego llegó Joe Biden y casi nada cambió. Más tarde regresó Trump, ahora dispuesto a lograr lo que ningún presidente norteamericano había conseguido hasta el momento. Cuba atraviesa hoy la mayor crisis desde la Revolución, en un contexto donde convergen la presión estadounidense, el silencio internacional y las propias limitaciones internas del gobierno cubano para reaccionar ante un escenario cada vez más complejo.

Las tácticas actuales de ahorcamiento
Desde hace años, el ingreso de divisas a Cuba se sostiene sobre tres pilares centrales: el turismo, las remesas y la exportación de profesionales médicos.
Precisamente sobre esos sectores se concentró el endurecimiento de las sanciones impulsadas por Donald Trump. Apenas iniciado su segundo mandato, Estados Unidos volvió a incluir a Cuba entre los países patrocinadores del terrorismo, fundamentando la decisión en el acercamiento geopolítico de la isla con Rusia, Irán y China.

  1. Las remesas —dinero enviado principalmente desde Estados Unidos por cubanos emigrados— representan actualmente cerca del 50% de los ingresos de la población y alrededor del 10% del PBI cubano. Estos fondos son gestionados por el conglomerado GAESA, estructura vinculada a las Fuerzas Armadas que además controla gran parte de las transacciones comerciales en divisas y buena parte de la infraestructura turística. Trump decidió limitar esos envíos a 300 dólares trimestrales.
    La situación se agravó todavía más porque desde 2020 la empresa Western Union suspendió las transferencias hacia la isla. En consecuencia, crecieron los canales informales para el ingreso de dólares y medicamentos mediante pasajeros que llegan en avión desde el exterior.
  2. Donald Trump y buena parte de su administración consideran que el principal sostén económico de Cuba continúa siendo el turismo. Por eso avanzaron sobre ese sector con diferentes medidas destinadas a provocar el estrangulamiento de la actividad.
    Cuba depende en un 94% de combustibles fósiles. Venezuela era uno de sus principales proveedores, con envíos diarios de entre 25.000 y 30.000 barriles. Rusia y México complementaban el abastecimiento energético.
    La ofensiva estadounidense suspendió el suministro venezolano hacia la isla y sumó amenazas arancelarias contra países que exportaran petróleo a Cuba. El 28 de febrero, Trump firmó una resolución que calificó a Cuba como un “riesgo excepcional” para la seguridad de Estados Unidos.
    El impacto fue inmediato. Las restricciones energéticas comenzaron a provocar cancelaciones masivas de vuelos, suspensión de servicios turísticos y apagones de hasta 22 horas diarias.
    Washington también reforzó la prohibición del turismo estadounidense hacia Cuba y amenazó con limitar beneficios migratorios para ciudadanos europeos que visiten la isla.
    Paralelamente, se elaboró una “lista de alojamientos prohibidos” vinculados al conglomerado militar GAESA, estructura que controla gran parte del sistema financiero y turístico cubano. Entre ellos figuran varios de los hoteles más importantes de la isla.
  3. Otra fuente clave de ingresos afectada por las sanciones fue la exportación de profesionales médicos cubanos mediante las llamadas “misiones médicas” (un programa estatal que funciona a partir de acuerdos entre gobiernos o ciudades que pagan al gobierno cubano por los servicios médicos, y éstos pagan al profesional una parte por los servicios prestados). Estados Unidos promovió acuerdos de cooperación sanitaria y tecnológica con países que cancelaran esos convenios con La Habana.
    Así, gobiernos como Guatemala, Paraguay, Bahamas, Guyana y Jamaica suspendieron programas de cooperación vigentes desde hacía décadas.

La necesidad de mirar hacia adentro
Más allá de la presión estadounidense, numerosos analistas sostienen que la crisis cubana también revela problemas estructurales internos.
José Natanson escribió en Le Monde que la coyuntura actual “no debería ocultar el fondo de un sistema económico que no funciona y de una élite político-militar que insiste en negarle una reforma”.
Los datos reflejan esa fragilidad. Cuba importa alrededor del 80% de los alimentos que consume. La producción agrícola no alcanza para abastecer el mercado interno: apenas se produjo el 13% del arroz necesario durante el último año y menos del 30% del café requerido para el consumo local.
La situación energética tampoco encuentra soluciones estructurales. Las centrales termoeléctricas presentan un fuerte deterioro y la matriz energética sigue dependiendo casi exclusivamente del petróleo importado.
En los años 80, Fidel Castro impulsó junto a la Unión Soviética la construcción de una central nuclear en Juraguá, provincia de Cienfuegos. El proyecto quedó inconcluso tras la disolución de la URSS y la falta de financiamiento.
Más recientemente surgieron iniciativas vinculadas a energías renovables con apoyo europeo, aunque el actual escenario político y económico pone en duda su continuidad.
Cuba posee además tres yacimientos petroleros importantes ubicados en Matanzas, aunque la producción solo cubre una parte limitada de la demanda energética nacional (30%).
En paralelo, la isla priorizó durante años inversiones multimillonarias en infraestructura hotelera de lujo (por ejemplo la Torre K-23 que costó 400 millones de dólares), mientras persistían problemas estructurales en sectores estratégicos de la economía.
Desde el plano político, la dirigencia cubana tampoco logró capitalizar momentos históricos que podrían haber impulsado algún tipo de apertura, como la caída de la Unión Soviética o el “deshielo” promovido por Obama en 2014.
Tras la desaparición de la URSS y la pérdida de subsidios, Cuba sobrevivió gracias al turismo y a la apertura migratoria. Más adelante, la llegada de Hugo Chávez al poder en Venezuela volvió a garantizar combustible subsidiado y alivió parcialmente la presión económica interna.
Tampoco prosperaron modelos de reformas similares a los implementados en China desde 1978 o en Vietnam desde 1986.

¿Y cómo sigue?
La presión estadounidense sobre el abastecimiento energético y sobre el turismo empuja a Cuba hacia una situación límite.
Según describió recientemente la BBC, “La Habana Vieja está vacía. Todo parece muerto”. Actualmente, solo 13 hoteles permanecen operativos entre La Habana y Varadero.
Las restricciones energéticas provocaron la cancelación de más de 1.700 vuelos hasta abril de 2026. Once aerolíneas dejaron de operar en Cuba y otras debieron modificar rutas para abastecerse de combustible fuera de la isla.
Los apagones de hasta 22 horas afectan todos los aspectos de la vida cotidiana: transporte, escuelas, hospitales, gastronomía, actividades culturales y abastecimiento de agua. Un paisaje propio de un “turismo de la desolación” si se me permite.
…heladeras que no cumplen con su función de conservar alimentos, médicos que no pueden llegar a zonas alejadas por falta de combustible para la movilidad, el agua que empieza a escasear en algunas comunidades, escuelas casi sin alumnos porque no pueden trasladarse, la cancelación de actividades deportivas y culturales. Una vida diaria que ya no es más diaria.
En abril, la empresa estatal Energas informó además la salida del Sistema Eléctrico Nacional de una de sus plantas debido a la acumulación de sargazo en los sistemas de filtrado.
Mientras tanto, crecen las especulaciones sobre eventuales negociaciones entre Washington y sectores cercanos al poder cubano para avanzar hacia una apertura económica controlada.
Cuba no tiene petróleo como Venezuela e Irán, pero la satisfacción de Trump en ser el primer presidente norteamericano que logró terminar con el régimen socialista cubano, e imponer exigencias como la liberación de presos políticos, la legalización de partidos con calendario electoral, libertad de expresión, regreso de exiliados, apertura al sector privado, romper lazos con china lo seduce: y que expresaba que le correspondería “el honor de tomar Cuba”, tras otros presidentes sin haberlo logrado.
Donald Trump volvió a insistir públicamente sobre Cuba. El 13 de abril declaró desde la Casa Blanca: “Cuba es una nación en colapso (…) y es posible que hagamos una parada en Cuba una vez que hayamos concluido con esto” refiriéndose a la guerra con Irán.
La ofensiva estadounidense también contiene una dimensión económica evidente. Trump construyó buena parte de su fortuna alrededor de negocios inmobiliarios, hoteleros y casinos. Funcionarios como Marco Rubio ya sugirieron que una eventual apertura permitiría el desembarco de cadenas norteamericanas como Marriott, Hilton, Hyatt o Wyndham.
Medios especializados en turismo incluso comenzaron a hablar de una estrategia destinada a transformar a Cuba en una economía altamente dependiente del turismo estadounidense, bajo el concepto de “Cubastroika”.

Para el final
El turismo global continuará desplazándose hacia territorios que garanticen estabilidad política, seguridad y posibilidades de acumulación económica. Si Cuba pierde competitividad por el conflicto geopolítico, el capital turístico migrará hacia otros destinos.
La crisis cubana también expone un cambio más amplio: las ventajas comparativas del turismo internacional ya no dependen solamente de playas o paisajes, sino también de estabilidad política, conectividad y percepción de seguridad.
Mientras tanto, Cuba enfrenta prácticamente sola la presión estadounidense. El silencio de organismos internacionales y de entidades vinculadas al turismo global refuerza ese aislamiento. En la Unión Europea prima el silencio absoluto ante los atropellos ilegales de Estados Unidos en cuanto a la política internacional en general. Además de otros países mutados, incluso ante crímenes como en Gaza o El Líbano, Venezuela o ahora Cuba.
En ese contexto, la FIT Cuba 2026 intentó sostener parcialmente la actividad mediante un formato híbrido y propuestas vinculadas al turismo sostenible.
Sin embargo, el escenario general sigue marcado por una pregunta central: cuánto tiempo más podrá resistir la isla antes de una transformación política, económica o social de gran escala.

Cuando Trump lo ha dicho y repetido su intención de “tomar a Cuba” es propio de un manual de conquistador del siglo XVI (Leonardo Padura).