A 210 años de la declaración de la Independencia, la vicepresidenta Victoria Villarruel apeló al legado del Congreso de Tucumán para volver a poner en discusión una pregunta que atraviesa la historia argentina: qué significa ejercer la soberanía en un mundo donde el poder también se disputa a través de la economía, la tecnología y los recursos estratégicos. Y con el texto, se desmarcó por completo, una vez más, de Javier Milei.
Jueves 9 de julio de 2026. La Casa Histórica de Tucumán volvió a ser, por unas horas, el centro de la política argentina. Mientras el Gobierno preparaba los actos por el Día de la Independencia y el presidente Javier Milei buscaba darle a la fecha el tono de una celebración patriótica, Victoria Villarruel eligió otro camino: planteó a través de una columna con su firma en La Gaceta de Tucumán, una discusión que atraviesa buena parte de la historia argentina: hasta dónde un país puede abrirse al mundo sin resignar su capacidad de decidir.
El texto lleva el tono de una reflexión histórica, aunque su destinatario está en el presente. Villarruel recuperó una de las frases centrales del Acta de la Independencia, aquella en la que los congresales de 1816 declararon la ruptura con España y con «toda otra dominación extranjera». Sobre esa idea construyó un mensaje que excede la conmemoración y se mete de lleno en el debate político actual.
La vicepresidenta sostiene que la independencia no se puede reducir a un hecho ocurrido hace 210 años. La presenta como una tarea permanente, vinculada con la capacidad del país para definir sus propias leyes, administrar sus recursos estratégicos y decidir su rumbo sin condicionamientos externos. En ese punto aparece la frase de mayor contenido político de toda la columna: «Difícilmente podamos hablar de una verdadera libertad si nuestra agenda legislativa se limita a subordinar el diseño de nuestro marco jurídico a normativas o intereses foráneos».
La referencia carece de nombres propios, aunque el contexto le da un significado preciso. Desde que asumió la Presidencia, Javier Milei convirtió el alineamiento con Estados Unidos en uno de los ejes de su política exterior. La relación con Washington, el respaldo explícito a Donald Trump y la búsqueda de acuerdos con las principales potencias occidentales forman parte de una estrategia que el Presidente presenta como un cambio de época para la Argentina.
Villarruel mira ese escenario desde otra tradición política. Su columna recupera una idea que atraviesa buena parte del pensamiento argentino desde el siglo XIX: la soberanía no termina en las fronteras ni se limita a la defensa del territorio. También alcanza a la economía, la producción, la tecnología, los recursos naturales y la capacidad del Estado para fijar reglas propias.
Ese concepto recorrió gobiernos de signos políticos muy distintos. Lo reivindicaron el desarrollismo cuando impulsó la industrialización, el radicalismo en distintas etapas de su historia y el peronismo bajo la idea de soberanía política, independencia económica y justicia social. Incluso economistas liberales como Raúl Prebisch plantearon que el desarrollo requería construir capacidades nacionales antes que limitarse a exportar materias primas. La discusión nunca desapareció. Cambiaron los protagonistas y cambiaron las circunstancias.
La vicepresidenta lleva esa discusión al terreno de los recursos estratégicos. Afirma que la riqueza energética, minera y tecnológica debe convertirse en una herramienta para fortalecer la producción, generar empleo y promover el desarrollo de las provincias. La definición aparece en un momento en que el país concentra buena parte de las inversiones en sectores como el litio, el cobre, Vaca Muerta y la economía del conocimiento, actividades donde conviven intereses nacionales con grandes capitales internacionales.
El texto también incorpora un tema que gana espacio en las principales economías del mundo: la soberanía tecnológica. Villarruel sostiene que la innovación debe estar al servicio del desarrollo humano, la producción y el trabajo. La cuestión forma parte de una agenda global. Estados Unidos y China disputan el liderazgo en inteligencia artificial, Europa desarrolla regulaciones propias para reducir su dependencia tecnológica y varios países latinoamericanos buscan fortalecer industrias vinculadas al conocimiento como una forma de preservar autonomía en un escenario cada vez más competitivo.
La publicación llegó acompañada por otro gesto. Horas antes, Villarruel recordó en sus redes sociales la resistencia durante las Invasiones Inglesas y rindió homenaje a quienes enfrentaron la dominación extranjera. Leídas por separado, ambas intervenciones parecen una evocación histórica. Juntas construyen un mismo mensaje político y refuerzan una idea que la vicepresidenta viene desarrollando desde hace tiempo: la soberanía constituye el eje desde el cual interpreta los desafíos actuales de la Argentina.
Las diferencias entre Milei y Villarruel dejaron hace tiempo de expresarse en declaraciones cruzadas. La distancia aparece en los temas que cada uno elige instalar. Mientras el Presidente pone el acento en la apertura económica, la desregulación y la inserción internacional, la vicepresidenta vuelve una y otra vez sobre las Fuerzas Armadas, la defensa nacional, los recursos estratégicos y la soberanía. Son miradas distintas sobre el papel del Estado y sobre la manera en que la Argentina debería relacionarse con el mundo.
La columna publicada en la víspera del 9 de Julio aporta un elemento más a esa diferencia. También recupera una pregunta que acompaña al país desde el Congreso de Tucumán y que sigue sin una respuesta definitiva: cómo construir una nación capaz de integrarse al mundo sin perder el control sobre las decisiones que definen su propio destino.
Dos siglos después de aquella declaración de independencia, el sentido de la soberanía sigue siendo objeto de disputa. Antes se discutía frente a los imperios coloniales. Hoy la discusión pasa por el peso de las grandes potencias, los mercados financieros, las empresas tecnológicas, los recursos naturales y la capacidad de los Estados para fijar sus propias reglas. Villarruel eligió el 9 de Julio para volver a poner ese debate en el centro de la escena política.
El texto completo de Villarruel

Conducir nuestro propio destino: el mandato del 9 de Julio
Por Victoria Villarruel – Vicepresidenta de la Nación
Cada 9 de julio, los argentinos nos detenemos a contemplar el acta fundacional de nuestra independencia. Sin embargo, corremos el riesgo de que sea una conmemoración vacía si no somos capaces de desenterrar el fuego interno que movilizó a sus protagonistas. Recordar el Congreso de Tucumán de 1816 debe ser una interpelación directa a nuestra responsabilidad histórica ante los complejos desafíos del presente.
Aquellos hombres de coraje se reunieron en circunstancias críticas: el Ejército del Norte había sido destrozado en Sipe-Sipe, Buenos Aires se desangraba en facciones internas y la restauración monárquica en Europa empujaba a buscar protectorados exteriores ante una derrota que parecía inexorable. Sin embargo, frente a tan pobres auspicios, ocurrió lo imprevisible. Los congresales se sintieron imbuidos de un mandato superior, un llamado de la voz silenciosa, pero imperativa de la Patria que brota del alma de los pueblos. En ese instante único, el espíritu heroico se impuso sobre los cálculos tácticos. Al firmar el acta, no solo rompieron vínculos con España, sino que añadieron una cláusula imperecedera que resuena con más fuerza a medida que transcurre el tiempo: la exigencia de ser independientes “de toda otra dominación extranjera”. Aquel congreso demostró, que en situaciones críticas, la política debe ser el arte de hacer posible lo imposible.
Los nuevos desafíos:
Hoy, en pleno siglo XXI, la Argentina enfrenta una encrucijada histórica que, bajo nuevos ropajes geopolíticos, tecnológicos y financieros, reedita el mismo dilema político de 1816. La libertad no es una abstracción; se encarna en la soberanía concreta de la Nación sobre sus decisiones y sus recursos. La independencia no es un estatus formal, sino una construcción diaria que se edifica exclusivamente sobre los cimientos de la soberanía. Difícilmente podamos hablar de una verdadera libertad si nuestra agenda legislativa se limita a subordinar el diseño de nuestro marco jurídico a normativas o intereses foráneos.
Los desafíos inéditos que enfrentamos:
-La soberanía tecnológica y la dignidad humana: Enfrentamos un cambio de época que no es meramente técnico, sino antropológico. El avance tecnológico debe estar al servicio de la persona humana y del bien común. En el plano económico y social, esto implica que la innovación debe tener como norte el desarrollo humano integral, la producción nacional y la creación de fuentes de trabajo digno para nuestro pueblo.
-La soberanía sobre nuestros recursos: La defensa y el desarrollo del país no pueden quedar condicionados por la voluntad de ningún interés extranjero. Desde la histórica zafra tucumana, donde toda una provincia entrelaza su destino en un ejemplo vivo de producción regional, hasta nuestros recursos energéticos, mineros y tecnológicos, la riqueza de nuestra tierra y de nuestro trabajo no representa un botín de corto plazo para la especulación, sino el motor irrenunciable del arraigo federal, la industrialización y la grandeza nacional.
Una convocatoria a nuestras reservas de patriotismo:
Nuestros próceres no claudicaron ante la adversidad; respondieron con patriotismo. No buscaron enriquecerse en la función pública, sino darlo todo por amor a la patria. Por eso, este 9 de julio, la encrucijada argentina nos exige abandonar la resignación y la improvisación. No podemos eludir nuestra responsabilidad histórica ni delegar las decisiones estratégicas de la Nación bajo la falsa premisa de una eficiencia sin rostro.
Reservas de patriotismo
Hago un llamado a evocar las reservas de patriotismo de nuestro pueblo: a nuestros técnicos, científicos, trabajadores, empresarios y jóvenes, para volver a concebir el esfuerzo cotidiano como la forma más alta de defensa nacional. Seamos capaces, como los hombres de Tucumán, de escuchar esa voz imperiosa de la Patria que supera todo cálculo transaccional. Construyamos entre todos un orden legal soberano y valiente que ponga los recursos al servicio del desarrollo de nuestras familias y del suelo sagrado que habitamos.
Demostremos, que los argentinos mantenemos intacta la capacidad de conducir nuestro propio destino. Asumamos el mandato de la historia con la certeza de que otro país es posible si tenemos la audacia y las virtudes necesarias para hacerlo realidad.
¡Viva la Patria! ¡Todo por Argentina!
