El jefe de Gabinete llegó a la vigésima cuarta Asamblea del Norte Grande con el tono seguro de quien tiene una respuesta para cada problema. Habló de rutas, energía, pobreza, producción y yerba mate, y sostuvo que casi el 90% de los reclamos de los gobernadores ya está resuelto. El problema aparece cuando esas respuestas se contrastan con las preguntas, con los reclamos que siguen sobre la mesa y con los datos que muestran una realidad bastante más compleja que la que describe el Gobierno de Javier Milei.

Por Raúl Puentes

Miércoles 12 de agosto de 2026. Hay una expresión que en Misiones sirve para describir una forma muy particular de hablar: el «wara wara». Se usa cuando alguien habla mucho, responde con soltura, encadena explicaciones y deja la sensación de que dijo algo, aunque el contenido concreto se haya escapado entre las palabras. Se parece al chamuyo, al verso o a la palabrería, pero tiene una particularidad: el «wara wara» puede estar construido con datos verdaderos. El problema aparece cuando esos datos se utilizan para responder una pregunta distinta de la que fue formulada o, también, para decir mucho sin decir nada.
Algo de eso ocurrió el miércoles en Posadas, cuando Diego Santilli enfrentó a los periodistas en el marco de la vigésima cuarta Asamblea de Gobernadores del Norte Grande. El jefe de Gabinete Nacional se mostró cómodo, seguro y dispuesto a contestar sobre todos los asuntos. Estaba canchero. Habló con la soltura de quien conoce cada expediente, defendió el rumbo económico de Javier Milei y presentó al Gobierno nacional como una administración que escucha, gestiona y avanza. La escena tuvo una característica que vale la pena detenerse a observar: la seguridad de las respuestas fue mucho mayor que la evidencia ofrecida para demostrar algunas de sus afirmaciones.
Veamos: Santilli aseguró que casi el 90% de los reclamos de los gobernadores estaba resuelto. La frase fue difundida por varios medios después de su llegada a Posadas y quedó como una de las principales definiciones de la jornada. Pero la afirmación abre una pregunta que el funcionario no respondió: ¿qué significa exactamente “resuelto”?
La diferencia importa. Una obra adjudicada no equivale a una obra terminada; un expediente iniciado no equivale a una solución ejecutada; una promesa de financiamiento tampoco equivale a recursos efectivamente girados. Para comprobar ese 90% haría falta conocer el universo de reclamos que Santilli tomó como referencia, identificar cuáles considera resueltos y verificar en cada caso si existe una decisión administrativa, una partida presupuestaria, un convenio firmado, una obra iniciada o una solución efectivamente concretada. Hasta ahora, esa información no aparece acompañando la contundente cifra del jefe de Gabinete.
También puede ser que si los reclamos fueron resuletos hasta en un 90 por ciento, los Gobernadores no reclaman nada. Pero la propia reunión aporta un dato que obliga a mirar la afirmación con más cuidado. Según la reconstrucción publicada por todos los medios y difundida por el área de Prensa del Gobierno de Misiones, los gobernadores llegaron a Posadas con reclamos que incluyen rutas, tarifas, zonas cálidas y recursos económicos, varios de ellos planteados desde hace meses. Y para muestra, basta un botón, dice el dicho popular: el pedido de un régimen de zonas cálidas continúa pendiente, al punto de que los mandatarios comenzaron a trabajar en un proyecto de ley propio porque el decreto que esperaban de la Nación nunca terminó de llegar. Ni de salir.
La fotografía política de la jornada también cuenta otra historia. Ocho gobernadores participaron del encuentro y dos quedaron afuera: Ricardo Quintela, de La Rioja, y Gildo Insfrán, de Formosa, hábiles bichos de la política, no quisieron la foto con el colorado hombre que sonríe y no define nada. A esta altura del Gobierno de Javier Milei, una foto con su Ministro estrella resta más de lo que suma.
La política sabe que la visita de Santilli más que traer soluciones es apenas una operación política para recomponer el vínculo con los mandatarios y conseguir respaldo para la agenda legislativa del Gobierno nacional, mientras las provincias utilizaban sus reclamos como moneda de cambio. El dato resulta relevante porque coloca la reunión en un escenario diferente al de una simple mesa administrativa: la Nación necesita a los gobernadores y los gobernadores necesitan respuestas de la Nación. Necesitan respuestas, no fotos, sonrisas y biensonantes expresiones de comprensión y buenos deseos que después se traducen en más crisis económica y social. Hay gente que dejó de comer para comprar un medicamente y otras que dejaron los medicamentos para poder comer. Y Santilli, canchero, responde con el «wara wara» a los periodistas, sin perder la sonrisa ni la frivolidad.
El Gobierno nacional, además, tiene una agenda política propia que no incluye a los gobernadores ni a la población. Para la Casa Rosada, por ejemplo, una de sus prioridades es la reforma de la carta orgánica del Banco Central y la eliminación de las PASO, mientras Santilli esbozó, con esa impronta de galán de cine de los años 90, señales para recomponer acuerdos con los gobernadores que pueden facilitar el tratamiento legislativo de las iniciativas libertarias, dejando trascender que podría haber un entendimiento político sobre el rumbo económico y desregulador que obsesiona a Javier Milei.
Bueno, Santilli llegó al Centro del Conocimiento, en Posadas, y se mostró dispuesto a hablar con la prensa. Pese a las preguntas, y algunos reproches de los colegas, Santilli no explicó siquiera la situación del país sino que se dedicó, sonrisa mediante, a defender una gestión y, al mismo tiempo, administrando un vínculo político que el Gobierno nacional necesita preservar. Su discurso jugó a ambas puntas: transmitió que las demandas provinciales estaban siendo atendidas y, a la vez, sostuvo la idea de que el rumbo económico de Milei funciona y que la relación entre Nación y provincias atraviesa una nueva etapa.
Ahí aparece la cuestión de la yerba mate. Cuando un periodista pregunta por la situación de la yerba en Misiones, responder que la Argentina exporta yerba constituye un dato cierto. El Instituto Nacional de la Yerba Mate informó que durante el primer semestre de 2026 las exportaciones alcanzaron 25.897.279 kilos. El organismo también registró 137.336.991 kilos destinados al mercado interno y un total de 417.543.666 kilos de hoja verde ingresados a los establecimientos de secanza durante el mismo período (no dijo eso, no dio esos datos, pero pudo sostener su expresión en esos números oficiales) cuanddo la pregunta sobre la yerba mate en Misiones difícilmente pueda agotarse en el volumen exportado. El problema de la cadena yerbatera tiene que ver con quién se queda con el valor generado, cuánto recibe el productor, qué sucede con los costos, cómo funciona el mercado después de la pérdida de herramientas regulatorias del Inym y qué ocurre con una economía regional cuyo eslabón más débil está formado por miles de productores que viven de la hoja verde. Que vivían de la hoja verde.
Decir que la Argentina exporta yerba no responde ninguna de esas preguntas. El dato es verdadero, pero resulta insuficiente para explicar la realidad que motivó la pregunta. Es una verdad utilizada como respuesta a otra cuestión.

El «wara wara»


Los misioneros tenemos bien claro cómo funciona el «wara wara». Hasta la inflexión de la voz se pone en modo versero y arrancan. Este fenómeno resulta todavía más interesante porque permite discutir el discurso libertario sin caer en una acusación simplista de mentira permanente. El problema del relato oficial no consiste necesariamente en inventar cifras. Consiste muchas veces en seleccionar los indicadores que permiten construir una conclusión favorable y dejar fuera aquellos que complican esa conclusión. La técnica resulta más eficaz precisamente porque trabaja con datos reales.
Las exportaciones de yerba crecieron y eso merece ser consignado. También merece ser consignado que el mercado interno y la situación de los productores forman parte de la misma cadena y requieren otros indicadores para ser comprendidos. Una cifra favorable para un sector puede convivir con dificultades severas en otro de sus eslabones. Presentar solamente el indicador positivo transforma una parte de la realidad en representación de la realidad completa.
Ese procedimiento tampoco nació con Javier Milei. La política argentina tiene una larga tradición de seleccionar estadísticas, enfatizar logros y relativizar resultados adversos. Todos los gobiernos construyeron relatos destinados a mostrar su propia gestión bajo la mejor luz posible. La particularidad del discurso libertario está en la intensidad con que esa selección se convierte en una explicación general: si baja la inflación, el programa funciona; si crecen las exportaciones, el modelo funciona; si baja la pobreza, la sociedad está recuperándose; si las obras fueron adjudicadas, el problema de infraestructura está encaminado.
Cada una de esas afirmaciones puede contener una parte de verdad. El problema aparece cuando la parte pretende reemplazar al todo.
La pobreza ofrece otro ejemplo. El Indec registró una disminución de la pobreza durante el segundo semestre de 2025 respecto del semestre anterior. Ese descenso constituye un dato concreto y debe ser reconocido. Pero una estadística semestral sobre pobreza tampoco alcanza para describir por sí misma la situación de los ingresos, el empleo, las tarifas, el endeudamiento de los hogares o el consumo de las familias en cada región del país. Una medición puede describir una tendencia y, al mismo tiempo, resultar insuficiente para explicar la experiencia cotidiana de millones de personas.
El discurso oficial suele resolver esa tensión con una palabra: transición. Santilli también utilizó esa idea en Posadas. El país, según su explicación, atraviesa un proceso de transformación y los resultados llegarán. La fórmula tiene una ventaja política evidente: permite explicar las dificultades presentes como parte de un camino hacia un futuro mejor. Mientras el futuro permanece abierto, el Gobierno conserva el beneficio de la promesa y evita que el presente funcione como balance definitivo.
La misma lógica aparece cuando se habla de infraestructura. Antes de la Asamblea, Santilli aseguró que el Gobierno avanza con la adjudicación de corredores viales y sostuvo que los últimos 3.000 o 3.500 kilómetros pendientes entrarían en obra a fines de agosto o principios de septiembre. El anuncio puede constituir una señal concreta de gestión. Pero para las provincias del Norte, el problema no consiste solamente en conocer la fecha estimada de una futura obra. También importa saber qué rutas serán intervenidas, con qué presupuesto, bajo qué modalidad, con qué plazos y qué sucedió con las obras que quedaron paralizadas durante los últimos años.
Una adjudicación futura puede ser una buena noticia. Todavía no es una ruta reparada. Y de anuncios de buenas noticias, los medios de la región están plagados.
Una promesa tampoco equivale a una política pública ejecutada. «Misiones no tiene problemas con el gas porque acá no hay gas, no hay un metro de caño», disparó irónicamente el gobernador local Hugo Passalacqua. EL gas para Misiones fue una promesa, en la historia reciente, de Néstor Kirchner, de Cristina Fernández de Kirchner, de Mauricio Macri y de Alberto Fernández. La administración Milei no puede desconocer (aunque si puede, porque no conocen ni les interesa conocer el país) la falta de gas en Misiones porque sigue siendo, en agosto de 2026, la única provincia argentina sin acceso al gas natural por redes, y el reclamo forma parte de una deuda de infraestructura nacional que atraviesa distintas administraciones.
El mismo razonamiento vale para la energía. Los gobernadores trajeron a Posadas reclamos vinculados con tarifas, gas y condiciones energéticas. El régimen de zonas cálidas continúa siendo una demanda central del Norte, mientras la Nación impulsa cambios en el esquema de zonas frías. El tema, aseguran, fue uno de los que más tiempo ocupó en la reunión, donde los mndatarios plantearon como alternativa un régimen que contemple el mayor consumo energético del Norte durante los meses de altas temperaturas.
Entonces, el contraste es difícil de ignorar: mientras Santilli presenta una agenda con un alto porcentaje de reclamos “resueltos”, los gobernadores siguen discutiendo problemas que llevaron a la reunión precisamente porque continúan pendientes. Pendientes y resueltos, entonces, son palabras que necesitan ser traducidas al menguaje de los hechos.
El periodismo tiene justamente esa función. No alcanza con reproducir la afirmación de un funcionario ni con contraponerle automáticamente la afirmación de otro. Hay que preguntar qué significa, qué documentos la respaldan, qué ocurrió antes, qué falta para que se concrete y quién asume la responsabilidad si aquello que se anuncia finalmente no sucede.
En ese punto, el wara wara deja de ser una expresión pintoresca del habla misionera y adquiere una utilidad periodística. Permite nombrar una forma de comunicación política coloquial que sustituye la respuesta por un discurso que mantiene intacta la imagen que el funcionario necesita proyectar.
Santilli mostró en Posadas una notable capacidad para responder en modo automático. La seguridad corporal, el tono canchero, la velocidad para encontrar un dato y la disposición a contestar cualquier pregunta construyeron la imagen del funcionario que tiene todo bajo control. Pero la política no se mide por la seguridad con que se pronuncia una respuesta. Se mide por la capacidad de esa respuesta para explicar el problema planteado y hacerse cargo de sus consecuencias.
El Gobierno de Milei ha desarrollado una comunicación política particularmente eficaz para producir certezas a partir de realidades parciales. No necesita negar todos los problemas. Le alcanza con colocarlos detrás de una interpretación que los vuelve secundarios, transitorios o inevitables. La inflación baja, entonces el programa funciona. La pobreza baja, entonces la recuperación llegó. Las exportaciones crecen, entonces las economías regionales están mejor. Se adjudican rutas, entonces la infraestructura está encaminada. Se atienden expedientes, entonces el 90% de los reclamos está resuelto.
La construcción es inteligente porque cada pieza puede contener una verdad. Lo discutible aparece en la conclusión general.
Una suma de verdades parciales también puede producir una imagen falsa de conjunto. Ese debería ser el punto de partida para mirar el discurso libertario con mayor rigor. No se trata de responder propaganda con propaganda ni de sustituir una versión oficial por una versión opositora. Se trata de desmontar la arquitectura del relato, separar los datos de las interpretaciones y devolver a cada problema su dimensión completa.
Por eso la escena de Santilli frente a los periodistas en Posadas merece algo más que una lectura partidaria. El jefe de Gabinete respondió, habló, explicó, prometió y defendió. Sonrió. Lo hizo con una tranquilidad que transmite dominio de la situación. Sin embargo, cuando se colocan sus respuestas junto a los reclamos de los gobernadores, los datos de la yerba, las demandas energéticas y las obras que todavía esperan convertirse en realidad, aparece una distancia que la retórica oficial intenta cubrir.
No alcanza con decir que la yerba se exporta cuando la pregunta apunta al productor. No alcanza con decir que el 90% de los reclamos está resuelto si no se explica qué significa resolverlos. No alcanza con anunciar adjudicaciones cuando las rutas siguen esperando obras. No alcanza con afirmar que la recuperación llegará si la discusión sobre sus efectos concretos queda siempre desplazada hacia el futuro.
La política puede hacer propaganda. El periodismo tiene que hacer preguntas. Y repreguntar. Y cuando una respuesta parece demasiado completa, demasiado rápida y demasiado segura para un problema que todavía permanece abierto, conviene volver a preguntar.
Porque quizá allí, entre la respuesta que suena convincente y la realidad que sigue esperando, aparezca aquello que los misioneros resumieron hace tiempo en dos palabras: puro «wara wara».