“Todos los días mueren, en Misiones, alguien conocido o familiar de un conocido. Esas muertes, evitables, me angustian. Y me sorprende que sea consecuencia de un virus, si, pero también de la desidia de una población que no es capaz, siquiera, de hacer una cuarentena por ellos mismos y por el resto”, exhorta el autor de esta opinión.

Por Raúl Puentes

Viernes 12 de febrero de 2021. La pandemia de Covid 19 no nos da tregua, pese a que un número demasiado grande de vecinos (no sé cuántos ni cómo llamarlos), viven más allá de la gravedad que impone este desgraciado contexto.
A cientos que conozco parece que no les importa nada. Si, nada. La sociedad (sigo sin saber cómo llamarlos) ponen su humor (“la cuarentena ya fue”; “no se puede vivir encerrado”; “estoy cansada”; “nos encierran”; “también hay que vivir, che”, y unas decenas más de explicaciones centradas en el ombligo) por delante del bien común, mayoritario, extraordinario y de emergencia que nos toca vivir a todos por igual y donde relajarse implica pagarlo con la vida o con consecuencias para toda la vida. No importa, están cansades y que mueran los que tienen que morir.
Las fiestas clandestinas, los asaditos; las incomprensibles reuniones multitudinarias de fin de año -muchas familias no se aguantan ni se quieren entre sí, pero a fin de año cumplieron el ritual hipócrita de las juntadas multitudinarias, pese al contexto de pandemia- que llevaron a que contemos muertos como si fueran caramelos.
Pero son nuestros muertos. Los muertos son nuestros, ¿entendés?
Desde que comenzó el año, casi todos los días muere de coronavirus alguien que conozco o algún familiar directo de alguno de mis amigos o conocidos. Esos dolores también son míos; aunque los muerto no sean directos, son los muertos de los míos y por lo tanto, me afecta, me sacude, me entristece; me atormenta. Me asusta.
Me duelen nuestros muertos. Y me sorprende que sea consecuencia de un virus, si, pero también de la desidia de una población que no es capaz, siquiera, de hacer una cuarentena por ellos mismos y por el resto.
Hoy jueves, solo en Misiones, llegamos a 117 muertos, nuestros. Personas queridas que perdieron la vida por una pandemia que demasiados ayudan a propagar y a extender. Muertos -en su mayoría- por la falta de cuidados y de responsabilidad, por falta de sensibilidad y de compromiso, por desidia; porque sus insoportables egocentrismos no les impide entender que estamos viviendo una situación extraordinaria que nos supera a todos y que para sortearla, o minimizarla, se necesita del granote -no granito- de arena que puede aportar cada uno; con mínimo esfuerzo.
Y por qué lo digo: porque veo, en mi propio entorno, la falta de responsabilidad y de sensibilidad en esta situación; donde el individualismo puede más que cualquier cosa, donde no son capaces de “ocuparse” en lugar de “preocuparse”; donde dejan sus “sentidos pésames” en las redes de aquellos cercanos que perdieron algún familiar pero inmediatamente postean la foto de la juntadita del fin de semana, innecesaria -la juntadita- y totalmente banal, berreta y de mal gusto. En esos posteos advierto que les importa más un vaso o una lata de cerveza que las vidas que se ponen en juego, como las de ellos mismos, la mía, o las de las personas que dicen amar.
Yo también estoy cansado del encierro. También necesito abrazar, escuchar o tocar a aquelles que amo pero me importa más que todos sigamos vivos, o sin contagiarnos, porque por más que sobrevivamos al contagio, está cada vez más claro que los efectos posteriores serán terribles en la salud de todos. De todes.
Estoy seguro que este posteo exhorta a muchos de los que lo leerán. No hablo de personas imaginarias ni muy lejanas sino de mi entorno, de todos mis entornos.
Yo quiero sobrevivir a esta pandemia. Y deseo con demasiada fuerza que vos también sobrevivas. Pero tenemos que actuar; hacer más o al menos lo mismo de lo que hicimos al principio. Estar cansado no es un argumento para arriesgar la vida. Ninguna vida.
Ya no contemos más los muertos porque son nuestros. Los que mueren día a día no son números ni estadísticas: son personas de las que quiero seguir disfrutando, aprendiendo.
O ignorando.
Pero deseo que sigan ahí.