Una pandemia mostró que el individualismo de la cerveza compartida en un bar sin aislamientos, o la mesa familiar del domingo, importan más que haber evitado -al menos-, la mitad de los tres millones diez mil afectados por el virus social que registra la Argentina, con sus 64500 muertes, y que seguimos contando.

Miércoles 5 de mayo de 2021. Pasaron tres millones doscientas mil vidas; no una sola vida. Hay 153 millones de personas enfermas por esta pandemia que nos sucede desde hace sólo 14 meses y que arrasó con esa escalofriante cifra de al menos -recién lo dije- 3,2 millones de personas que sucumbieron al virus y a la desidia de los pueblos.
El coronavirus habita en los seres humanos y no paga transporte. Lo llevamos nosotros, a cuesta. Tampoco se mueve mayoritariamente por el mundo entre los trabajadores esenciales sino en los encuentros sociales. El virus viaja en transporte seguro de fiesta en fiesta, de cumpleaños en cumpleaños, de piezzeada en pizzeada; en barcitos, en reunioncitas, en manifestaciones y en encuentros clandestinos de dos, de 50 o de 500.
El virus no vive solo; lo mantenemos vivos los que no podemos entender que tenemos que quedarnos en casa… los que no tenemos la necesidad de salir, ni de juntarnos: los trabajadores de la salud, por ejemplo, son los que SI tienen la necesidad de juntarse en torno a un cuerpo enfermo, para prologarle la vida. Esa es una necesidad; no la comida familiar del domingo ni la mateada en la vereda, todos con el mismo mate, como antes.
Pero quedarse en casa o cuidarse implica sacrificios que no es, en la sociedad actual, ningún sufrimiento profundo, aunque lo vistan de tal. Lo describe en una reflexión sobre el dolor el sociólogo Miguel Ángel Forte, en una excelente charla de ida y vuelta con el periodista de Página 12, Julián Varsavsky, cuando dice que ante la incapacidad de enfrentar sufrimientos profundos, aparecen las psicologías rápidas que buscan reemplazar pensamientos o situaciones negativos en “positivos”. Técnicas, en definitiva, funcionales al neoliberalismo: buscan la eficacia del sujeto que debe volver a la producción. Para eso inflacionan el narcisismo en lugar de escarbar y replantearse: te ponen en mejores condiciones para rendir sacándote del apuro, apelando al “vos podés” escribiendo metas cada mañana en el espejo del baño. El gran descubrimiento del filósofo surcoreano Han es que el capitalismo entendió que es mucho más productivo el individuo autoexplotado, que el explotado clásico en la fábrica de la sociedad disciplinaria. Se pasa de la coacción del “tú debes”, a la libertad del “tú puedes”.
Y afirma Varsavsky que las derechas entienden bien esto: en lugar de hacer eje en cuidar la salud, se ofrecen como guardianes de su libertad.
Para que el filósofo reafirme que “Es una degradación de la política a ver quién me deja ir a la cervecería o a correr. La búsqueda de soluciones profundas es dolorosa. Lo contrario son meros tranquilizantes, una política analgésica. Dice Han -amplía- que no hay más revolución: hay depresión y antidepresivos. Todo lo que te sucede no sería un problema social sino personal, un tema psíquico que tenés que resolver sólo. La política paliativa implica “no puedo solucionarte nada de fondo pero intento darte tranquilidad”.
Pero explican un poco más, al analizar que la sociedad va perdiendo el espacio para la exploración de darle sentido a las cosas mientras vamos hacia una sociedad homogénea, que expulsa lo distinto en rechazo a su negatividad, un suerte de lisura (de liso) que anestesia y se sostiene a la presión del consumo: busca ser siempre agradable, lindero con lo decorativo; sin conflicto ni ruptura estética, uniforme, con nuevas reglas y nuevos códigos, efímeros, pasatistas. Simplistas. Egocéntricos. Narcisistas.
Rescato en esa explicación la definición del sujeto autoexplotado, que no se detiene hasta derrumbarse de cansancio, como un siervo que arrebata el látigo al amo para flagelarse, con la que intenta explicar la costumbre global de autolesionarse para subir el video a Internet, como los que se someten a retos suicidas, que se equipara con el reto de las fiestas clandestinas o las reuniones sociales en tiempos de pandemia. La mejor versión de un Yo depresivo embotado en el infierno de lo igual, que necesita sentir su cuerpo, algo intenso que los reviva que está en acciones y no en decisiones: salir y desafiar antes que reflexionar.
El sometido no es consciente del sometimiento y se explota de manera voluntaria: cree que se está realizando. La felicidad estaría en la absolutización del trabajo, o sea, de la vita activa en desmedro de la contemplativa. Esto se potenció con la pandemia. La psicopolítica neoliberal convierte al trabajo en una fiesta y ese discurso neocorporativo se traslada a la política.
Pero el problema, advierten, es que cuando el sujeto de rendimiento se deprime al fracasar -y no ve un posible cambio en el afuera-, implota en lugar de rebelarse. Se responsabiliza a sí mismo.
Vemos en la política que los nuevos líderes no son revolucionarios, sino entrenadores motivacionales que atajan el descontento con técnicas de autoayuda que intentan convertirlo en oportunidad. También hay calmantes proscritos masivamente, como las redes sociales y los videojuegos adictivos que operan como paliativos que aíslan. El dispositivo de felicidad aísla y despolitiza, atenuando la solidaridad. Cada quien se preocupa de su felicidad como un asunto privado: “el fermento de la revolución es el dolor sentido en común”. En la sociedad del cansancio, ese agotamiento es apolítico, es un cansancio del Yo emprendedor. Este es el auge de la idea “todos somos empresarios”, cuando somos meros monotributistas de un Estado.
Este es el contexto donde una pandemia mostró que el individualismo de la cerveza compartida en un bar sin aislamientos, o la mesa familiar del domingo, importan más que haber evitado al menos, la mitad de los tres millones diez mil afectados por el virus social que registra la Argentina, con sus 64500 muertes, y que seguimos contando.