El lunes fue el Día Internacional de los Pueblos Indígenas del Mundo, una fecha que celebra el 9 de agosto de cada año desde 1982, cuando se realizó la primera reunión del Grupo de Trabajo de las Naciones Unidas sobre Poblaciones Indígenas. A 530 años de la conquista de América, siguen los reclamos en todo el continente contra el legado de violencia, explotación y borrado cultural que dejó el colonialismo.

Viernes 13 de agosto de 2021. Desde el Círculo Polar Ártico hasta Tierra de Fuego hay protestas contra el legado de violencia, explotación y borrado cultural que dejó el colonialismo. Los indígenas americanos piden responsabilidades a la Iglesia católica, a los Gobiernos nacionales y a otras poderosas instituciones.
Aunque solo parezca simbólico, se derriban estatuas de reinas y conquistadores en medio de protestas y marchas contra el impacto de la ocupación de América, donde los pueblos indígenas se oponen cada vez más a la veneración sistemática de los colonizadores, en estatuas que representan una clase invasora de belicistas y tiranos. «Son símbolos que representan la esclavitud y la opresión, denuncian.
En Canadá descubrieron tumbas sin nombre de niños indígenas en edificios que fueron internados católicos y que llevó a pedidos para que se revise la historia colonial de ese país y las desigualdades estructurales que persisten.
Canadá pidió perdón. Pero en toda América persisten esas prácticas. Persisten, bajo la lógica del colonialismo: Borrar la memoria de nuestras comunidades y borrar sus propios crímenes.
En Chile y Colombia, las revueltas en contra de las desigualdades sociales también piden que se revisen los relatos nacionales y las persistentes secuelas de la conquista.
En La Paz, la capital de Bolivia, activistas feministas marcharon la estatua pintarrajeada de Cristóbal Colón, denunciando el genocidio perpetrado contra las comunidades indígenas.
América, la de los indios, la selva y los barcos, tiene una experiencia común de marginación, pobreza y baja esperanza de vida en los pueblos originario, todavía hoy, a 530 años de la conquista. Lo sabemos en Brasil, en Paraguay y acá, en la Argentina.
La trabajadora social diaguita de la provincia Tucumán, Lourdes Albornoz, recordó que hace sólo una generación, los terratenientes ricos de Tucumán solían llevarse a las jóvenes indígenas para que trabajaran en sus casas. “Se llevaban la mitad de las vacas, la mitad de la cosecha y a las jóvenes”, a las que les ponían nombres católicos, con nuevas fechas de nacimientos y las afiliaban a los partidos políticos preferidos de sus secuestradores. “Perdieron su identidad, trabajaron gratis, fueron explotadas y abusaron sexualmente de ellas”.
En todo el continente los pueblos indígenas están peor de lo que admiten los datos oficiales; con suma pobreza, poca esperanza de vida y sin perspectivas de empleo como resultado de cinco siglos de demandas rechazadas o ignoradas.
Aún así, siguen acá. Pese a todo, el tejido cultural de las naciones originarias no fue destruido. Por eso, al decir del historiador mapuche de la Universidad de Santiago, Fernando Pairicán: “Por cada acto de genocidio debe haber una reparación económica, política y social. Solo entonces podremos avanzar hacia la autodeterminación, la igualdad y la restitución de las tierras a los pueblos indígenas de toda América”.
Sería solo una reparación mínima y por lo tanto, no puede ser una utopía.