La líder de Fuerza Popular llegó por primera vez a la Casa de Gobierno tras imponerse en una elección ajustada y puso fin a 26 años de ausencia del fujimorismo del poder ejecutivo. La ceremonia reunió en Lima a presidentes identificados con una nueva derecha latinoamericana. Javier Milei buscó consolidar una alianza política basada en coincidencias económicas, seguridad y una visión crítica del rol del Estado.

Miércoles 29 de julio de 2026. Keiko Sofía Fujimori Higuchi asumió este martes la Presidencia del Perú para el período 2026-2031, en una ceremonia realizada en el Congreso de la República, y se convirtió en la primera mujer elegida por voto popular para ocupar la máxima magistratura del país. Su llegada al Palacio de Gobierno marca el retorno del fujimorismo al poder ejecutivo después de 26 años, aunque representa el primer ejercicio presidencial de Keiko Fujimori, quien nunca había ocupado antes un cargo de gobierno nacional.
La nueva presidenta peruana llegó al cargo después de una extensa trayectoria electoral. Fue candidata presidencial en cuatro oportunidades y perdió las anteriores disputas en segunda vuelta. En 2026 logró imponerse por una diferencia mínima frente a Roberto Sánchez, candidato de Juntos por el Perú. El Jurado Nacional de Elecciones proclamó la fórmula de Fuerza Popular con 9.223.396 votos frente a 9.173.755 sufragios obtenidos por su competidor, una diferencia inferior a los 50 mil votos.
La asunción abre una nueva etapa para un país atravesado por una década de inestabilidad institucional, con sucesivos cambios presidenciales, enfrentamientos entre el Ejecutivo y el Congreso y una profunda pérdida de confianza ciudadana en la política tradicional. Fujimori será la novena persona en ocupar la Presidencia peruana en diez años.

El regreso del apellido Fujimori al centro del poder
La llegada de Keiko Fujimori tiene una fuerte carga histórica porque devuelve al centro de la política peruana a un apellido asociado a uno de los períodos más decisivos y controvertidos del país.
Su padre, Alberto Fujimori, gobernó Perú entre 1990 y 2000. Durante su mandato derrotó militarmente a Sendero Luminoso, estabilizó la economía luego de una etapa de hiperinflación y aplicó profundas reformas de mercado. Al mismo tiempo, su gobierno quedó marcado por la concentración del poder, el cierre del Congreso en 1992, denuncias de corrupción vinculadas al asesor Vladimiro Montesinos y condenas por violaciones a los derechos humanos.
Ese legado continúa dividiendo a la sociedad peruana. Para sus seguidores, el fujimorismo representa orden, seguridad y recuperación económica. Para sus críticos, simboliza autoritarismo, corrupción y debilitamiento institucional.
Keiko Fujimori construyó su carrera política intentando diferenciarse de los aspectos más cuestionados del gobierno de su padre, aunque su identidad política continúa vinculada al movimiento que él creó. Su desafío será gobernar con un país dividido entre quienes ven en su llegada una oportunidad de estabilidad y quienes interpretan su triunfo como un retroceso democrático.
El primer eje de la nueva administración será la seguridad ciudadana. La expansión del crimen organizado, la extorsión, el narcotráfico y el crecimiento de economías ilegales aparecen entre las principales preocupaciones de la sociedad peruana.
Durante la campaña, Fujimori prometió una política de endurecimiento contra el delito, con propuestas inspiradas en modelos aplicados en otros países de la región, entre ellos El Salvador. Entre sus anuncios figuran mayores atribuciones para las fuerzas de seguridad, construcción de infraestructura penitenciaria y una participación más activa de las Fuerzas Armadas en tareas contra organizaciones criminales.
El segundo desafío será económico. Perú mantiene una de las economías más estables de América Latina en términos macroeconómicos, con una fuerte presencia del sector minero y una importante capacidad exportadora. Sin embargo, enfrenta problemas estructurales: alta informalidad laboral, desigualdad territorial y baja capacidad estatal para garantizar servicios públicos.
Fujimori planteó una agenda orientada a promover inversiones privadas, infraestructura y crecimiento económico. También anunció medidas sociales, entre ellas un incremento del salario mínimo y políticas destinadas a combatir la pobreza y la desnutrición.
La gobernabilidad será otra prueba central. El sistema político peruano mantiene una fuerte fragmentación partidaria y los últimos años estuvieron marcados por crisis entre presidentes y congresos. La capacidad de Fujimori para construir acuerdos será determinante para evitar una repetición del ciclo de enfrentamientos institucionales.

Milei en Lima: una fotografía política con alcance regional
La presencia del presidente argentino Javier Milei en la ceremonia de asunción tuvo un significado que excedió el protocolo diplomático.
Milei fue uno de los mandatarios invitados junto con otros líderes latinoamericanos de perfil conservador, como Daniel Noboa de Ecuador y José Antonio Kast de Chile. La reunión mostró una nueva configuración política regional, con gobiernos que comparten una agenda centrada en la apertura económica, la reducción del peso del Estado, la seguridad y una crítica al progresismo latinoamericano.
Para Argentina, el vínculo con el nuevo gobierno peruano representa una oportunidad de profundizar relaciones en áreas estratégicas: comercio, energía, minería, inversiones y cooperación en seguridad.
Milei busca construir una red de alianzas internacionales basada en afinidades ideológicas. Desde su llegada a la Casa Rosada priorizó vínculos con gobiernos que comparten su visión económica y política, y la asunción de Fujimori le permitió exhibir una fotografía regional favorable a su proyecto.
La presencia argentina también debe leerse dentro de un escenario más amplio: América Latina atraviesa una etapa de reordenamiento político, con gobiernos de derecha ganando espacio después de un ciclo de predominio progresista en varios países.

Una región dividida en dos modelos
La ceremonia de Lima mostró una nueva disputa política latinoamericana. Por un lado, gobiernos que impulsan políticas de mercado, mayor protagonismo del sector privado y estrategias de seguridad más duras. Por otro, administraciones que sostienen un rol más activo del Estado y políticas sociales como eje central.
El encuentro entre Fujimori y Milei simboliza la consolidación de un espacio político que busca coordinación regional. Sin embargo, esa coincidencia ideológica deberá transformarse en resultados concretos frente a problemas comunes: inseguridad, bajo crecimiento económico, desigualdad y crisis de representación política.
Keiko Fujimori llega al poder con una ventaja política: representa una estructura partidaria consolidada y un electorado fiel. Pero también enfrenta una dificultad central: gobernará un país profundamente polarizado y con una memoria política atravesada por el conflicto alrededor del apellido que lleva.
Su presidencia será evaluada por dos dimensiones simultáneas. La capacidad para recuperar estabilidad institucional y mejorar las condiciones económicas; y la manera en que administre la relación entre poder, oposición y las heridas todavía abiertas del pasado fujimorista.
La jornada de Lima no fue solamente un cambio de mando presidencial. Fue la expresión de una nueva etapa política peruana y una señal del reordenamiento de fuerzas que atraviesa América Latina.