Un informe internacional publicado hace tres semanas pone precio a la bronca de los varones jóvenes. Leído junto con la etnografía argentina del «mejorismo», muestra una misma subjetividad explotada dos veces: en la billetera y en el voto.
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Por Jorge Víctor Ríos, licenciado en Comunicación Social
Lunes 7 de septiembre de 2026. Ciento cincuenta y cinco mil estudiantes a noventa y nueve dólares por mes. Con esa matrícula, declarada por su dueño en marzo de 2026, la «universidad» online The Real World facturaría unos 184 millones de dólares al año, según la estimación de un informe publicado el 7 de agosto por Reset Tech y Equimundo, dos organizaciones que trabajan, respectivamente, sobre la regulación de plataformas y sobre las masculinidades. El dueño es Andrew Tate, procesado en Rumania desde 2023 por trata de personas y otros cargos, con juicio pendiente y acusaciones que niega. El producto cambió varias veces de nombre (dropshipping, es decir venta sin stock; después criptomonedas; después «negocios con inteligencia artificial») sin cambiar de precio ni de público. Cuando un hackeo expuso la base en 2024, aparecieron 794.000 usuarios registrados contra los 113.000 miembros activos que la plataforma decía tener. Lo que no cambió nunca es la audiencia: varones jóvenes que llegaron buscando una rutina de gimnasio, consejos para invertir o alguien que les explicara por qué les va como les va.
A ese ecosistema se lo llama «manosfera», y el informe (se titula The Grift Economy, algo así como «la economía del verso») pide abandonar la palabra. Sostiene que nombra una comunidad unida por ideas donde lo que hay es una infraestructura comercial compartida: influencers, membresías, cursos, suplementos, casas de apuestas y las plataformas que cobran comisión sobre todo eso. Su nombre alternativo es «industria del agravio masculino», y su hallazgo central es un embudo de tres etapas que se repite con independencia del tamaño del vendedor. Primero, la atención: contenido aspiracional de disciplina, finanzas y citas, «parece ayuda». Segundo, la inyección del agravio: la frustración personal se reencuadra como traición de la sociedad, del feminismo, del sistema, y «se vuelve cosmovisión». Tercero, la monetización de la confianza: cursos, hermandades pagas, tokens, apuestas, «pagan por la condición». Los autores son explícitos en dos frases que ordenan el resto: los creadores que dirigen esta operación no son ante todo ideólogos, son emprendedores del agravio. La ideología es el producto.
Las cifras hacen el resto del trabajo. Un streamer como Adin Ross, socio accionista de la plataforma Kick, ganaría entre 30 y 50 mil dólares por hora de transmisión según analistas externos. Doscientos dieciséis influencers de looksmaxxing (la optimización estética de la cara y el cuerpo por puntaje, que va de la rutina de cuidado de la piel al «bone smashing»: martillarse la mandíbula para que el hueso «cicatrice más fuerte») acumularon 14.600 millones de vistas en TikTok, Instagram y Facebook, con chicos de 13 años que se hacen puntuar la cara en foros donde tres puntos o menos es «subhumano». Y en cada etapa cobra el dueño del caño: YouTube retiene 45 centavos de cada dólar publicitario, lo que convierte a Google, según el informe, en el mayor beneficiario individual del negocio; Kick reparte 95 a 5 con el creador contra el 50 y 50 de Twitch, un diseño pensado para recibir a los expulsados de otros lados. La frase más incómoda del documento está en la página 32: los hombres están pagando por su propia radicalización mientras las plataformas, calladas, se llevan su parte.
Los nombres del informe ya habían pasado por la pantalla. El 11 de marzo de 2026 Netflix estrenó Louis Theroux: Inside the Manosphere, donde el documentalista británico convive con Sneako, Myron Gaines, Justin Waller y Harrison Sullivan, cuatro nombres que figuran en el informe; tres de ellos están en el episodio del boliche de Miami de enero, que el documento reconstruye a partir de 1.100 clips guardados por los propios espectadores. Parte de la crítica británica le reprochó a Theroux que su cámara amable amplificara a los protagonistas sin contrapeso, que es, punto por punto, lo que el informe documenta con el caso de Miami: en esta economía la atención crítica también es distribución. Un año antes, el 13 de marzo de 2025, Adolescencia (Jack Thorne y Stephen Graham, cuatro episodios filmados en plano secuencia) había mostrado el otro extremo del embudo: Jamie Miller, trece años, detenido por matar a una compañera, y una familia convencida de que el hijo estaba a salvo en su cuarto. La serie acumuló 96,7 millones de visualizaciones en tres semanas, ganó nueve Emmy, Keir Starmer respaldó que se proyectara en las escuelas secundarias británicas y termina con el padre acomodando un osito en la cama vacía y pidiendo perdón. En un año y medio, el Norte produjo la ficción de la víctima, el retrato de los vendedores y, por fin, la contabilidad. Lo que falta en ese tríptico es el pibe contado desde su propia experiencia, y esa pieza se escribió acá.
Está en una peluquería sin clientes en las afueras de La Plata, una tarde de martes. Ahí Pablo Semán y Nicolás Welschinger, investigadores del CONICET, encontraron a un peluquero, Jorge (el nombre es el que figura en el artículo), que repetía «menos es más» y estaba convencido de que «tenemos demasiados derechos, tenemos derechos absurdos». La escena abre «Juventudes mejoristas», publicado a fines de 2023 en Cuadernos de Antropología Social, de la UBA, y el concepto que propone recorrió después la discusión argentina: el mejorismo, una sensibilidad juvenil nacida del triple sacudón de la pandemia (afectivo, laboral, político) que cree en un progreso personal modesto a fuerza de esfuerzo propio, desconfía del «estado del Estado» (presente en los anuncios, ausente en la escuela que se cae) y traduce los derechos a méritos: un derecho se merece. Belén, repartidora de PedidosYa con un hijo a cargo, lo dijo mejor que cualquier teoría cuando salió a protestar contra el proyecto de ley bonaerense que quería regularizar el trabajo de plataformas: «no me jodan con derechos que te empobrecen».
Lo importante del hallazgo de Semán y Welschinger, y lo que la conversación progresista todavía procesa mal, es la dirección causal. La ideología, dicen, se adhiere desde la experiencia. Milei no fabricó a esos jóvenes; los encontró hechos y les habló en su idioma. Su discurso funcionó porque, en la expresión que toman de Paul Willis, «hizo puente» con algo que ya estaba vivido pero no tenía quien lo dijera en público. Ellos lo llaman estructura de acogida. Y la estructura de acogida es exactamente lo que el informe de agosto describe desde el otro lado del mostrador, con una diferencia de escala: acá la construyeron la pandemia y la inflación; allá la fabrica el algoritmo, en serie, detectando al usuario solo o ansioso y sirviéndole el material que intensifica ese estado más la comunidad organizada alrededor. «Eventualmente te va a llegar algo con mayor intensidad», resume un participante de los grupos focales del informe. El cliente, por ahora, es el mismo.
Leídos juntos, los dos textos hablan de un solo sujeto visto desde abajo y desde arriba, y las tres etapas del embudo calzan sobre las biografías del paper con una precisión incómoda. La etapa de la aspiración es Damián, el repartidor marplatense que en la cuarentena se armó «su propia carrera» con cursos grabados de Udemy y llegó a cobrar 600 dólares mensuales programando para una startup; la del agravio es la triple crítica a la política, al Estado y a la economía; la de la monetización es donde la versión argentina se desdobla, porque lo que en el Norte se cobra en suscripciones acá se cobró, además, en votos. El molde es el mismo; cambian el blanco del agravio y quién pasa la gorra. En el embudo norteamericano el enemigo nombrado es el feminismo y la diversidad; en el argentino, la casta, los planes y el Estado. Tomás Borovinsky lo señaló temprano y el paper lo retoma: acá la radicalización debió menos a una rebelión contra la agenda identitaria que a una década de estanflación. La inflación hizo gratis, y a escala nacional, el trabajo de inyección del agravio que allá requiere ingeniería de recomendación.
Hay un mecanismo del informe que explica el caso más triste del paper. Lo llaman Efecto Gurú: el coaching caro produce dependencia por diseño, porque cuando el resultado no llega la culpa es de la disciplina insuficiente del miembro, que entonces paga otro mes. Thiago, de 20 años, albañil con su tío entre Florencio Varela y Berazategui, intentó el mismo camino que Damián, consiguió una beca de Globant para un curso online, no llegó a terminarlo a tiempo, no pasó las entrevistas y volvió a la obra y a ayudar en una carnicería los fines de semana. El credo salió intacto: valoriza el esfuerzo como única vía de ascenso y comparte con Damián, el exitoso, la misma evaluación política. La promesa que sostiene a los dos es asintótica por diseño; el informe describe el estilo de vida que se exhibe como «fabricado para parecer alcanzable y permanecer siempre fuera de alcance». Byung-Chul Han describió hace más de quince años al sujeto de rendimiento que se explota a sí mismo convencido de que se realiza; lo que agregan el paper y el informe es que ese sujeto tiene ahora proveedores, precios de lista y una boleta electoral.
Nada de esto es nuevo por separado, y ahí está la utilidad de mirar atrás. La hermandad paga repite la lógica de los grupos de alto control que la sociología estudia desde los años sesenta, y el propio informe lo admite al describir sus mecánicas: reclutamiento por afinidad, identidad fundida con el grupo hasta que irse se vive como perderse a uno mismo, y persecución externa convertida en prueba de verdad (la expulsión de Tate de YouTube en 2022 organizó a su público en lugar de dispersarlo). El embudo del cuerpo repite el de la anorexia: las pasarelas de los noventa, los sitios pro-ana de los dos mil y la «thinspiration» que Instagram tardó años en prohibir a medias, una historia que en Argentina necesitó una ley, la 26.396 de 2008, para que el Estado nombrara el problema. El informe traza ese paralelo él mismo y marca la diferencia que importa: los estándares del looksmaxxing no los fija una industria de la moda que al menos dice reflejar el deseo ajeno, sino varones que puntúan a otros varones en foros sin ninguna mujer en la sala. Y el credo del esfuerzo es el de la autoayuda, de Dale Carnegie en 1936 a la cultura del makeover (la reinvención permanente de uno mismo como proyecto) que Micki McGee describió en 2005 y que Semán y Welschinger citan como antecedente directo del mejorismo. Lo nuevo está en tres lugares. El libro se compraba una vez y la suscripción se cobra todos los meses. El lector podía cerrar el manual y el algoritmo no se cierra, porque ahora trabaja del lado de la demanda, encontrando uno por uno a los que todavía no sabían que buscaban. Y la autoayuda clásica no tenía un enemigo con nombre: todo dependía de uno, según prometía la tapa. La industria del agravio le agregó al mismo credo un culpable y, con el culpable, una boleta.
Porque la política aparece en el informe, aunque los autores la dejen para una segunda entrega prometida sobre el dinero que financia la bronca. En el pasaje más político del documento sostienen que el resentimiento de género es la puerta de entrada y no el destino: el punto de llegada es una cosmovisión donde la decadencia social, el estatus masculino perdido y la necesidad de un liderazgo de «mano dura» son las conclusiones lógicas, moldeadas por movimientos de derecha organizados «que aprendieron a pescar exactamente en esa agua». Semán y Welschinger ponen la misma prudencia del otro lado: la afinidad entre el mejorismo y Milei fue electiva, no mecánica, y nada obligaba a esa desembocadura. Juntos dibujan una doble extracción sobre el mismo cuerpo: la industria produce y mantiene al sujeto agraviado, la política lo cosecha, y ninguna de las dos paga el costo de producción, que corre por cuenta del pibe, en cuotas de 99 dólares o en expectativa. Michael Kimmel llamó a esto, en Angry White Men, «aggrieved entitlement»: el derecho herido, la sensación de que a uno le sacaron lo que le correspondía. Es la misma materia prima que el informe registra como «pérdida de estatus» y que en la peluquería de La Plata sonaba a «derechos absurdos». Wendy Brown lo formuló en clave más amplia: la razón neoliberal, al convertir a cada persona en capital humano, prepara el resentimiento que después las nuevas derechas organizan.
Desde Misiones la secuencia se ve con una capa más. El guion del emprendedor no les llegó a los pibes de acá solo por el algoritmo y por la campaña de los leones: se los recitó también el Estado provincial, con Silicon Misiones, la Escuela de Robótica y el cartel de «primera provincia start up de la Argentina» que recibía en El Arco hasta julio de este año. Sobre esa captura del significante escribí el 18 de agosto; lo que agrega el informe de Reset Tech y Equimundo es la tercera fuente del mismo mensaje, la comercial, que no necesita cartel porque viaja en el teléfono. ¿Cuántos de los que reparten en moto por la Costanera de Posadas tienen instalada una «academia» de trading, un canal de Telegram con señales de cripto o el curso de alguien que promete un cuerpo y una salida? No hay relevamiento local, hasta donde sé, y esa ausencia también es un dato. Lo que sí hay es el estudio que NetLab, de la Universidad Federal de Río de Janeiro, hizo con el Ministerio de las Mujeres de Brasil en septiembre de 2025: 137 canales de YouTube con contenido misógino, 3.900 millones de vistas, el 80% con alguna forma de monetización activa y vendidos, en palabras de los investigadores, como «desarrollo personal masculino». Del lado brasileño de la frontera, el embudo ya tiene métricas.
Si sos varón, tenés menos de treinta y alguna vez sentiste que nadie te enseña a ser hombre, ya figurás en la planilla de alguien. La «regla del 80/20» (el 80% de las mujeres se fijaría solo en el 20% de los varones) que un chico le explica a su padre policía en el segundo episodio de Adolescencia aparece en los grupos focales del informe repetida como dato de la realidad, sin que nadie recuerde de dónde la sacó; cuando una consigna ideológica pasa a la conversación casual sin cita, anota el documento, ya hizo su trabajo. Y no por gil: en los grupos focales del informe, los participantes sabían perfectamente que les vendían y se quedaban igual, porque lo que fueron a buscar (que alguien reconociera la presión, un plan, un lugar entre pares) era real y no lo encontraban en otra parte. La conciencia, anota el informe, «no se tradujo en desconexión». Nadie te va a sacar de ahí con un sermón sobre la masculinidad tóxica; el propio documento registra que ese tono endurece. Lo que corta el efecto, según lo que ellos mismos relevaron, es más simple y más humillante para el vendedor: que otro varón te muestre la transacción, los precios, el porcentaje de la plataforma, la matrícula inflada. Que veas la caja.
Y la caja, en Argentina, empezó a dar señales de lo que pasa cuando el producto defrauda. En marzo de 2025, Semán y Welschinger publicaron «Esperanza y orfandad», un trabajo de campo sobre el primer año de gobierno en el que el electorado mejorista aparece bifurcado entre quienes convirtieron el voto en «transformación histórica» y quienes quedaron huérfanos. En septiembre de ese año, antes de las legislativas, Semán dijo en Perfil que «los jóvenes que bancaban a Milei están con pocas ganas de ir a votar» y que «nadie está loco por votar»: el entusiasmo se derrumbaba por el deterioro económico de los hogares mientras la adhesión ideológica seguía en pie. En abril de 2026, La Nación informó que la aprobación juvenil que las encuestas de Casa Rosada medían en 70% en febrero de 2025 había bajado al 46%, que el ausentismo de los menores de 30 subió del 29,8% en 2023 al 34,4% en la última elección según la Cámara Nacional Electoral y que, en el estudio de Amnistía Internacional y la consultora Dynamis que cita la misma nota, el 39% prefiere crecimiento económico a libertades democráticas. Adhesión intacta, entusiasmo en baja, y una puerta abierta hacia la «mano dura» que el informe señala como destino del embudo.
La pregunta que queda abierta es la del Efecto Gurú a escala país. Cuando la promesa no llega, el cliente de una hermandad paga tiene dos salidas: cancelar la suscripción o aceptar que la culpa fue suya y doblar la apuesta. Trasladado a la política, lo segundo se escribe «la casta no lo dejó gobernar». Cuál de las dos prevalece entre los que hoy no quieren ir a votar es, o al menos debería ser, la pregunta central de cualquier fuerza que aspire a hablarles en 2027, y tiene tres indicadores verificables: si el ausentismo sub-30 sigue subiendo desde el 34,4%; si aparece en la agenda argentina algo parecido al ECA Digital brasileño, la actualización del Estatuto del Niño y del Adolescente vigente desde marzo de 2026, que prohíbe el scroll infinito y la reproducción automática para menores, es decir, si alguien se anima a regular el diseño y no el discurso; y si en la segunda edición del informe, la del dinero político, aparece algún actor local. Nos encontraron primero; esa es toda la ventaja que tienen, y todavía alcanza. Nombrar la caja, con precios y porcentajes, es la parte que sigue estando de nuestro lado.
