El licenciado en Comunicación Social y analista social Jorge Víctor Ríos analizó en Plural cómo el “mejorismo”, una subjetividad juvenil basada en el esfuerzo individual y el emprendedurismo, se cruza con la expansión de la manosfera y una industria digital que monetiza las inseguridades de los varones jóvenes. El fenómeno, sostiene, conecta precariedad, culto al cuerpo, promesas de riqueza, resentimiento y nuevas formas de interpelación política, en un escenario donde el malestar social puede convertirse tanto en negocio como en capital electoral. en esta publicación, la primera parte presenta una tesis clara, explica el concepto de “mejorismo” y plantea la relación entre masculinidades, economía digital y política opara después, en la seguda parte, al pie de esta misma nota, desarrolla y explica con más profundidad los conceptos, para quienes se interesen en tener más precisiones.
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Lunes 7 de septiembre de 2026. Las frustraciones de los varones jóvenes, especialmente de aquellos atravesados por la precariedad y el empobrecimiento, se convirtieron en un terreno de disputa económica, cultural y política. Esa es la hipótesis central que desarrolló en su columna de Plural el licenciado en Comunicación Social y analista social Jorge Víctor Ríos, a partir de la articulación entre el concepto de “mejorismo”, la expansión de la llamada manosfera y el funcionamiento de las plataformas digitales.
El término “mejorismo”, desarrollado por los sociólogos Pablo Semán y Nicolás Welschinger, describe una sensibilidad extendida entre jóvenes que coloca el esfuerzo individual, la autonomía y el emprendedurismo en el centro de la explicación sobre el éxito personal. La idea parte de una premisa sencilla: el futuro depende fundamentalmente de uno mismo, independientemente de las condiciones sociales, económicas o familiares de origen.
Ríos sostiene que la industria digital que convierte las inseguridades personales en mercancía puede aprovechar esa subjetividad. El circuito suele comenzar con contenidos aparentemente inocentes, como entrenamiento físico, alimentación, desarrollo muscular, consejos para mejorar la apariencia o recomendaciones para ganar dinero. Luego aparecen productos, suplementos, cursos, membresías y suscripciones que prometen acelerar esa transformación.
En el caso de los varones jóvenes, la presión ya no se limita al mandato tradicional de ser proveedor. A esa exigencia se suma otra vinculada con el cuerpo, la belleza, el atractivo sexual y el reconocimiento social. Allí adquieren relevancia fenómenos como el “looksmaxxing”, orientado a maximizar la apariencia física, y comunidades digitales que construyen determinados modelos de masculinidad como sinónimo de éxito.
El problema, según el análisis de Ríos, aparece cuando la promesa de autosuperación se combina con una explicación política de la frustración. El joven que no consigue trabajo, dinero, reconocimiento o pareja puede recibir primero un mensaje individualista —debe esforzarse más— y luego otro que identifica responsables externos: el Estado, el feminismo, el progresismo o la política tradicional.
Ese tránsito conecta la economía de la atención con la radicalización política. Los algoritmos tienden a favorecer contenidos capaces de generar interacción y permanencia, y la indignación, el resentimiento y la confrontación constituyen recursos particularmente eficaces para captar audiencia. Así, una búsqueda personal puede terminar conduciendo hacia comunidades ideologizadas.
Ríos define este proceso como una “doble extracción”. Por un lado, existe una extracción comercial: las plataformas y los creadores monetizan las ansiedades de los jóvenes mediante publicidad, productos, cursos y suscripciones. Por otro, existe una extracción política: determinadas corrientes pueden transformar ese malestar en identidad, resentimiento y adhesión electoral.
La pandemia funcionó como un catalizador de estas transformaciones. La precarización laboral, la pérdida de ingresos y la percepción de una respuesta estatal insuficiente profundizaron entre muchos jóvenes la necesidad de encontrar alternativas individuales. En ese contexto, el trabajador de plataformas puede comenzar a percibirse antes como emprendedor que como trabajador precarizado.
El fenómeno también ayuda a explicar el crecimiento de la manosfera, un universo digital heterogéneo en el que conviven contenidos sobre masculinidad, relaciones, fitness, dinero y éxito con discursos misóginos y comunidades que atribuyen las dificultades afectivas de los varones a las mujeres o a determinados cambios culturales.
Para Ríos, la cuestión excede a las redes sociales. Lo que está en juego es una transformación cultural que puede tener consecuencias materiales y políticas. Las nuevas derechas encontraron allí un público que ya había desarrollado desconfianza hacia las instituciones y una fuerte valoración de la autonomía individual.
La pregunta decisiva es qué sucede cuando las promesas de prosperidad no se cumplen. El fracaso puede provocar desencanto con el referente político o con el propio sistema, pero también puede reforzar la lógica individualista: si el resultado no llegó, el problema se vuelve a atribuir a la falta de esfuerzo o disciplina.
En esa tensión se encuentra, para Ríos, uno de los riesgos centrales del fenómeno: que una frustración social legítima termine convertida en negocio y que, simultáneamente, el desencanto con determinadas políticas derive en un rechazo más profundo de la política y de las instituciones democráticas.
El desafío consiste entonces en mirar más allá de los influencers y de los discursos extremos. Detrás de esos contenidos existe una población concreta que busca reconocimiento, pertenencia, ingresos, vínculos y un horizonte de futuro. La discusión política comienza allí: en quién ocupa ese espacio cuando las instituciones tradicionales dejan de ofrecer respuestas convincentes.
XXXXX Segunda parte XXXXX
Las redes convierten el malestar de jóvenes varones en negocio y política

La ansiedad por el cuerpo, el dinero, el éxito y las relaciones afectivas encontró en las plataformas digitales un circuito capaz de transformar frustraciones personales en consumo, suscripciones y adhesiones políticas. El analista social Jorge Víctor Ríos vinculó en su columna de Plural dos fenómenos que suelen estudiarse por separado: la emergencia de una subjetividad juvenil basada en la autosuperación individual y la expansión de una industria digital que monetiza las inseguridades de los varones jóvenes.
El eje de la exposición de Jorge Víctor Ríos (presentado como un extracto en la primera parte de esta nota), fue el concepto de “mejorismo”, desarrollado por los investigadores Pablo Semán y Nicolás Welschinger para describir una sensibilidad surgida entre jóvenes de sectores medios y populares que coloca la autonomía, el esfuerzo personal y el emprendedurismo en el centro de la explicación sobre el éxito o el fracaso. Esta investigación, publicada en 2023, estudió las experiencias de jóvenes de entre 16 y 28 años y analizó cómo la pandemia, la precarización laboral, la inflación y el desencanto con las instituciones contribuyeron a una nueva relación con el Estado y la política.
Ríos rescata el tema y propone llevar esa discusión hacia un territorio que adquirió una dimensión creciente en los últimos años: la llamada “manosfera”, un conjunto heterogéneo de comunidades, influencers y contenidos digitales dirigidos principalmente a varones y relacionados con masculinidad, relaciones, dinero, entrenamiento físico y éxito personal. Allí identifica un mecanismo que considera decisivo: necesidades reales de los jóvenes pueden convertirse en puertas de entrada hacia circuitos comerciales y discursos políticos cada vez más radicalizados.
La clave está en que el punto de partida no necesariamente es ideológico. Puede ser una búsqueda cotidiana. Cómo ganar masa muscular, cómo mejorar el aspecto físico, cómo conseguir pareja, cómo ganar dinero, cómo invertir o cómo convertirse en alguien exitoso. El problema aparece cuando esas búsquedas son progresivamente vinculadas con una explicación totalizante de la propia frustración: si alguien no consigue aquello que desea, la responsabilidad vuelve a recaer exclusivamente sobre él.
Ese mecanismo coincide con una investigación publicada en agosto de 2026 por Equimundo y Reset Tech bajo el título “The Grift Economy: How Young Men Are Being Sold Fake Belonging and Fake Wealth Online”. El estudio describe una infraestructura comercial que aprovecha la soledad, la ansiedad económica y la incertidumbre identitaria de los varones jóvenes. Sus autores identifican un circuito de tres etapas: captación mediante contenidos aspiracionales, introducción de discursos de resentimiento y posterior monetización de la confianza construida.
Del gimnasio al negocio
En la reconstrucción planteada por Ríos, el primer escalón suele ser aparentemente inocuo. El joven busca una rutina de entrenamiento, información sobre alimentación, proteínas, suplementos o formas de mejorar su apariencia. Allí aparece el influencer que ofrece una solución concreta y, junto con ella, un producto: una guía, un curso, una membresía, suplementos o algún sistema para alcanzar rápidamente el resultado prometido.
El informe de Equimundo y Reset Tech describe precisamente ese pasaje entre contenidos aspiracionales y mecanismos de monetización. La investigación analizó 216 influencers vinculados con el fenómeno “looksmaxxing” en TikTok, Instagram y Facebook y combinó análisis de discursos, estudios de alcance, grupos focales y relevamiento de ingresos y estructuras comerciales.
“Looksmaxxing” refiere a prácticas orientadas a maximizar la apariencia física. Algunas son convencionales, como mejorar el entrenamiento, el peinado o la vestimenta. Otras pueden alcanzar niveles de riesgo considerablemente mayores. Entre las prácticas asociadas a las variantes más extremas aparece el llamado “bone smashing”, que propone golpear los huesos del rostro con el objetivo de modificar su estructura, para lograr una cara mas marcada por rasgos duros, para acercarse al concepto de rostro más masculino.
La cuestión relevante para Ríos, sin embargo, no es solamente el culto al cuerpo. Es la lógica económica que puede organizarlo. La promesa de transformación personal se convierte en mercancía y el fracaso puede ser reinterpretado como una falla individual: faltó disciplina, esfuerzo o perseverancia.
Ahí aparece una de las conexiones más fuertes con el “mejorismo”. La investigación de Semán y Welschinger sostiene que esta sensibilidad no equivale automáticamente al mileísmo ni constituye una identidad política homogénea. Se trata de una forma de pensarse como individuo autónomo, libre y responsable de su propio destino, construida a partir de experiencias concretas de crisis, precariedad y desencanto institucional.
El concepto resulta particularmente importante porque evita una explicación simplista. Los investigadores no plantean que los jóvenes hayan sido simplemente “adoctrinados” por las redes. Su argumento es diferente: determinadas experiencias sociales generaron una sensibilidad previa que luego pudo ser interpelada y capitalizada políticamente.
La frustración y el culpable
El segundo momento identificado por Ríos es más político. A partir de contenidos inicialmente relacionados con fitness, relaciones o dinero, pueden aparecer discursos que ofrecen una explicación general de las dificultades personales.
El Estado se presenta, aparece, como un obstáculo. El feminismo aparece como responsable de los problemas entre varones y mujeres. Se convierte al progresismo como sinónimo de decadencia. Se señalan a la izquierda y al socialismo como enemigos. La política tradicional aparece como una estructura destinada a impedir que quien trabaja y se esfuerza pueda prosperar.
La operación tiene una consecuencia: una experiencia social compleja comienza a ser explicada exclusivamente en términos individuales y, simultáneamente, mediante la identificación de determinados enemigos.
Semán y Welschinger encontraron en su investigación una combinación de críticas al Estado, la economía y la política. Según su trabajo, los jóvenes entrevistados expresaban frustraciones vinculadas con el trabajo informal, la inflación, la inseguridad y la percepción de ausencia o deterioro estatal. Esa experiencia podía combinarse con una valoración positiva del emprendedurismo y de la autonomía individual.
La investigación también advierte que “mejorismo” y libertarismo no son equivalentes. La sensibilidad mejorista puede ser capitalizada por una fuerza política, pero no nació necesariamente como una doctrina política cerrada. Ese matiz es central para comprender el fenómeno.
La política aparece después como una respuesta posible a una frustración que ya existía.
La nueva masculinidad como mercado
Ríos incorpora a esa discusión otro componente: el mandato masculino tradicional de ser proveedor y la aparición de nuevas exigencias vinculadas con el aspecto físico, la capacidad económica y el éxito sexual.
El viejo imperativo de “ser un hombre capaz de sostener una familia” convive ahora con una presión permanente por tener determinado cuerpo, determinada apariencia, determinados ingresos y determinado acceso a las mujeres. Las redes sociales permiten exhibir esos atributos de manera constante y, al mismo tiempo, convertirlos en mercancía.
La “wealth porn”, o exhibición ostentosa de riqueza, forma parte de esa maquinaria cultural. Automóviles de alta gama, viajes, mansiones, relojes, mujeres presentadas como símbolos de éxito y escenas de lujo construyen una narrativa visual en la que la riqueza funciona como prueba del supuesto método utilizado para obtenerla.
El emprendedurismo deja entonces de ser solamente una actividad económica y puede transformarse en una moral: quien triunfa demuestra que hizo las cosas correctamente; quien fracasa debe revisar su conducta.
Ese mecanismo aparece también en la investigación sobre “mejorismo”. Semán y Welschinger encontraron que jóvenes atravesados por trayectorias laborales inestables podían identificarse como emprendedores y valorar especialmente la autonomía, la productividad y la posibilidad de ser sus propios jefes.
La diferencia entre una aspiración legítima y un mecanismo de explotación aparece cuando la promesa de autonomía se transforma en un negocio recurrente basado en la inseguridad del consumidor.
De la comunidad a la suscripción
El tercer paso señalado por Ríos es la fidelización. El producto deja de ser solamente un contenido aislado y pasa a convertirse en una relación comercial permanente.
Cursos, comunidades privadas, membresías, transmisiones exclusivas y suscripciones permiten que el vínculo entre influencer y audiencia se transforme en ingreso recurrente. El joven ya no compra solamente información: compra acceso, pertenencia y la expectativa de transformación.
El informe de Equimundo y Reset Tech define precisamente ese proceso como una estructura comercial que convierte la búsqueda de propósito y pertenencia en ingresos recurrentes para creadores y plataformas.
La lógica puede resultar especialmente resistente a la evidencia que contradice las promesas iniciales. Si el usuario no alcanza el resultado prometido, el sistema puede trasladar nuevamente la responsabilidad hacia él: no entrenó suficiente, no tuvo disciplina, no trabajó lo necesario o no siguió correctamente el método.
La promesa queda así protegida de la refutación.
La soledad como puerta de entrada
La dimensión económica es apenas una parte del problema. El otro componente señalado durante la columna es la soledad.
Equimundo viene investigando la relación entre varones jóvenes y espacios digitales. Su informe “The Manosphere, Rewired” recoge datos según los cuales dos tercios de los varones de entre 18 y 23 años dicen sentir que nadie los conoce realmente, mientras que el 48% afirma que su vida online resulta más interesante que su vida offline. El estudio también encontró que más del 40% confía en al menos una voz misógina en internet.
Estos datos corresponden a investigaciones realizadas en Estados Unidos y no pueden trasladarse mecánicamente a la realidad argentina. Sirven, en cambio, para dimensionar el fenómeno internacional que Ríos incorpora a su análisis.
La propia Equimundo advierte que el problema no se puede reducir a jóvenes que buscan deliberadamente contenidos de odio. Una parte importante llega a internet buscando respuestas sobre relaciones, dinero, entrenamiento, amistad o identidad. En ese recorrido, los algoritmos pueden conducirlos hacia contenidos cada vez más extremos.
Una parte importante llega a internet buscando respuestas sobre relaciones, dinero, entrenamiento, amistad o identidad. En ese recorrido, los algoritmos pueden conducirlos hacia contenidos cada vez más extremos.
Ese punto modifica la mirada sobre la manosfera. La pregunta deja de ser solamente qué discursos consumen los jóvenes y pasa a ser qué necesidades están intentando resolver cuando llegan a esos espacios.
Y el cuerpo masculino también entra en disputa. Ríos vinculó este proceso con una transformación visible en la representación pública del cuerpo masculino. El cuerpo de los varones comenzó a recibir una atención estética que durante décadas estuvo asociada principalmente a las mujeres.
El fenómeno atraviesa el deporte, el entretenimiento, la publicidad y las redes. La musculatura, el rostro, la mandíbula, la altura, la ropa y la capacidad de atraer sexualmente se convierten en indicadores de valor personal.
El término “Chad”, utilizado en determinadas comunidades digitales para representar un ideal masculino hipermasculino y exitoso, condensa buena parte de esa construcción. En paralelo aparecen categorías como “incel”, abreviatura de “involuntary celibate” (célibes involuntarios), utilizada por comunidades de hombres que atribuyen su frustración sexual a características físicas, sociales o a la conducta de las mujeres.
Uno de los mitos más difundidos en esos espacios es la denominada regla 80/20: la idea de que el 80% de las mujeres estaría interesada solamente en el 20% de los varones considerados más atractivos o exitosos. La cifra carece de valor como ley sociológica general; funciona, más bien, como una narrativa que ordena determinadas experiencias de frustración y las convierte en una explicación aparentemente objetiva.
La serie británica “Adolescence” (está en Netflix) contribuyó a popularizar ante una audiencia masiva algunos de estos códigos digitales, aunque tampoco debe confundirse una representación dramática con evidencia científica sobre el comportamiento de los adolescentes.
La política entra por la misma puerta
La conexión más delicada de la columna aparece cuando Ríos vincula estos procesos comerciales con el crecimiento de las nuevas derechas.
La hipótesis no sostiene que exista necesariamente una organización central que controle el fenómeno. Por el contrario, el propio análisis que recupera Ríos pone el acento en las compatibilidades entre intereses comerciales, plataformas digitales y discursos políticos.
La investigación de Semán y Welschinger ofrece un antecedente importante. Sus autores sostienen que la derecha libertaria pudo capitalizar una sensibilidad juvenil que ya había desarrollado una crítica al Estado, la política y la economía. Milei habría conseguido darle una expresión política a experiencias que precedían a su irrupción electoral.
El punto es relevante porque desplaza la explicación desde la propaganda hacia las condiciones sociales que hacen posible que determinado mensaje sea escuchado.
La pandemia aparece en ese proceso como un acelerador. El estudio académico sobre “mejorismo” vincula la experiencia pandémica con transformaciones en el trabajo, el empobrecimiento, la precarización y la relación de los jóvenes con las instituciones.
En ese contexto, el trabajador precarizado puede comenzar a verse a sí mismo como emprendedor. El repartidor que trabaja para una plataforma puede interpretar su actividad como una forma de independencia. La misma estructura que le ofrece flexibilidad puede ser experimentada como libertad, aun cuando también traslade hacia él buena parte del riesgo económico.
La tensión entre autonomía y precariedad queda así en el centro del problema.
Del desencanto político a la antipolítica
Ríos lleva esa hipótesis un paso más allá y plantea una posible consecuencia electoral: parte de los jóvenes que apoyaron a Milei podría sentirse decepcionada y abandonar esa identificación política.
Aquí es necesario introducir una cautela periodística. La relación entre desencanto con un gobierno, abstención electoral y fortalecimiento de la antipolítica es una hipótesis que requiere evidencia específica. No alcanza con establecer que un sector de votantes se encuentra decepcionado para concluir que dejará de votar o que la abstención aumentará en las elecciones presidenciales de 2027.
La importancia del argumento está, precisamente, en la pregunta que abre: qué ocurre con una subjetividad que durante años recibió el mensaje de que todo depende del individuo cuando las promesas de movilidad social no se cumplen.
Hay dos respuestas posibles dentro del esquema planteado por Ríos.
Una consiste en abandonar al referente y eventualmente abandonar también la política. La otra consiste en mantener la adhesión reinterpretando el fracaso: el proyecto todavía no pudo realizarse porque otros lo impidieron, porque el sistema no permitió avanzar o porque faltó tiempo.
La estructura argumental es semejante a la del vínculo comercial que describe el analista. Cuando el resultado no aparece, el usuario puede cancelar la suscripción o asumir que el problema estuvo en su propia conducta y continuar pagando.
La analogía es sugerente, pero sigue siendo una interpretación. Su comprobación exige estudios longitudinales sobre comportamiento electoral y consumo digital.
El problema que queda abierto
La discusión planteada por Ríos termina mucho más allá de los influencers, los gimnasios o las redes sociales. El verdadero interrogante es qué sucede cuando una sociedad deja a determinados jóvenes sin estructuras sólidas de pertenencia, reconocimiento y movilidad social y, simultáneamente, las plataformas digitales ofrecen respuestas inmediatas a esas necesidades.
Equimundo define esos espacios digitales como ámbitos donde los jóvenes buscan identidad, conexión, pertenencia y orientación. Su investigación más reciente insiste en que una parte de la solución pasa por construir alternativas de comunidad y modelos de masculinidad que no estén basados en la dominación, la misoginia o la explotación comercial.
El análisis de Ríos agrega una dimensión política: esas mismas necesidades pueden ser aprovechadas por discursos que convierten el resentimiento en identidad y la identidad en capital electoral.
El desafío, entonces, no consiste solamente en combatir determinados contenidos de internet. Tampoco en atribuir a los jóvenes una supuesta incapacidad para distinguir información de propaganda. El fenómeno es más complejo: existen condiciones económicas, culturales y afectivas que hacen atractivas determinadas promesas.
El “mejorismo” ayuda a comprender una parte de ese proceso porque coloca en primer plano la experiencia de jóvenes que aprendieron a desconfiar de las instituciones y a confiar en su propia capacidad de salir adelante. La manosfera agrega otra pieza: una industria descubrió que esas mismas ansiedades pueden transformarse en audiencia, y que la audiencia puede convertirse en negocio.
La dimensión política aparece cuando esa frustración encuentra un relato capaz de identificar responsables, ordenar el resentimiento y ofrecer una promesa de transformación.
En ese punto, la pregunta se amplía. De por qué determinados jóvenes consumen determinados contenidos pasa a intentar responder con más profundidad quién ocupa el espacio que dejan vacío el trabajo estable, las instituciones, las comunidades, la política y los vínculos sociales.
Porque allí donde existe una necesidad de pertenencia, reconocimiento y futuro, alguien terminará ofreciendo una respuesta. Y en el ecosistema digital contemporáneo, esa respuesta puede venir acompañada de un producto, una suscripción, una ideología o un voto.
