cetrero norcturno

Cetrero nocturno, cuento de Sebastian Borkoski (del libro con el mismo nombre publicado en 2012) habla de la soledad. Y nunca está mejor dicho que un cuento “habla”. Una de las maravillas de este texto es eso: el parlamento del solitario. Dicho soliloquio puede ser consecuencia del esclavizante trabajo en internación selvática, si charlar con un pájaro es visto como síntoma de locura; o reflejo de la resistencia de un destierro, un aislacionismo, si vemos la oralidad como sustento de humanidad. Es decir, o habla porque quedó loco o habla para sobrevivir, para no quedar loco.

Esa disyuntiva conecta este relato con Quiroga, que sabía de la relación entre selva y locura.
Un trabajador descansa en soledad y es visitado reiteradamente por un ave al que bautiza “Marconi” (el mismo nombre del perro de un cuento que está leyendo. Embate para el mito del obrero analfabeto)
El perro siempre fue elegido como mejor amigo del hombre, un cetro que bien podría ocupar el pájaro. Sobretodo este, que se la pasa robando joyas que se las lleva de ofrenda al hombre, quien, obviamente, no devuelve las joyas ni delata al ave. En esta inacción puede leerse una apostasía y aparente traición, desbande funcional en la literatura y en la historia, que genera superhéroes y grandilocuencias, como en casos estilo Avatar: Pasar al bando contrario, a los buenos, a expensas de luchar contra los hermanos de uno mismo. Si el hombre optara por defender a los de su especie hubiera debido delatar al ave. Pero no lo hace. Y queda muy en claro que la omisión no es por lástima ni por conveniencia (las joyas son para él pero no las quiere) sino por principios. No prevalece, en este contexto bucólico, una distinción de especies, de géneros, de formas, sino una mirada marxista. Se produce en el relato el advenimiento de una moral.
Ahora, este pájaro, el Cetrero (el protagonista dice que es una urraca pero parece loro porque repite su nombre: Marconi ) no delinque por orden del hombre, como en la cetrería conocida, en la que se domina un ave para usarla como instrumento de caza, sino que, como un Robin Hood desvirtuado, roba por su cuenta, por caridad, como justiciero. Y no roba para los pájaros, sus congéneres, sino que lo hace para el hombre, una especie extraña. Pero no es que le quite a los pájaros para darle al diferente, sino que le roba a otros hombres, joyas que solo podrían pertenecer a los opresores.
El momento clave es cuando hieren al ave, el hombre le sana y le obliga a no acercarse más a los humanos: son plaga.
Al final toma la decisión de no hablar nunca más con animales, para preservarlos. Siente culpa por haber generado amistad con el pájaro en nombre de una especie, la humana, que no genera amistades con los animales, sino que los caza. Menos al perro, porque no es sabroso. Lo incomible es amigable.
-Andate, por tu bien- le dice al pájaro. No es una advertencia lejana a la de una historia de desamor. La historia del hombre, del hombre misionero, con la naturaleza, no es otra cosa que una historia de desamor. Andate, es decir, alejémonos, permanezcamos cada uno con su soledad, por nuestro bien, por la incomprensión social.

Anuncios