Que no todo en yanquilandia es sueño americano lo sabemos por el cine, solo recordemos la sordidez afro-yanqui de Priscilla. Y en ese contexto deviene Moonlight (Luz de luna).

Esta ganadora del Oscar muestra el Miami off. Lo oculto, lo negado en las postales de la playera ciudad yanki que a pesar de ser sureña no amerita la significación que esa cardinalidad conlleva. El guionista recordó que la gente dice: ‘He estado en Miami, y eso que vi en la película no es Miami, no hay muchos negros en Miami”. Sin embargo Florida es el tercer estado con mayor población negra en Estados Unidos, aunque por supuesto nadie se daría cuenta viendo solamente fotos de Orlando. Es importante que seamos representativos como personas de comunidades y no obtengamos esta idea xenófoba de vivir en un mundo homogeneizado”.
Diego Trerotola en Página12 escribió: La palabra xenofobia, como muchas de las conflictos que retrata la película, tomaron un valor aún mayor tras la llegada de Donald Trump a la Casablanca. La resignificación de una película era un recuerdo del pasado, una denuncia sobre marginación social del neoliberalismo más cruento de los 90, ahora se potencia como un problema de la vigente era Trump.
En Luz de luna, el director Jenkins tomó una decisión visual evocativa: “El cine tiene un poco más de 100 años de edad, y mucho de lo que hacemos se basa en emulsión de película. Esas cosas fueron calibradas para la piel blanca. Siempre hemos colocado el polvo en la piel para embotar la luz. Pero mi recuerdo de crecer en Miami tiene una piel negra húmeda y hermosa. Y esta película está destinada a reflejar la conciencia del personaje, tanto como la de Tarell y la mía, para ser honesto. Así que usamos aceite sobre las pieles. Quería que la piel de todos tuviera un brillo que reflejara mis recuerdos.” Esa sensualidad del cuerpo negro húmedo, con un brillo suave no opacado por el polvo del maquillaje, parece remitir a Madame Satá, la película del cineasta brasilero Karim Aïnouz, que retrata la vida de la figura casi mítica de la cultura queer carioca.
La sorpresiva inclusión de la música de Caetano Veloso es profundamente banal. En 1997 Won kar wai incluyó cucurrucucú en su película Happpy togheter. La secuencia era un clip que duraba lo que la canción entera (en Moonlight la canción está cortada, editada) no mucho tiempo, con imágenes de la ruta 12, sí, imágenes de acá, yendo a Iguazú, e imágenes de las cataratas para ilustrar la historia de amor entre los dos hombres hongkoneses, mismo tema central de Moonlight, la homosexualidad, y entre personas pertenecientes a  otra minoría: son negros. Agregándose a un tercer padecimiento no tan minoría: son pobres. Algunos dicen que no es casual que suene Cucurru en esta ganadora del Oscar, sino que  es un homenaje a dicha escena de Kar Wai. Almodóvar volvió a elegir la descomunal versión de Veloso en Hable con ella en 2002, pero en vivo, mucho más intensa, aunque un tanto descolgada en relación a la trama pareciera ser más un gusto que se permite dar el manchego. 1997, 2002, 2016, hay años de diferencia, sin embargo lo que para algunos es baúl de los recuerdos para el cinéfilo es la mochila, de caminante, en la cual no entran tres veces esta monumental canción, ni siquiera desde la mejor voz, la de Caetano. Mucha repetición para tratarse de una canción con tanta potencia.
No es la primera vez que el cine enfoca y condensa en un personaje la trilogía de los excluidos, en la película de Spielberg El color púpura, de 1985, la víctima recibe la descripción en boca su marido golpeador que le grita: -eres negra, eres pobre, eres mujer: no eres nada-
La frase fuerte de esta nueva historia también alude a la metáfora de otros colores para los negros utilizando en vez del púrpura el azul.

Abel H. Cruz

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