Hasta el 30 de Julio en el Parque del conocimiento se expone material fotográfico perteneciente al acervo de la Biblioteca Nacional como parte de los homenajes por el 80° aniversario del fallecimiento del escritor. Martes a Viernes de 8 a 18. Sábado y Domingo de 15 a 20.

La muestra es titulada “Del banquete a la selva. Fotos de una vida” y se trata de material fotográfico adquirido por la Biblioteca Nacional en 2007 y refleja momentos de la vida familiar de Quiroga.
Además de la famosa foto del escritor, en la que medita junto a su canoa boca abajo con su mecedora de mimbre como testigo, se presentan otras en las que se lo observa dedicado al trabajo casero o a la contemplación junto a sus familiares cercanos, todas composiciones alabadas por los fotógrafos y técnicos de la luz más celosos.
Resultaría acaso sorprendente, debido a la época, la cantidad de fotografías que se tomaban, sino fuera por la fascinación que el arte de la fotografía producía en Quiroga, y que practicaba incluso desde antes de su aventura misionera. Lo que más llama la atención es que, las fotos en las que aparece en cuadro Quiroga van firmadas por “fotógrafo no identificado” desestimando la chance de que fueran tomadas por manos femeninas, ya fuera de su primera esposa, Ana María Cirés, o de María Elena Bravo, su segunda mujer.
Horacio Silvestre Quiroga nació en Salto, Uruguay, el 31 de diciembre de 1878 y falleció en 1937. Se cumplen 80 años de su muerte y 100, aniversario más importante, de la publicación de su primer libro Cuentos de amor de locura y de muerte. Quiroga, lector y admirador de Dostoyevski, puso una cita del ruso en su cuento que abre Cuentos de amor locura etc: “…nada más bello y que fortalezca que un recuerdo puro”. ¿Lo fortalecían los recuerdos de su familia que fue perdiendo? O de la civilización que había abandonado para internarse en la selva misionera. El cuento se llama Una estación de amor, de 1917. Quiroga tenía 39 años cuando lo escribió, y todavía no abordaba el tema que lo haría ilustre, los recuerdos de un amor porteño lo desviaban de su obra maestra que fue escribir sobre su amor al entorno animal y vegetal, los relatos ambientados en la selva donde exploró su mejor lírica, casi alienado o preso de alucinaciones.
Bajo aquel mediodía de fuego, sobre la meseta volcánica que la roja arena tornaba aun más caliente, había lagartijas. Esta frase que parece simple, del cuento Yaguaí, contiene sin embargo toda la potencia poética de Quiroga en nuestra selva, nuestro habitat. Y es inevitable, para el lector y conocedor de su obra, pensar en estas frases al visitar la exposición y atestiguar los pasares, existenciales, verdaderos, del autor. La muestra exhibe la atmosfera cotidiana que vivieron los Quiroga en ese rincón del Teyú, en San Ignacio, lugar de residencia e inspiración fundamental para la construcción literaria de Horacio.
Con el semblante grave, como lo demuestran las fotos, siempre serio, y cargando la seriedad de una vivencia peligrosa, autoabastecido, y padeciendo las desgracias familiares una y otra vez, es paradójico el humor dado a sus personajes. La inverosimilitud de los discursos.
Sabemos que la decisión de animales parlantes, de lo fabulesco, es un riesgo que puede alivianar las tramas. Una demostración es la parodia de los Cuentos de la selva, o más precisamente de A la deriva, que se permite Fontanarrosa, otro referente de la literatura argentina, del federalismo lírico, en “La yacuaregazú”.
Más allá de lo complejo de medir profundidades temáticas, mensajes valederos en las obras literarias, el escritor es indiscutiblemente un patrimonio humano de nuestra zona y esta exposición un documento valioso para reforzar nuestra identidad, y no es lo mismo leer sus cuentos, en las miles de ediciones que lo han catalogado, sin haberse detenido a observar, mediante las posibilidades alucinantes de la fotografía y la preservación, las imágenes reales, al escritor de carne y hueso. No por nada el dicho popular compara el valor del gesto, o la mirada, y las mil palabras.

 

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