Las cajeras de California bien podrían distinguirse como trabajadoras del año. El 31, que cayó domingo, al mediodía en la sucursal Alberdi aquí en Posadas, la cola atravesaba todo el local. Pero se desplazaba a una velocidad asombrosa. No se tardaba ni quince minutos. Ni comparación con la atención de la multinacional Carrefour en Buenos Aires.

Posadas (Martes, 2 de enero). Las cajeras de California son lo más. Las de aquí, del supermercado de Posadas no las del Estado oeste del país del norte. El 31, el último día del año, que cayó domingo nada menos, los locales del “Cali” eran un mundo de gente. En la sucursal de la calle Alberdi las colas en las cajas rápidas llegaban hasta el fondo del local. Presa de la ansiedad cualquier cliente podría desesperarse o resignarse a estar allí, detenido en el tiempo, perdiendo el tiempo. Pero aquí la nota: toda la fila era atendida en menos de 15 minutos. No es magia. Son las cajeras de California. Nunca de mal humor. Hacen todo, te reciben, cobran y al mismo tiempo cargan las compras en la bolsa. No es magia ni natural. Toda comparación es útil. Hay un gran contraste por ejemplo con las cajeras de la multinacional Carrefour en Buenos Aires. No son amables, se toman su tiempo, no te ayudan a embolsar, te largan la merca así sin más y te cobran como haciéndote un favor.
Hace unos días, un medio que se toma la atribución bizarra de Gran Hermano. Ese que te observa, mide tu comportamiento y te premia o castiga, desde ese sitio virtual autoconcedido o apropiado, “volvió” a distinguir a California como la empresa del año. Más allá del absurdo de que alguien que no es nadie premie, el objetivo de una distinción es el reconocimiento por una labor. Las sociedades acostumbran a premiar. Se premia a deportistas, a los artistas y a las empresas. Cuando no hay una retribución económica, como sucede con el Nobel, el premio en sí sólo vale por quién lo entrega. Estos premios tienen un valor simbólico. El Oscar, en el mundo del cine te abre puertas a contratos. Te prestigia. Como un premio en Cannes, pero una distinción en el festival de Mar del Plata no le cambia la vida a nadie. El prestigio de un premio está ligado a quién lo otorga. Y cómo lo otorga. Aquí por ejemplo en Posadas los Arandú, que son un reconocimiento municipal constituye un jurado para premiar. Es así que hay premios y premios. Premios prestigiosos que dan prestigio y premios que se van desprestigiando. Sucede con los Martín Fierro que en los últimos años ha quedado pegado al monopolio de Clarín. Incluso el Nobel, que tiene una retribución que supera el millón de dólares, tiene cuestionamientos. El premio a la Paz concedido a Obama que tiraba bombas sobre la población civil de Pakistán, puso en evidencia la influencia de la política en los jurados. Y la gente deja de creer. Pero todavía sigue siendo una institución. Vale recordar que Sartre lo rechazó, allá por los 60, precisamente porque la institución Premio Nobel contaminaría su obra.
Pero volviendo a la distinción que se hace a las empresas, hay que subrayar que la mirada no es neutral ni ecuménica, como una señal que cae del cielo. Hay una empresa, comercial o de medios, que premia a empresas. Obvio, hay un interés en el acto de premiar, que para nada está escondido en esa relación. Lo que generalmente se olvida es que las inversiones del Capital y la gestión de los Ceos, todavía en este mundo tienen el sostén de la fuerza de trabajo. Es la que venden los humanos. Todavía California, hasta tanto se invente un robot que pueda cobrarle a los clientes, todavía tiene su prestigio ligada al trabajo de sus trabajadores. La cara más visible son esas cajeras que parecen magas.

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